Orlando J. Icaza Gallard
Mi abuelo materno era un hombre bien devoto de la Santísima Trinidad. Siempre me pregunté por qué y es que habiendo nacido en Buenos Aires, Rivas, a finales del siglo XIX en medio de revoluciones civiles, sin electricidad, sin sistemas de aguas potables y desechos adecuados se desataban en ese entonces epidemias que arrasaban sin misericordia a pueblos enteros. Además, como era de suponerse, no habían sistemas de rehidratación efectivos, ni antibióticos, ni médico que valiera por uno. Él, todavía con horror en su cara, narraba cómo todos sus hermanos y sus padres que se encerraban por días y semanas enteras en su casa a rezarle a la Santísima Trinidad mientras afuera en las calles se oían gritos desgarradores de dolor y llanto por la epidemia del cólera que uno a uno y a veces por grupos de tres cuatro iban acabando con vecinos y amigos sin que en su familia hubiese un solo afectado. Pero claro decía yo, eso eran los finales del siglo XIX, ahora estas cosas son imposibles debido a la nueva tecnología, a la cantidad de médicos que hay, a los sistemas epidemiológicos modernos, etc.
Cuán equivocado que estaba. La peste bubónica, la viruela, el sarampión, el cólera, la leptospirosis, el dengue, la fiebre amarilla, el croup, el polio, el chagas, la leishmaniasis, los hantavirus, el sida, la sífilis, la influencia o gripe, y las vacas locas que no sólo han causado millones de muertes; pero desastres económicos inmensos, son solo unas de las pocas que aún siguen vivitas y coleando en el mero S XXI. Nicaragua no está exenta de ellas y nadie puede sentirse inmune aún cuando muchas personas han sido vacunadas y se cuidan con los mejores médicos y en los mejores Centros de Salud del país o fuera del él.
Existe un casi denominador común en todas ellas. La falta de ASEO (físico, mental y espiritual). La contaminación de las aguas por basuras y desperdicios, el mantener sucios solares y patios con charcas, atraen cucarachas, mosquitos, ratas, moscas, chinches y quién sabe cuantas alimañas más que diseminan, parásitos, bacterias, virus y hongos. No importa cuán limpios seamos en nuestra propia casa si el vecino no lo es, tarde o temprano nos veremos contaminados por alguna de estas pestes con lamentables consecuencias a como tristemente está pasando ahora con la leptospirosis en Nicaragua y el cólera en Haití.
Acciones tan sencillas como lavarse las manos con frecuencia, secar las charcas, erradicar depósitos de aguas en llantas, eliminar las botellas quebradas de vidrio en tapias y murallas, taparse la boca cuando se tose, usar letrina, hervir el agua que se toma, evitar lugares públicos (buses, iglesias, cines) cuando uno se siente enfermo y por sobre todo recoger y no botar basura, son algunas de las pocas medidas bien efectivas y de bajo costo que evitan estas epidemias.
Es esencial enseñar en nuestras escuelas cursos de urbanidad. Impartir seminarios cortos en empresas, lugares de trabajo, en nuestros barrios y comunidades así como implementar programas de radio y televisión para educar al público y por sobre todo dar el ejemplo personal y tener una actitud positiva.
Claro que hay otras epidemias no relacionadas con agentes transmisores como la del metanol que causó mucho llanto en el occidente unos pocos años atrás. La del etanol que sigue minando a muchos en nuestro campo y ciudades y las epidemias políticas reeleccionistas y de revoluciones civiles que destrozan pueblos enteros indicando que el problema no es solo médico, pero también de carácter social y espiritual.
Por algo mi abuelo creía en los milagros de la Santísima Trinidad y lo probó pues murió de muerte sana y tranquila casi a los cien años de edad.
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