Independientemente de la tradición, el folclor o la costumbre, vale la pena preguntarnos los católicos qué celebramos este día tan querido y tan distintivo para nosotros los nicaragüenses.
Celebramos la Concepción de María. Celebramos el nacimiento de María, pura, concebida sin pecado original. Ella, “bendita entre todas las mujeres y bendito el fruto de su vientre”. (Lucas I-42).
¿A quién más en la Biblia se le llama así?
Como muy bien dicen San Gregorio Nacianceno, uno de los Padres de la Iglesia oriental, en sus disertaciones, al referirse a Jesús: “Fue concebido en el seno de una Virgen, que previamente había sido purificada en su alma y en su cuerpo por el Espíritu”.
Ella que fue confirmada en el Apocalipsis cuando dice: “Apareció en el cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida del Sol, con la Luna bajo los pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”. (Apocalipsis 12-1-2).
En medio de los cantos, los alabados, las novenas, y los salves, nosotros los cristianos-católicos celebramos la concepción pura y sin mancha de esa mujer ejemplo de todas las mujeres. Aquélla a quien Dios, el Santo de los Santos, miró en su condición humilde de esclava y que respondió al Ángel de la Anunciación: “Yo soy la esclava del Señor; que haga en mí lo que has dicho” (Lucas 1-38).
María, la primera custodia inmaculada que conoció la historia, pues en su seno de Virgen, por nueve meses, llevó al Verbo hecho carne, que vino a habitar entre nosotros.
María, la primera que tuvo en sus ser al Mesías, al Salvador, al que vino a liberarnos de nuestros enemigos. Que llevó en su seno la promesa dada a Abraham, nuestro Padre en la fe, bajo palabra: “A aquél que nos libraría de las manos de nuestros enemigos, para que le sirvamos sin temor, haciéndonos perfectos y siendo dignos de Él a lo largo de toda nuestra vida”. (Lucas 2-73-74).
Cuando veneramos una imagen de María, y la adornamos, con flores de madroño que como muy bien dice el poeta chorotega Antenor Sandino, “se vistió en flor para dar su primera comunión”, o cuando inundamos la habitación que tiene como centro la imagen de la Virgen, y el perfume de las flores de pañales del Niño penetra en nuestras narices, no estamos realizando ningún acto de idolatría, como algunos hermanos separados en la fe nos acusan.
La Iglesia, tanto la parte Occidental latina como la Oriental católica y la Ortodoxa griega, reconoce en las imágenes y en los Iconos un valor especial. Las imágenes tienen una finalidad, funcional y pedagógica, respecto a los misterios cristianos o Sacramentos del Cristo Glorioso, fue precisamente esto lo que abrió en Occidente las puertas al uso didáctico y catequético de las sagradas imágenes.
San Gregorio Magno rechaza la adoración de las imágenes, pero acoge su uso didascálico y pedagógico: “Lo que para los lectores la escritura es la imagen para los ojos de los no instruidos, ya que hasta los ignorantes ven en ella lo que tienen que imitar, leyendo en ella hasta los que no saben leer” (Ep., 11,13). En una palabra, la imagen llega a adquirir un valor complementario y colateral al de la palabra (las famosas “biblias de los pobres”), capaz como la palabra de suscitar la admiración por las acciones salvíficas de Dios, la fe en Cristo, la relación filial con el Padre.
Celebrar la Gritería, además de ser leal a nuestras más puras tradiciones, es un acto de fe. Nos postramos ante la imagen de María. Ella que es la suprema intercesora. La expresión de María en las Bodas de Caná todavía resuena en nuestros oídos. “No tienen vino. Jesús respondió: Mujer, ¿cómo se te ocurre? Todavía no ha llegado mi hora” (Juan 2-3-4).
La respuesta del hijo suena dura, más sin embargo hace lo que la madre le pide. La Purísima Señora no nos ha abandonado nunca, apareció en el Tepeyac para dar su consuelo a nuestra raza aborigen, que se encontraba postrada. Apareció en Fátima, para darnos apoyo ante el horror de las guerras que asolarían al mundo. Apareció en Cuapa, (serpiente aplastada en Nagualt) para hacerse presente en nuestra noche oscura, cuando todo traqueaba y la Patria se teñía con sangre de hermanos. Digamos pues con gozo y devoción esta noche. ¿Quién causa tanta alegría? Y respondamos con veneración ¡La Concepción de María!
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