Humberto Belli Pereira

Mejor que las primarias

Las elecciones primarias fueron concebidas para averiguar quién es el candidato con más arrastre y capacidad de aglutinar el voto del gran sector de los nicaragüenses que adversa a Daniel Ortega. Quien obtuviese la mayoría recibiría el respaldo de todos —partidos y líderes—. La idea era excelente. El candidato de la oposición no surgiría de los famosos dedazos, sino que gozaría de un genuino respaldo nacional, y su éxito estaría casi asegurado: La oposición ha representado consistentemente alrededor del sesenta por ciento del país mientras Ortega difícilmente puede superar su techo histórico del cuarenta por ciento. Un candidato de consenso, capaz de entusiasmar al electorado, fácilmente le sacaría al orteguismo una ventaja de quince o más por ciento —diferencia que, aunque no imposibilita el fraude, lo vuelve más difícil—.

El problema surgió al momento de establecer los mecanismos operativos, en sí complejos y caros, agravados por las suspicacias de la clase política. Uno de los problemas más espinosos era el de los posibles infiltrados, votando por el candidato que más le conviniera al orteguismo. Otro era el tener que utilizar, por razones de costos, sólo la décima parte de las más de doce mil juntas receptoras de votos que hay en el país, lo que dificultaba el voto de quienes vivían alejados de las juntas seleccionadas y conferiría ventajas a los que tuviesen más capacidad de financiar el transporte de sus afiliados. Por estas y más razones las primarias naufragaron.

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El depositar votos en las urnas es una de las formas más eficaces de saber lo que el pueblo quiere. Pero ni es perfecta ni es la única. Las ciencias sociales modernas, incluyendo los métodos de mercadeo, han desarrollado instrumentos capaces de medir con mucha aproximación las preferencias populares —tanto respecto a individuos como a ideas o productos de consumo—. Y sus costos son mucho menores.

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Pero no todo está perdido. Si el objetivo primordial de las primarias era determinar el candidato de mayor respaldo y aceptación dentro del conglomerado opositor, ¿habría otras formas de averiguarlo? Afortunadamente sí. El depositar votos en las urnas es una de las formas más eficaces de saber lo que el pueblo quiere. Pero ni es perfecta ni es la única. Las ciencias sociales modernas, incluyendo los métodos de mercadeo, han desarrollado instrumentos capaces de medir con mucha aproximación las preferencias populares —tanto respecto a individuos como a ideas o productos de consumo—. Y sus costos son mucho menores. La base de sus metodologías es el valor estadístico de las muestras: Si de un millón de bloques de cemento elegimos al azar mil de ellos, lo que aprendamos de esta muestra será noventa y ocho o noventa y nueve por ciento idéntico a lo que aprenderíamos de analizar el universo entero de todo el millón. Este es uno de los pilares sobre los que descansan las encuestas de opinión.

Es cierto; hay encuestas que no aciertan. Se puede trampear con ellas. Se pueden diseñar preguntas que inducen las repuestas. Se pueden hacer muestras defectuosas. Podrían argumentarse muchas cosas contra las encuestas. Lo que no podría afirmarse, sin caer en la ignorancia, es que es imposible hacer una encuesta representativa y profesional, capaz de reflejar con suficiente fidelidad las preferencias del electorado. Al lado de las encuestas malas hay también encuestas buenas. Bien diseñadas. Con muestras impecablemente distribuidas. Con entrevistadores diestros y bien supervisados. Encuestar es una ciencia con el reconocimiento y prestigio suficientes para que en las economías modernas numerosas empresas y organizaciones gasten millones en ellas. Como ejemplo de encuestas acertadas pueden citarse las de Borge y Asociados de 1998 y 1990, que predijeron con un margen de error del dos por ciento la victoria electoral de doña Violeta.

La desconfianza causada por la posibilidad de manipular las encuestas podría neutralizarse creando un cuerpo supervisor confiable, integrado por representantes de los partidos, la iglesia, el Cosep y otros. Una de sus tareas sería elegir de consenso una firma internacional de prestigio, ajena a cualquier grupo de interés nicaragüense. Otra sería intervenir en todas las fases de la encuesta: Desde el diseño de las preguntas hasta la tabulación de los resultados. Podría incluso estipularse que no se aceptaría la victoria de ningún candidato si la diferencia con el perdedor más cercano fuera inferior al cinco o diez por ciento. El costo de este esfuerzo sería un décimo que el de las primarias y tendría muchas menos complicaciones.

Lo único que podría explicar la negativa de algún político a la realización de una encuesta independiente, profesional y supervisada —porque técnicas o de lógica no existen— sería el temor a sus resultados. ¿Estarían dispuestos a someterse a lo que decida el pueblo, a través de una buena encuesta?

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