Pero, el drama no termina ahí. Se ha preguntado alguna vez qué pasa con los hijos cuando el padre mata a la madre…
Fotos de La Prensa/Guillermo Flores y Bismarck Picado
La última vez que vieron sonreír a Johana Tercero fue el día de su cumpleaños, el 4 de enero del 2009. Estaban reunidos su madre, sus hermanas, sus hijos y nietos.
Al día siguiente, como siempre, en lugar de descansar, Johana tuvo que despertar temprano para salir a lavar ropa en algún lugar de Managua. Al finalizar la faena, volvió a su casa, le ordenó a su hija, que llamaremos Ana, que fuera al Mercado Oriental a hacer alguna compras, y se acostó. Cuando la joven que ahora tiene 19 años, regresó, su madre ya no estaba. ¿Y mi mama? le preguntó a su padrastro, Ismael Aguirre. Se fue le dijo.
¿Cómo que se fue? ¿A dónde se fue?
Yo sólo te digo que se fue, que ya no va volver respondió el hombre, a secas.
Ismael Aguirre era un guarda de seguridad con el que Johana había compartido los últimos 15 años de su vida. Se habían conocido en el patio de la casa que colinda con la empresa que vigilaba. Ambos procrearon un hijo que ahora tiene 16 años.
Esa noche, cuando Ana vio que su mamá no regresaba, fue a contarle a su abuelita. Fue así que empezó la búsqueda en hospitales, en las estaciones de Policía y hasta en la morgue. Nadie daba razón del paradero de Johana.
A los pocos días de la desaparición, muy tranquilo, Ismael Aguirre decidió mudarse a la comunidad de San Gregorio, en Carazo. Además de la ropa se llevó a su hijo.
En la casa, más bien, el cuarto que tienen como casa, quedó Ana y sus dos pequeños hijos, el menor de ellos producto de una violación que le hizo su propio padrastro hace tres años.
Yo no le creí cuando me dijo que mi mama se había ido. ¿A dónde se iba a ir? ¡Y en la noche!, recuerda Ana, con mirada triste.
Mientras la joven cuenta lo que sucedió esa noche, sobre sus piernas descansa el pequeño que mira con curiosidad al señor que toma fotos y a la mujer que pregunta a su mamá sobre la muerte de su abuelita Johana.
Marbelly va contando con serenidad que ese día lo que realmente sucedió fue que Ismael, el padrastro, se había encerrado en el cuarto con su mamá, que había decidido matarla con unas tijeras y que la enterró en el hueco donde antes había funcionado una letrina.
Su hermano que entonces tenía 14 años, fue casi testigo de lo sucedido. Esa noche, había llegado a la casa, pero su padre no le había permitido entrar. Él sabía que adentro ocurría algo, pero no sabía qué hacer. La puerta estaba cerrada.
Aunque doña Gioconda Tercero, la madre de Johana, recuerda a Ismael como un hombre tranquilo cuando su hija se lo presentó, asegura que con el tiempo fue sacando a luz su verdadera personalidad.
Ellos se conocieron ahí mismo, en el patio de la casa. Ella vendía elotes, hacía tamales. Ismael trabajaba de vigilante de la empresa que da con el patio de la casa. Antes no habían hecho el muro que tienen hoy, los dividía una malla. Entonces él llegaba a comprar y ya se quedaban platicando. Así se conocieron, comenta.
Al principio la pareja se llevaba bien. Él le ayudaba con los gastos de la casa, ella salía a vender. Pero después, comenzaron a tener discusiones por la hora de llegada.
Usted sabe, si uno sale a lavar o a planchar, tiene que esperar para refrescarse y salir de vuelta a la casa. Entonces si ella venía tarde, tipo seis o siete de la noche, entonces ya él se enojaba y ahí venía el pleito, cuenta Gioconda.
Los hijos de Johana, una morena de 29 años, eran los testigos fijos de cada pelea. Algunas veces, huyendo de las agresiones, Johana resolvía pasar la noche con sus hijos en casa de su madre, a pocas cuadras de donde vivía con su agresor.
Las cosas se complicaron aún más cuando Johana supo de la violación de Ana. No sólo había sido violada, sino que además estaba esperando un hijo de su padrastro. Pero la joven estaba amenazada de muerte y tenían miedo de denunciarlo a las autoridades.
