El ser humano ha mostrado a todo lo ancho de su historia un enorme potencial adaptativo y de supervivencia del cual está ampliamente dotado. Su gran versatilidad para ingeniárselas ante todo tipo de adversidad, no solamente para resistir las inclemencias geoclimáticas exógenas y endógenas propias de su entorno, sino su umbral de resistencia para soportarse a sí mismo, muy característico de su ritmo agitado de vida y de sus ya tan conocidas crisis en su contexto social.
Ha tenido que afrontar desde hambrunas, pandemias intercontinentales, conflictos étnicos, genocidio, xenofobia, catástrofes nucleares hasta numerosas patologías en la salud mental tales como neurosis de guerra, depresión, estrés, ansiedad, trastorno bipolar, adicciones, esquizofrenia, personalidad bordeline, entre otras.
En medio de toda esta amalgama de desafíos y coexistiendo en la era de la tecnoutopía bajo el augurio de un futuro dominado por una simbiosis tecnócrata, aún así es digno reconocer que el ser humano dispone de una auténtica facultad racional autorregenerativa que lo hace la especie por excelencia más cualificada para resurgir de las cenizas en cualquier momento del espacio tiempo, muy a pesar de su tendencia autodestructiva, quizás a veces empujado por esa energía primitiva que en diversos momentos lo ha llevado a una “lucha de criatura animalesca” y, si bien es cierto que tal vez su peor enemigo pudiera ser su mismo alter ego; causante en cierta forma de la parodia de un gen egoísta que prolonga nuestra agonía existencial, me pregunto, ¿por qué alguien sobrevive, independientemente de la fuerza física, de la fortaleza, de la genética y otros a su vez fallecen?
Y aunque no creo en la predestinación, hay quienes rompen con la media estadística para adaptarse positivamente ante contextos de gran adversidad, pues, todos los días nos encontramos con personas que viven situaciones trágicas o de intenso estrés, que parecen difíciles o imposibles de superar. Sin embargo, la realidad nos muestra que no sólo las superan, sino que salen renovados y enriquecidos de esas circunstancias adversas. Esto significa que no todo está perdido ante la adversidad sistemática de la vida, ya que cuando “humanizamos nuestra deshumanización” solemos ser aquello para lo que nos configuró el Ser Superior del Universo, es decir cuando asumimos el papel para el cual hemos sido encomendados, entonces develamos el enigma existencial de la vida, el más complejo de resolver, ¿para qué y por qué hemos sido elegidos para venir al mundo? Con esto me atrevo a asegurar que la panacea para responder a este acertijo filosofal no estriba en ningún adagio neuroteológico.
Perseverancia, tenacidad, reingeniería de las emociones, aplicación de programación neurolingüística a nuestros patrones de comportamiento, reajustes en la Inteligencia Emocional y otras pautas adicionales puede que coadyuve a troquelar un modelo estándar de comportamiento asertivo, pero tomemos en consideración que dentro del proceso del ensayo y el error, el constante caer y levantarse —itinerante desafío humano— hay que observar nuestra actitud mental y la denominada Resiliencia “[…] Y Se La Entiende Como La Capacidad Del Ser Humano Para Hacer Frente A Las Adversidades De La Vida, Superarlas Y Ser Transformado Positivamente Por Ellas” (Edith Grotberg, 1998), ya que en buena parte la onda pena, desesperanza e incertidumbre que nos causen nuestros desaciertos y frustraciones parten de la interpretación o enfoque subjetivo que fijamos en nuestro inconsciente colectivo.
Muchas taras humanas resultan ser arquetipos que controlan nuestra concepción del éxito, el vivir una vida placentera es toda una escuela de aprendizaje permanente y en todo proceso como éste hay desafíos ineludibles que afrontar, pero el cómo hacerlo es el quid del asunto, entonces el arte de vivir está sujeto a constante reinvención y lleno de fluctuantes retos, esto es lo que muchas personas no entienden, de alguna manera éste es el “condimento” de nuestras vivencias personales.
El autor es ingeniero agrónomo
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