Joaquín Absalón pastora

Rothschuh Tablada

Cabello erudito y blanco enriquece su cabeza. Ahora el alma viva de una legítima maestra le pone un pergamino en las manos. ¿Y mañana? Que la interrogación le dé felicidad al suspenso.

Es Guillermo Rothschuh Tablada a quien la Fundación Luisa Mercado ha entregado el premio del Mejor Maestro 2010. Al galardonado lo conocí desde la adolescencia cuando concluidos los estudios de primaria, en el Colegio Rubén Darío, el mártir Francisco Buitrago Castillo —oriundo de Terrabona— con quien compartí aula en dicho centro, instalado ya en secundaria en el Instituto Nacional Ramírez Goyena, me invitó a conocer el sistema académico de sus nuevos aleros. Fue en esa ocasión donde el guerrillero olvidado —banda de honor— me presentó a quien desde el momento de la introducción a la cátedra ponderó como un afable ilustrador, como un guía rebosante de orden y accesibilidad en la consulta bibliotecaria.

No sabía que para ese entonces Francisco —de temperamento tímido e inconfeso— comenzaba a explorar las vías de la conspiración, hasta que luciendo corona universitaria, hizo omisión de la ventura personal (tantas veces me dijo que soñaba con la medicina en el nivel de la ciencia y la esplendidez de la filantropía) yéndose a la montaña, donde murió en combate, en compañía de Jorge Navarro y Francisco Saldaña, segura la trilogía de calzar radiante en las anchuras de la libertad.

Muchos años después en la dichosa plenitud de la madurez del pedagogo lo pude saludar en su casa de Juigalpa, acompañado por el desaparecido y fraternal poeta Álvaro Urtecho, agradecer los conceptos expresados con motivo de la entrega de su libro Las uvas verdes , conversar sobre los prólogos que para él “no fueron charneles para su honda”, recordar las vueltas de la hoja, los periodos moribundos de la primavera y sentir y soportar el presente estropeado por las astillas.

Ignoro la textual diferencia entre reconocimiento y premio. Aparentemente son gemelos en el significado. El criterio personal me induce a creer que el reconocimiento es el resultado positivo de un examen, de una asidua y acuciosa inspección en la vida del destinatario y el premio, el boato, la medalla sonora en el pecho, la remuneración material, el aplauso.

Vargas Llosa ya había sido anteriormente examinado y valorado en el universo de las letras por los ignorados jurados que lo leyeron y lo seguirán leyendo. Jorge Luis Borges no pudo compartir los saludos del monarca de turno (breve floración del protocolo) Monstruosa y deliberada omisión. Borges —con el tiempo— condenó al Nobel y no el Nobel a Borges, pero fue como Vargas, mundialmente valorado y quizá con dosis más espesas.

Dejando la turbación sobre la convergencia o no de dos destinos alegres en los cuales lo mismo incurre la estimación, debo confesar que recibimos con beneplácito “sin jerónimo de dudas” la distinción para quien ha sido no el maestro del año determinado, sino de todos los anteriores desde que su vocación hizo constructiva la concordancia con la educación y la culturización, pasando inevitablemente por los caminos de la versátil y por lo tanto absoluta intelectualidad: poeta, prosista, folclorista, escudriñador de los rostros y del paisaje del barro natal. El Carlos A. Bravo de mis restos otoñizos.

Vargas Llosa dijo: “Un escritor no debe andar pensando en ser Nobel”, algo parecido pudo haber dicho (se me ocurre) Rothschuh “un educador no debe andar pensando en ser el Mejor Maestro del año”. Es maestro con o sin premio.

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