Violencia imborrable. Ana y su hermano no olvidarán nunca el asesinato de su madre. Es imposible que Juan olvide aquel momento en el que no pudo hacer nada más que golpear la puerta del cuarto donde su padre, Ismael, daba muerte a su madre. Quizás por eso esquiva conversaciones sobre el tema y actúa molesto cuando se trata de entrevistarlo, tal como reaccionó cuando el equipo de
Domingo visitó su casa en un barrio marginal de Managua.
Cuando una persona es sometida a intensa violencia de manera permanente, como ocurría en la casa de los Aguirre Tercero, las secuelas que se crean en cada uno de los que conviven son imborrables.
El psicoterapeuta Nelson García explica que cuando hay tanto sometimiento de una persona sobre otra, y ésta busca cómo salir de ese círculo de violencia, el maltratador percibe esa actitud como un acto de rebeldía que debe ser castigado.
Los hijos en estos casos, presencian las consecuencias de esa rebeldía y al poco tiempo comienzan a presentar trastornos emocionales.
Entre algunos de los síntomas típicos que presentan las personas víctimas/testigos de violencia se mencionan la ansiedad, la depresión, sentimiento de inseguridad e indefensión.
Los hijos de parejas como la de Johana e Ismael, viven la violencia en la casa como un estado permanente psicotraumático. Es decir, la persona no tiene descanso y percibe todos los días el trauma psíquico de la violencia con tal intensidad como la primera vez. Comienzan a tener un estado de alerta constante, padecen malestares físicos, insomnio, gastritis, malestares musculares, cefalea, malestares gástricos intestinales, desánimo, falta de energía… Hay trastornos de personalidad, pueden ser evitativos, inseguros, paranoicos, agrega el doctor García.
Y es así como actúa Juan. En lugar de hablar, él prefiere ahuyentar a la gente siendo casi inaccesible. Su hermana lo describe como una persona difícil, agresiva, que se refugia en el alcohol y las drogas, características que concuerdan con las explicaciones del doctor García.
Las personas como Juan y Ana difícilmente logran establecer una vida familiar. Y peor aún, cuando las secuelas se escapan de sus manos, existen quienes deciden suicidarse.
Los nietos de Gina Sandino permanecen por ahora bajo la custodia del Ministerio de la Familia. Están resguardados porque el hombre anda suelto, explica.
Se trata de los hijos de Ana María Sandino, una mujer de 39 años que fue asesinada por su pareja, quien ahora se encuentra prófugo de la justicia.
Después de 14 años de convivencia, un día Ana María Sandino decidió separarse del padre de sus hijos. Eso ocurrió después de muchas peleas, golpes e incluso una puñalada que por poco le alcanza el pulmón derecho.
Con eso fue suficiente. Sandino se separó y se fue a vivir con su mamá, pero había dejado a sus hijos bajo la custodia de la familia paterna para que no perdieran el año escolar. La mujer no tuvo descanso. Javier Moreno comenzó a seguirla. La espiaba en su lugar de trabajo y merodeaba la casa donde vivía con su madre. La mujer no podía andar con total libertad porque sabía que la observaban.
Ella era hermozota y él la celaba. Cuando ella lo denunció, cayó preso, pero a los pocos días de haber salido de la cárcel, la mató. Imagínese cómo estarían los vecinos de temerosos que ese día ella se refugió en una casa vecina y nadie hizo nada por ayudarla, le metió seis puñaladas, cuenta Gina Sandino con la voz entrecortada.
Como abuela, cada domingo Gina visitaba a sus nietos en el barrio Nueva Vida. Nunca le gustó la pareja de su hija y dice que al escuchar tantas quejas de celos y pleitos, le recomendaba que lo dejara, pero que la muchacha tenía miedo. Como él la agarró desde pequeña, cuando tenía 14 años, entonces la manipulaba a su antojo, la metía en miedo.
Los niños también tenían miedo, dice. Recuerda que una vez la niña de 12 años le puso quejas sobre la fuerza con que su papá los castigaba. Les pegaba duro.
Después del desenlace fatal de la pareja, lo niños quedaron bajo custodia de Gina, pero ésta buscó auxilio en el Ministerio de la Familia porque no sabía qué hacer. Los niños no paraban de llorar, era imposible que olvidaran lo que habían visto, su papá con un cuchillo en las manos, apuñalando a su madre. Sí, ellos estaban presentes el día que ocurrió eso.
Los niños estaban traumados y yo de dónde iba a agarrar para pagarles una psicóloga. Por eso los llevé al Ministerio de la Familia. Ahí están internados, los atienden, tienen una psicóloga y me dice que los niños están bien, explica la mujer con la voz quebradiza.
