El colegio panamericano terminó el año escolar con 96 refugiados que no saben hasta cuándo el gobierno sacará de esas aulas. LA PRENSA/ G. FLORES

El albergue de las mujeres desesperadas

El albergue del colegio Panamericano, donde viven 96 damnificados por las lluvias desde el pasado 28 de agosto y donde hasta hace tres semanas correteaban más de mil estudiantes, es así: Cuatro aulas de un pabellón de siete repletas con gente, ventanales tapados con sábanas plásticas y figuras navideñas, pupitres en los pasillos ocupados por mujeres que se pintan las uñas en color tiza, bicicletas adosadas a la pared y niños, descalzos o en chancletas, que juegan todo el tiempo como en un parque que abre las 24 horas.

El albergue del colegio Panamericano, donde viven 96 damnificados por las lluvias desde el pasado 28 de agosto y donde hasta hace tres semanas correteaban más de mil estudiantes, es así: Cuatro aulas de un pabellón de siete repletas con gente, ventanales tapados con sábanas plásticas y figuras navideñas, pupitres en los pasillos ocupados por mujeres que se pintan las uñas en color tiza, bicicletas adosadas a la pared y niños, descalzos o en chancletas, que juegan todo el tiempo como en un parque que abre las 24 horas.

En la entrada hay un par de policías que se rotan cada día y, por lo general, un delegado de la Alcaldía que se pasea por el refugio apuntando cualquier incidente que ocurra en este colegio que el invierno transformó en albergue.

Que si uno quiso entrar borracho al albergue y le gritó a los policías, que si dos mujeres discutieron y se amenazaron con cuchillos, que si el baño quedó sucio, que no se sacó la basura. Todas esas quejas son registradas en el cuaderno de Rommel, o de “El Gato”, como también la dicen a este funcionario.

“El Gato”, quien no les sabe decir hasta cuándo van a estar en el albergue, después de su rondín se echa en la hamaca que cuelga en la puerta de entrada y que todas las tardes, cuando el sol se pone, se larga en un Yaris blanco.

[doap_box title=»Esperan casas como regalo de Navidad» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
  • Preguntas con respuestas especulativas es lo que sobra en el albergue del colegio Panamericano.
“¿Hasta cuándo vamos a estar aquí?” Es la pregunta que Adelayda Ortiz ha hecho a los delegados de la Alcaldía que atienden el albergue.

“Dicen que a finales de diciembre se van los de la Elemental (otro albergue donde hay más refugiados), otros dicen que nosotros nos vamos en julio, pero la verdad es que nadie nos informa nada”, dice Ortiz.

La Alcaldía se comprometió a proveer de viviendas a cerca de 1,200 familias que perdieron sus viviendas en este invierno. Cerca de 16,000 personas serán beneficiadas con las viviendas que se construyen en los predios de la finca Santa Rosa que donó la Universidad Nacional Agraria.

La mayoría de los que están en el Panamericano vivía en el Manchester, en un área declarada inhabitable desde el Mitch, en 1998.

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APRETUJADOS EN UN AULA DE CLASES

El aula tercera del albergue es un vecindario sin paredes y ventanas. Allí viven cinco familias, 24 personas, las suficientes para conformar un grupo de clases, pero demasiadas para convivir juntas semanas y meses.

“Si el comandante nos deja aquí mucho tiempo, nos va a hallar muertos”, dice Adelayda Ortiz, la mujer que está sentada al borde de una cama comiendo un mazacote amarillo y blanco con lo que le dan en el albergue y con lo que ella puede comprar: arvejas cocidas y queso rallado. Adelayda se refiere al mandatario Daniel Ortega, de quien ella cree depende la estadía de ellos en el albergue.

Ortiz, una mujer baja y regordeta de 31 años, es la líder del aula. Su dormitorio y el de su hija, madre soltera de 17 años, rodean la puerta. Toallas gruesas y cobijas hacen las veces de paredes divisorias. Al otro lado de la cobija de Adelayda están los ladrillos que le corresponden al colchón y los baldes de Silvia Gómez, 35 años, y madre de dos hijos. Al otro lado de donde Silvia, en una esquina del aula están las cobijas donde se pierde Jesús con su marido y sus cuatro hijos, la mayor de 10 años y el menor de 11 meses.

Después de Jesús está una prima, con dos hijas, que durante el día sale a trabajar. Y para completar el vecindario está Darling López, media hermana de Adelayda, que es mamá de cuatro, entre ellos un recién nacido.

Darling como Adelayda, Jesús y Silvia, tampoco trabaja. “Aquí un profesor me ha dado a lavar su ropa. Tan siquiera me hago 20 pesos al día”, dice.

Hasta hace poco, en esa aula había otra familia a la que reubicaron en otra aula por pleitos. Al principio el aula fue un refugio, pero con el transcurrir de las horas se volvió un barril de pólvora a punto de estallar.

Es lo que se percibe en el ánimo y las palabras de las “albergadas” del aula tres.

“Aquí esto es terrible. Yo no sé, pero hay días en que la cabeza me va a estallar. Yo le pido a mi Diosito que me dé paciencia”, dice Adelayda.

Y esas palabras pueden ser de cualquiera. “Si ahorita me dijeran que el solar donde vivía está seco, me iría porque ya no aguanto estar aquí”, dice otra que llevó a una de sus hijas al psicólogo y en confianza la niña le soltó al experto que prefería morirse a seguir en el albergue.

También se quieren ir porque conforme las semanas pasaron, las cosas cambiaron. Al principio les llevaron ropa, frazadas, comida, carne de pollo, res y pescado, este último casi nadie lo quiso. Algunas aprendieron a comer arvejas .

Adelayda y Darling pesan alrededor de 200 libras. Dicen que la avena las engordó.

Desde noviembre dejaron de llevarles pollo los viernes por cuenta de Commema.

“Esos frijoles salieron duros, duros. Hasta más de un día para cocerlos. Yo por eso he salido a recoger pichingas y tener tan siquiera para comprar que cinco, que diez pesos de frijoles para los chavalos”. Silvia se queja de los frijoles mientras recorta las piernas de un pantalón usado que le regalaron y que a lo mejor se pone en Navidad, una fiesta que no quisiera celebrar en el albergue.

Peleas, gritos, borracheras, malas caras, la convivencia en el albergue es más complicada después de cuatro meses.   LAPRENSA/ G. FLORES

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COMENTARIOS

  1. El critico
    Hace 16 años

    Pero para Daniel y la chayo, todo esta color de rosa y …

  2. eddie sanders
    Hace 16 años

    ahi tienen a su comandantee  que no puede ayudarles a estos pocos. ahora a toda Nicaragua . Sigan votando por el que va ha ser peor.

  3. emir
    Hace 16 años

    como se ven las imagenes en nicaragua todo es progreso y abundancia con el glorioso gobierno del frente.

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