Ese fue el título de la jornada Café&Periodismo realizada en Madrid y que contó con la participación del profesor de comunicación de la Universidad de Navarra, José Luis Orihuela, la directora adjunta de 20minutos.es, Virginia Alonso, y el editor de Diximedia, Mario Tascón. Los tres reconocidos periodistas dieron luces sobre cómo ejercer una profesión que en algunos casos se ve presionada por intereses de los grupos económicos de los que forman parte.
El periodismo debe ayudar a discernir a la gente, abrirles caminos que le permitan pensar mejor. Eso exige que los contenidos trasciendan y calen hondo en el corazón y la mente de los ciudadanos. Buscar, descubrir, contar y defender la verdad exige mucha valentía pues los periodistas en ciertas ocasiones se ven amenazados por el poder de las personas implicadas en las investigaciones. Una de las funciones del periodismo es controlar al poder, aunque eso implique pagar un costo muy alto.
Un ejemplo muy claro de ese precio se reflejó en Nothing but the Truth , una película de Rod Lurie que con mucha lucidez enseña a los periodistas a mantener intacto el principio de nunca revelar la fuente, aunque eso acarree nefastas consecuencias personales y profesionales.
El periodismo por tanto es una vocación de servicio público, mucho más que una profesión, es una actitud y una forma de ser ante la vida. La forma en cómo se buscan y se narran las historias deben satisfacer las inquietudes de los lectores. Un periodista debe trabajar para sus lectores.
Las empresas periodísticas deben hallar un equilibro entre el legítimo derecho que tienen de incluir en sus páginas secciones publicitarias y la de ofrecer información imparcial y objetiva. Por eso las empresas deben valorar la agenda del periodista, que es el conjunto de relaciones que puede establecer con sus fuentes.
Muchas veces el problema no es el periodista, sino las empresas para las que forman parte, algunas de las cuales sólo buscan ganar dinero, olvidándose que además de informar o entretener, también pueden formar la opinión pública y ayudarle al lector a desarrollar su capacidad de análisis crítico frente a un hecho de interés público.
Con justa razón se demostró en dicho encuentro que ciertos discursos han caducado, como el que señala que en el futuro, una tecnología del presente acabará con un medio del pasado. Muestra de ello es que la televisión no acabó con la radio, simplemente son medios que tienen narrativas diferentes. Lo mismo ocurre con el Internet y la prensa escrita.
Eso no significa que el periodista viva divorciado de las herramientas tecnológicas. Al contrario, está obligado a conocer las redes sociales y romper los viejos esquemas. Algunas frases llamativas al respecto: “No contrataría a un periodista que no usara Facebook o Twitter porque no me dio de alguien que no esté conectado”, “un periodista vale lo que vale su red social”.
Ahora, tener una gran red social no es condición que por sí misma te haga periodista o profesional de la comunicación, porque a ello se suman otros requisitos, cuya base es una ética que deslinde de cualquier injerencia política o económica.
Al final del evento se dio una conclusión: sólo quedarán dos clases de periodismo, el de la inmediatez y el de la reflexión. El que compite contra el tiempo y el que se hace su aliado para propiciar espacios que permitan que los lectores además de informarse, encuentren nuevas formas de participar en la vida pública, generar debates en torno a temas trascendentes para el bien común.
El autor es periodista y educador.
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