Un reciente domingo, antes de las cinco de la mañana, observé en las inmediaciones de Rubenia el parqueo de un pequeño restaurante atestado de taxis (más de cincuenta quizás) y por un momento pensé que estaban desayunando antes de salir a rutar.
No me sorprendió la explicación de que eran clientes que llegaron en la madrugada a consumir licor, dejando en las mesas el trabajo de toda una noche aún a expensas de su propia vida. No lejos de allí en las inmediaciones del Mercado de Mayoreo el espectáculo era parecido.
Me imaginé por un momento el drama en el hogar de la esposa, compañera e hijos esperando el regreso del padre para llevar el sustento del día (¿sobrará para eso?) mientras el madrugador cliente disfrutaba con sus amigos, colegas u otro tipo de compañía.
Este panorama se repite también en casinos y otros sitios donde el producto del trabajo diario genera utilidades para unos pocos y que contrario a la afirmación de que el vicio no paga, en éste y otros negocios, sí paga y deja buenos dividendos a una minoría.
Las cifras que presentamos a continuación son simplemente una referencia de cómo los nicaragüenses gastan gran parte de sus ingresos en el consumo de licor y cervezas. En el Presupuesto General de la República del próximo año se calcula un ingreso de 929 millones de córdobas anuales por impuesto a licores, aguardientes y cervezas. Esto equivale a dos millones y medio diario, o sea más de 100 mil córdobas promedio por hora.
Si a esta cifra producto del consumo de licores nacionales (aguardientes, rones y cervezas) sumamos el consumo de licores importados (whisky, vodka, gin, vinos, cervezas, tequila, etc.) y cuya mayor parte ingresan sin el respectivo pago de impuesto, es muy difícil calcular su alto o medio consumo, pero que viene agregarse al promedio de ingesta alcohólica del nicaragüense.
Para un país con el segundo lugar de pobreza en América Latina y un PIB per cápita de apenas dos dólares diarios, es triste referirse al excesivo consumo de licor de su población y que a su vez incide en el aumento constante de las agresiones intrafamiliares, homicidios, accidentes, y otros delitos, que demandan costosísimas atenciones médicas en los hospitales públicos que subsisten del pago de nuestros impuestos.
En Nicaragua, contrario a otros países es común observar la indiscriminada venta de licores a cualquier hora y en cualquier sitio, con una amplia gama de consumidores desde menores de edad hasta personas de la tercera edad.
Hay discotecas que ahora se anuncian “para universitarios” y que abren diariamente desde las dos de la tarde a las dos de la mañana y los fines de semana “hasta que se vaya el último cliente”, promoviendo el consumo de licor en una generación de adolescentes y jóvenes de ambos sexos que parece condenada a la mediocridad. La misma política tienen los casinos que se han convertido en un peligroso cáncer que se extiende y que va minando poco a poco los ingresos de los asalariados o no.
¿Qué hacer ante este sombrío panorama de continuar introduciendo a nuestra sociedad en la vorágine de la dipsomanía mientras el Estado engrosa su presupuesto a costa de este vicio?
Posiblemente hay muchas respuestas, pero lo importante es evidenciar este problema que no lo hemos tomado en serio y que tarde o temprano al igual que otros comportamientos, podrían terminar lacerando aún más los valores que nos quedan.
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