Debido a sus denuncias de los abusos de poder, el fraude electoral y demás injusticia que se cometen sistemáticamente en Nicaragua, los obispos católicos han sido víctimas de insultos y difamaciones por parte de prominentes funcionarios del régimen orteguista. Pero lejos de dejarse intimidar, los obispos han reivindicado su derecho a opinar sobre los problemas de interés público, al mismo tiempo que reafirman su posición a favor de la justicia, la libertad y la democracia.
“La Iglesia posee la competencia que le viene de la sabiduría de vida y del mensaje liberador del Evangelio de Cristo”, dice la Conferencia Episcopal de Nicaragua en su mensaje a la nación dado a conocer el miércoles de esta semana. Y agrega que: “La palabra de la Iglesia en materia social y política no es, pues, una intrusión abusiva, sino un servicio a la formación de las conciencias en la política. La Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio”.
El mensaje de los obispos demuestra que la Iglesia no defrauda a un pueblo que demanda seguridad jurídica, económica y social, así como justicia, libertad y democracia, pero que también necesita fe y esperanza en la posibilidad de cambiar la deplorable situación que han creado en el país los malos políticos y los peores gobernantes.
La Conferencia Episcopal reconoce que desde su mensaje anterior, en abril pasado, “la realidad social y política de Nicaragua lamentablemente no ha mejorado, antes bien algunas de las situaciones a las que nos referíamos continúan agravándose”. Pero advierten que “la historia no sólo es el escenario en que actúan las voluntades humanas, sino el ámbito en que Dios hace llegar su Reino de caridad, justicia y paz”. De manera que “cuando oramos permitimos misteriosamente que la fuerza del Señor Resucitado fecunde y cambie la historia, nos hacemos eco de las aspiraciones de paz y justicia de todo nuestro pueblo y sobre todo tomamos conciencia de nuestra propia responsabilidad en el cambio social.”
Este es un mensaje de esperanza, de la fe que mueve montañas y con la cual el pueblo nicaragüense derrotó en el siglo pasado a dos crueles y poderosas dictaduras, que parecían invencibles y pretendían ser eternas. Ahora, en otras condiciones históricas pero ante la misma recurrente tragedia del caudillismo y la dictadura, los obispos transmiten de nuevo el mensaje de que con la fe y esperanza como sustento espiritual de la unidad, la organización y la movilización popular, el pueblo podrá derrotar también a la nueva dictadura que se quiere imponer, y “realizar la sociedad más justa posible” a la que aspira la Iglesia católica de Nicaragua.
La Conferencia Episcopal va al fondo del problema nacional, al señalar en su Mensaje que: “La ley sigue siendo paradójicamente un mecanismo para legitimar abusos y hacer pasar por legal lo que es ilegal; el “derecho” parece ser cada vez más un instrumento para legalizar en modo artificioso las estructuras de poder y las ambiciones personales; el “Estado” da la impresión de ser un entramado de instituciones al servicio de intereses particulares y de grupo. Toda esta situación tiene graves repercusiones para el desarrollo económico del país, la solución sostenida de los grandes problemas sociales y la gobernabilidad estable a largo plazo”.
Es obvio que con esas palabras los obispos se refieren a la estrategia política perversa de usar los medios democráticos para desvirtuar la democracia, de utilizar la ley para pervertir la legalidad y de esa manera imponer un régimen autoritario que pretende perennizarse en el poder.
Los obispos también fustigan a los políticos que “no logran interpretar los anhelos de gran parte de la población y colaborar constructivamente en la dinámica de la democracia”. Y los llaman a abrir “su corazón y su mente hacia las grandes aspiraciones de la mayoría de nuestro pueblo, que vean de cerca sus sufrimientos, entiendan su lenguaje y su modo de pensar y aprecien sus criterios valorativos y sus prioridades existenciales”.
Esto es clave para que la esperanza se pueda convertir en realidad y la lucha cívica en victoria democrática. Y aunque se ve muy difícil, por ahora, que los políticos quieran suavizar sus corazones endurecidos por la codicia, y que dejen entrar en sus mentes la luz de la razón, también en esto hay que tener esperanza, como aconsejan sabiamente los obispos. Al fin y al cabo no queda más remedio.
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