Reza el dicho que el tiempo es dinero. Si lo analizamos bien, descubriremos que el tiempo es aún más valioso que el dinero. Siempre es posible perder dinero y recuperarlo con creces más tarde. Podemos ganar y perder dinero; pero el tiempo perdido no lo recuperamos jamás.
El valor de nuestro tiempo depende de qué tan efectivamente lo usamos. El italiano Wilfredo Pareto propuso hace más de 100 años su famosa “regla del 80/20”, que traducida a nuestros tiempos significa que el 80 por ciento de nuestros resultados dependen de actividades críticas que realizamos en el 20 por ciento de nuestro tiempo.
El restante 80 por ciento lo empleamos en actividades que no son verdaderamente críticas. Casi siempre es posible reducir más de la mitad de las actividades “no críticas”, sin afectar los resultados.
Algunas personas pasan la vida trabajando sin cesar, sin detenerse a pensar si todas esas actividades y trabajos que realizan les aportan valor real a sus metas y sus vidas.
Un viejo refrán oriental reza: “Vamos lento que queremos llegar rápido”. Cuanto más apurados estamos, es cuando más cuidado debemos tener para evitar “desviarnos del camino y perder el tiempo”.
Para “hacer más en menos tiempo” necesitamos “reducir la velocidad” de nuestras actividades del día a día y aprovechar esa “pausa estratégica” para ser más creativos, buscar oportunidades para simplificar nuestras vidas, concentrarnos en hacer más efectivos nuestros procesos y mantenernos enfocados en los resultados críticos que buscamos.
Napoleón decía que “hay ladrones a los que no metemos presos”. Son los ladrones del tiempo, pequeñas actividades que sin darnos cuenta consumen lentamente nuestro recurso más valioso, el tiempo.
Para utilizar sabiamente el tiempo, lo primero es definir bien el éxito o metas que queremos alcanzar (específicas, medibles, alcanzables, relevantes y con fecha definida) y aprender a priorizar cada actividad o tarea, evaluando su beneficio/costo (cuánto aportan a nuestras metas y cuánto nos cuestan en tiempo y dinero).
Definir bien el éxito es importante. ¿Qué sentido tiene ser exitoso en los negocios, si fracasamos en nuestras relaciones familiares y deterioramos nuestra salud física? ¿No deberíamos tratar de encontrar un equilibrio sano entre el éxito financiero y familiar y nuestro propio desarrollo físico y espiritual?
Invirtamos tiempo en “simplificar nuestras vidas”, deshagámonos de las actividades que no aportan a nuestras metas (“ladronas del tiempo”, según Napoleón).
Hay una distancia entre lo mediocre, lo excelente y lo perfecto. Lo perfecto es un ideal, ya que constantemente tenemos la posibilidad de “hacer mejor las cosas”. La verdadera excelencia consiste en encontrar un punto intermedio en que las cosas funcionen lo suficiente bien, sin llegar necesariamente a ser “perfectas”.
Este “ladrón del tiempo” es precisamente invertir demasiado (de nuestro tiempo) en buscar ese “ideal de perfección”. Nos limita las posibilidades de hacer otras cosas y a la larga perjudicará nuestro éxito en alguno de los niveles que hayamos definido (personal, familiar, social o de negocios).
El éxito es un camino en construcción permanente. Cada vez que alcanzamos una meta nos planteamos nuevos logros y desafíos. Por eso es importante disfrutar del proceso cada día.
El autor es director de PROMIFIN
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