Es todo un proceso. Lo que les pasó a estos niños de apenas 12 y 11 años no lo van a poder borrar nunca de sus mentes. Si para un adulto resulta difícil superar un trauma como ése, para un niño es peor.
El doctor García sostiene que mientras más corta es la edad de las personas que sufren este tipo de traumas, la dificultad para superarlo es aún mayor.
Según dice este experto en psicoterapias, el trastorno que se sufre es incurable, el daño es de por vida. Por más que se les someta a tratamiento eso no va mejorar. Lo más que se puede hacer es tratarles con algunos tipo de medicamento para que pueda funcionar de alguna manera en la sociedad.
Además de la Navidad, el fin de año son fechas especiales. Al estar bajo la custodia del Ministerio de la Familia les dieron a los nietos de Gina Sandino la oportunidad de estar alguno de estos días en casa de sus familiares, pero, aunque parezca mentira, ellos decidieron no salir. Tienen tanto miedo de salir a la calle, de volver a ver a su padre, que prefirieron quedarse en el sitio donde están internos.
La violencia en la pareja
muchas veces se convierte en una manera de vivir. La costumbre al maltrato, hace que muchas personas lo asuman como única forma de amor. Pero, cuando alguna de las partes decide separarse de ese estilo de vida, el agresor ve esa actitud como una rebeldía que no merece
más que golpes e incluso la muerte.
Los agresores, dice García, no ven en su pareja más que un objeto y cuando se dan casos de enfrentamiento para tratar de poner fin al maltrato, la riña se convierte en una lucha de sobrevivencia en el que la mujer termina matando al hombre o viceversa.
Cuando la mujer se siente atrapada, busca salir de ese círculo y no puede. Cuando encuentra a alguien que la hace sentir bien, difícilmente puede reconstruir una nueva vida sin problemas. Hay momentos en los que el maltratador ve la infidelidad como algo que se debe penar, agrega.
Pero, después de eso el drama continúa para quienes sobreviven al maltrato. Salir del círculo de violencia es muy difícil, pero lo peor es superar los traumas que deja.
Para el doctor García, detrás de todas esas personas que se ven en las calles refugiadas en el alcohol y las drogas, hay una historia de violencia por contar.
Los hijos de Ana María Sandino y Johana Tercero quizás no logren establecer una vida familiar normal. El parricidio, explica García, es el peor trauma que puede vivir un ser humano y peor aún cuando las figuras afectivas como el padre o la madre de un momento a otro se convierten en los agresores de su seguridad.
Los hijos de estas mujeres han perdido la principal figura afectiva, sus madres. Las crisis emocionales, los problemas con drogas, problemas académicos, problemas con ambiciones personales, de identidad serán parte de sus vidas de ahora en adelante, pero además, los familiares quedarán marcados y deberían ser parte del tratamiento psicológico al que se sometan los niños.
El proceso de recuperación no tiene un período limitado. Es más, este psiquiatra ni siquiera se atreve a hablar de una recuperación total, sino más bien de tratamientos que ayuden a continuar con sus vidas.
No se puede establecer un límite en la recuperación, depende de la capacidad personal que pueda tener cada individuo. Algunos sufren alucinaciones, locura, y eso más el consumo de drogas no da lugar a nada más que un pronóstico pésimo. Algunas veces hasta tienen que ser internados para ayudar a aliviar las crisis, comenta.
Juan ya vivió eso. Tuvo que ser internado en el Hospital Psiquiátrico los primeros cuatro meses posteriores a la muerte de Johana. Las crisis nerviosas no eran algo fácil de llevar y aunque hubo resultados en su comportamiento, su hermana Ana continúa considerándolo como un hombre violento.
No se le puede decir nada… ya ve, ese día que ustedes vinieron, no los quiso atender. Usted vio cómo les contestó. Ideay, y al día siguiente vino aquí con unos amigos de él, drogados, vino buscando pleito, a mi pareja lo amenazó con un cuchillo, y después de eso se fue de la casa, relata Ana.
Se fue sin rumbo. Tomó su ropa y se fue junto a su pareja, una chavala de apenas 13 años. Qué será de él, nadie sabe. Lo que sí, es que se fue lleno de resentimiento con su hermana a quien señala como la culpable de su fuga, la culpable de que se fuera llorando, tal como describió en una carta que le dejó mal escrita con tinta verde en un pedazo de papel. b
Violencia en cifras Domingo para tratar el tema. b
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