La humanidad hoy en día se encuentra en un estado de profunda crisis de espiritualidad y de valores humanos, donde grandes cantidades de personas en países desarrollados se han convertido en seres materialistas, egoístas y sin rumbo, meramente aferrados a la comodidad y al placer como estilos de vida, y esto, como el fin de sus máximos esfuerzos. Y por otra parte encontramos a una inmensa mayoría de personas alrededor del mundo, en países empobrecidos, sumergidos en la miseria y en la desesperanza, desfigurada su dignidad, sin propósitos, sin metas, excepto el de la lucha por sobrevivir y cruzar el abismo hacia el próximo día de vida en incertidumbre y de mayor sufrimiento.
Hoy, con la claridad de un fuerte sol en pleno mediodía, nos damos cuenta que ninguno de los sistemas políticos, ni de los modelos económicos diseñados por el hombre, han podido brindar soluciones sostenibles a las sociedades humanas. Ni las dictaduras, ni el fascismo total o parcial, ni el comunismo, ni el capitalismo, han podido resolver los problemas que aquejan a la raza humana. A través de la historia hemos visto el surgimiento de monarcas, de emperadores, de dictadores, y aún de sistemas democráticos, dirigidos por instituciones representativas y bajo el mandato de un Presidente o de un Primer Ministro, pero aún estos modelos han permitido graves situaciones, como las de la más reciente crisis internacional financiera. Esta última crisis causada por la avaricia, por la codicia de algunos cuantos, quienes juegan a las apuestas y a la ruleta rusa, con tal de acumular riquezas de forma vertiginosa, a expensas de las dolorosas e irreversibles pérdidas de las grandes mayorías en muchos países del mundo.
Indudablemente que los gobernantes y los pueblos hemos sufrido del mal de la demencia, a como Albert Einstein la definiera en las matemáticas, aseverando que las personas hemos venido haciendo y repitiendo siempre los mismos procesos, y así, continuamos esperando obtener resultados diferentes. Los seres humanos hemos sido testigos de las tremendas masacres y de los genocidios del pasado, perpetradas, ya sea por codicia, por odio, por prejuicio, por ignorancia, o por la maldad misma, por distintos gobernantes contra gente vulnerable e impotente ante el poder mismo, y aun así, como por locura, se sigue repitiendo los mismos patrones de actitudes y conductas descabelladas que conducen hacia los mismos resultados deplorables e inhumanos. Pareciera que los seres humanos no logramos aprender de los errores, o más bien, seguimos perdiendo nuestra memoria histórica. El Holocausto de hace sólo medio siglo, lo intentamos borrar de la historia, a manera de desmentir y negar la capacidad humana para la crueldad.
Por una parte, unos pecan bestialmente por perpetrar las atrocidades, y otros pecan gravemente por permitir tales perversidades, quedándose en silencio, convirtiéndose así en cómplices de los genocidas y de los violadores de la vida y de la dignidad de los pueblos. Recordemos que Hitler no llegó hasta tales atrocidades, sino a través de un proceso gradual de irse imponiendo poco a poco, utilizando la manipulación, la mentira, el populismo, el chantaje, las falsas promesas y por último, y de manera abierta y desvergonzada, imponiendo el terror y la muerte en su máxima expresión. Nicaragua no puede darse el lujo de seguir pecando por la demencia de repetir los mismos errores del pasado. La complicidad del silencio es tan perversa como el mismo pecado de comisión. Dios ilumine a nuestro pueblo ya sufrido.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A