Por José L. Núñez Henríquez
Se reconoce que en las últimas décadas se ha estudiado, analizado y establecido parámetros de referencia con relación a aspectos integrales del Desarrollo Humano tales como: la situación de la pobreza, imagen positiva de las capacidades personales, índice de violencia intrafamiliar, niveles de educación, los vínculos sociales y mucha más información valiosa que registra una “tomografía” de las condiciones socioeconómicas de la nación.
Hacemos censos para cuantificar y cualificar la población y viviendas de la nación, identificar la situación de los productores agropecuarios, estrategias de crédito y técnicas de producción entre otras cosas, y eso es excelente; no obstante nos estamos desatendiendo de una “variable” de estudio a lo sumo de mucho interés como es: determinar el “estado mental y emocional” del ciudadano nicaragüense.
No es una novedad que nos estamos envolviendo en una espiral de crisis de valores a todos los niveles, producto en parte de una ascendente escala maltusiana de transculturización masiva en que los medios audiovisuales facilitan dicha proyección. La integración mundial es otro factor determinante, consumimos tanto “made in” que terminamos asumiendo facetas distintas a nuestro entorno étnico, nos han hecho amantes al “logo” extranjero que nuestro comportamiento es de verdaderos “autistas culturales”.
Volviendo al aspecto técnico, es de esperarse que los psicólogos y psiquiatras que asisten a la sociedad nicaragüense en los centros asistenciales de salud y hospitales públicos llevan su conteo “nominal” de cuántos pacientes atienden anualmente en referencia a la diversidad de patologías presentadas, pero esto no representa un aspecto global en el espectro de la población nacional y por qué no decir, cuáles son aquellos padecimientos mentales que más sufrimos los ciudadanos de este país. Interpelamos y en hora buena, a los especialistas en la materia para abonar a la confección de, llámese “encuesta o censo nacional del estado mental de las y los nicaragüenses”.
Por eso se hace necesario, la identificación, determinación y control de los estados patológicos de la mente nicaragüense, es menester que fenómenos como los altos índices de suicidio que alude la Policía Nacional sobre todo en el occidente del país por mencionar un caso de referencia, encuentren una génesis y un “alivio”. Si pudiésemos asistir con charlas grupales y apoyo individual sistematizado al educando (como parte de una formación integral), posiblemente podría sofocarse esos altos niveles de “analfabetismo emocional” en los jóvenes con problemas de “alcoholismo precoz”, embarazos no deseados y consumo de estupefacientes producto de ese escapismo a la depresión. En todo caso, si en la formación educacional de nuestros hijos incluyeran técnicas o métodos coherentes para la eficaz administración de sus emociones, muy probablemente cumpliríamos con ese adagio “Mente Sana en Cuerpo Sano”.
Trastornos como la denominada psicosis maniacodepresisiva (trastorno bipolar) hacen estragos alrededor del mundo a millones de personas con serias afecciones al estado de ánimo generando síntomas como: ideas suicidas recurrentes, sentimientos de culpa exagerada, insomnio o excesivo sueño, agotamiento durante la mayor parte de la jornada laboral, extenuación sin causa aparente entre otras. Síntomas como éstos, quizá para muchos nicaragüenses no son ajenos y desafortunadamente “hemos aprendido a convivir” con ellos, subestimando sus repercusiones, ignorándolos consciente o inconscientemente.
Por mencionar otro ejemplo típico, la ira por su parte puede ser dañina para la salud, pues se considera que las personas agresivas y hostiles sufren más enfermedades cardiacas, lo cual las hace más vulnerables a tener un infarto.
Posiblemente, la elaboración como la ejecución misma de esta “interviú” pueda suscitar controversias, pero de no hacerlo el costo social seguirá cobrando onerosos réditos emocionales. Analicemos esta propuesta.
El autor es Ingeniero Agrónomo
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