Con la llegada del 2011, entramos al año electoral. Un año de muchos retos; de naturales desafíos para recuperar la democracia momentáneamente perdida por la ambición de unos cuantos que, estimándose “dueños del país”, han caído en los extremos de la corrupción como si Nicaragua fuese una mercadería, cuyos productos se expenden a los mejores precios.
Renovadas luchas se darán en el escenario de la campaña electoral, pero bajo una sola bandera, la Azul y Blanco, que es la bandera de todos los nicaragüenses, nos enfrentaremos a la realidad deponiendo temores y asumiendo el coraje cívico que la ocasión demanda. La conquista por la democracia implica riesgos, pero el hecho de que se produzcan no es para sentirse intimidado, es nuestra obligación salir adelante cumpliendo los mandatos de la conciencia ciudadana que, como rectora ideal de las convicciones que atesoramos, nos señalan los derroteros a seguir con el compromiso de no fallarle a la patria para que la historia, indudable juez del tiempo, no nos aceche de culpas con su veredicto.
Tenemos que hacer presencia en esta nueva cruzada. De una u otra manera, el aporte de cada uno debe ser el instrumento de combate frente a los empeños reeleccionistas de la actual dictadura orteguista. Es potencialmente necesario restaurar la democracia; este país no puede seguir a merced de muchos oportunistas que, invocando un falso sandinismo, han hecho y siguen haciendo de la revolución una forma de vida, cuyas utilidades gigantesca se aprecian por todos lados y que han llegado a ser, sin ánimo de duda, factores terminantes en la destrucción de la economía nacional. En el año electoral que estamos iniciando las decisiones de conciencia tienen que hacerse sentir; el adversario por todos lados ataca y no hay que darle lugar que monte sus operativos. El compromiso por la democracia no tiene límites, ni puede estar condicionado a nada, pues en este caso la mejor suerte que pueda tener el país depende de factores precisos que le produzcan una provechosa estabilidad que, a decir verdad, no se ha podido alcanzar por dominantes circunstancias que son del dominio público, aún por las cuotas de poder que al sandinismo se le han otorgado sin justificación alguna.
No existe razón suficiente para que este país siga como está. De los mismos nicaragüenses depende un cambio auténtico; hay que hacer a un lado los caracteres indecisos o apáticos para darle a Daniel Ortega una derrota aplastante que lo haga sentirse inhibido a continuar teniendo presencia en la vida política de Nicaragua. La abstención como método de equivocación beneficia al adversario, en este aspecto, al sandinismo, y no es posible que por abstenernos de votar el sandinismo se “recete” cinco años más, y vuelva a repetirse los represivos métodos de los años ochenta, cuando la temible Seguridad del Estado a través de sus sicarios y el equipo de torturadores impusieron el terror para silenciar al pueblo, pero no pudieron, porque cuando el hombre dispone de una conciencia libre, no existen cadenas que lo aten. Participar con el voto en las próximas elecciones del 6 de noviembre es un derecho consignado en la Constitución Política de la República, y no ejercerlo implica desde luego un error inadmisible que por insensatez contribuiría a que el mismo sandinismo con el poder consolidado, o por consolidar, siga destruyendo el país.
Los sandinistas han perdido la credibilidad, por una parte por los muchos engaños que le han causado al pueblo desde que rompieron el pacto original de San José de Costa Rica, y por otra, por el hecho categórico de no saber gobernar con la madurez política que se requiere, pues Nicaragua como país que aspira a una plena civilización, demanda de gobernantes que la sepan conducir y no de lo que apelan al fraude para saltar el poder, y seguirse enriqueciendo al amparo de este último como lo hicieron los Somoza en sus época. La oposición tiene que unirse; debe juntar esfuerzos y voluntades creando un sólo bloque de lucha que permita una victoria total. El sandinismo no es ninguna opción para el futuro de Nicaragua; está bien claro que como partido político no tiene capacidad para administrar el país, pues son muchos los ejemplos que evidencian esta solemne realidad.
El autor es periodista de Somoto.
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