Humberto Belli Pereira

La unidad no basta

La unidad es una de las condiciones indispensables para que la oposición tenga la oportunidad de vencer al orteguismo en los próximos comicios. Pero no es la única ni es suficiente. Para la victoria plena se requieren dos condiciones indispensables más: que el candidato de la oposición tenga el arrastre suficiente para provocar una votación masiva, y que tanto él, como su electorado, estén dispuestos a defender su voto a cualquier costo.

Un candidato que sea percibido por muchos como el mal menor, o que no logre inyectar en sus seguidores la dosis de entusiasmo necesaria, produciría altas dosis de abstencionismo, haciendo casi inevitable su derrota. Hoy, a diferencia de ayer, una mayor proporción del sector del electorado independiente o sin partido, que en Nicaragua ronda el 42 por ciento, no puede ser movilizado recurriendo al uyuyuy (temor) hacia un Ortega confiscador y militarista que ha resultado más una réplica de Somoza que de Castro o Chávez. Por eso es crucial para la oposición unirse alrededor de un candidato de gran aceptación y prestigio, capaz de galvanizar el apoyo de la mayoría de los sectores y de inspirar en la población entusiasmo y esperanza.

Pero lo anterior, aunque vital, la unidad todavía no es suficiente. Porque si el orteguismo pierde en las urnas, estará listo para repetir el fraude que practicó en las elecciones municipales, aún cuando enfrentase, como de hecho sucedería, un descomunal costo político. La resistencia de Roberto Rivas a permitir la observación internacional y sus amenazas a los diplomáticos son, de nuevo, señales inequívocas de que el FSLN y sus aliados no quieren arriesgarse a una elección transparente. Con Alemán como candidato, ya sea solo o a tres bandas, Ortega contará con un aliado importante en el poder electoral y en las mesas de votaciones. Con su complicidad, como ya ocurrió en las elecciones municipales, podrá realizar con más facilidad maniobras y conteos fraudulentos en beneficio de ambos.

El peligro inminente de fraude significa que además de unificarse alrededor de un candidato con arrastre, la oposición necesita alistarse para defender su victoria en las calles, plazas y montañas del país. Si no se prepara desde ahora toda una estrategia de resistencia audaz, organizada, y dispuesta a luchar hasta las últimas consecuencias por defender la voluntad popular, Ortega y sus aliados se alzarán con una victoria falsificada y el pueblo se retirará una vez más a sus casas, frustrado y desalentado. Esto sería fatal para la democracia. Si al fraude de las elecciones municipales, se agrega otro fraude mayor en las elecciones presidenciales, y ambos quedan sin consecuencias, gran parte de la población perderá la fe en los procesos electorales, lo que promoverá la apatía o el recurso a medidas desesperadas.

Ésta es una realidad dura, que muchos evaden: No se podrá enfrentar la maquinaria aceitada y violenta del orteguismo, y derrotar las aspiraciones reeleccionistas de Daniel Ortega, si quienes aman a Nicaragua y la democracia no están dispuestos a serios sacrificios, incluyendo la disponibilidad a correr graves riesgos. Porque no será la razón, la moral o el bien común, los que convencerán a Ortega de lo dañino de su empecinamiento. En la historia de Nicaragua los adictos al poder han mostrado no detenerse ante los riesgos que su obsesión significa para el país y sus propias vidas. Lo único que podrá hacer reflexionar a Ortega, y someterse a la voluntad popular, es un pueblo valiente, bravo, masivamente decidido; una población dispuesta a jugarse la vida, si es preciso, por defender sus derechos.

Quienes sueñan con una victoria fácil e indolora, quienes piensan que la famosa comunidad internacional quizás nos saque las castañas del fuego, sueñan. Sólo la determinación sólida de un pueblo organizado podrá cambiar nuestro destino. De nuevo: si esto no se da, de balde elegiremos un candidato de consenso, de balde podremos montar una excelente campaña electoral.

Es grande lo que está en juego en la próxima contienda. Si Ortega, violando la Constitución y la voluntad popular, logra reelegirse, Nicaragua volverá tarde o temprano a los capítulos oscuros que han ensombrecido su historia y la han encadenado a la pobreza. Si, por el contrario, las fuerzas democráticas derrotan su pretensión reeleccionista, habrá una nueva primavera de esperanza y el país tendrá otra gran oportunidad. Pero para esto hay que vencer a dos grandes retos: unirse alrededor de un candidato, que uno apoya con entusiasmo y no con resignación, y defender el voto. Por mucho que cueste.

Además de unificarse alrededor de un candidato con arrastre — no de alguien que sea percibido como un mal menor—, la oposición necesita alistarse para defender su victoria en las calles, plazas y montañas del país, hasta las últimas consecuencias.

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