Recientemente visité Washington y Virginia por un par de semanas. Vi cantidades de obras, parte del programa de estímulo que el Gobierno está ejecutando para reactivar la economía después de la Gran Recesión que comenzó en serio en septiembre de 2008 con la crisis que sacudió al sistema financiero. Las más visibles y costosas de estas obras son proyectos de construcción de calles y carreteras. Algunos son necesarios. Otros son, digamos, menos prioritarios, al menos en las escalas faraónicas en que se están realizando.
Durante mi estadía -la segunda mitad de julio- Wall Street tuvo una buena racha. La bolsa repuntó y los jefes de bancos centrales de países desarrollados nos aseguraban que por haber coordinando sus políticas económicas, lo peor había pasado. El FMI aportó con estadísticas cuidadosamente optimistas que apuntaban a la “reactivación del verano del 2010”, tema que repetían los noticieros de radio y televisión.
Pero rascando un poco por debajo de la superficie, me llevé otra impresión de lo que está pasando, al menos en los Estados Unidos, económicamente.
Un día, por ejemplo, llamé al corredor de mis seguros de carro y de mi finca para actualizar mis pólizas. Es un amigo con quien he trabajado durante décadas. Cuando lo conocí era una “organización de un solo hombre”, a como a él le gustaba autodescribirse. Pero con el tiempo fue prosperando. Llegó a montar una oficina en donde trabajaba media docena de personas hasta el punto que cuando lo llamaba, casi siempre tenía que entenderme con una de sus asistentes. Pero esta vez él contestó el teléfono. Cuando pregunté por el resto de su equipo, me contestó que había tenido que despedirlos a todos por los duros tiempos. “Soy”, me explicó con resignación, “de nuevo una organización de un solo hombre a como me conociste en los años setenta”.
Llegaron a Washington un par de colegas de la Asamblea y los invité a cenar una noche a uno de los clubes de golf más conocidos de los Estados Unidos. Inicialmente les dije que tenían que llegar vestidos de saco y corbata porque cenaríamos en el comedor principal del club. Pero cuando llamé para hacer la reservación, me contestaron que el comedor elegante estaba cerrado, pero que podríamos cenar en unos de los comedores más informales del club. Y así fue. Cuando llegamos al club, vestidos informalmente por el cambio de planes, les pregunté a uno de los meseros por qué estaba cerrado el comedor elegante. Contestó que el club sólo lo estaba abriendo un par de días a la semana porque andaba mal el negocio. Tan mal, añadió, que habían tenido que despedir al 40 por ciento de los meseros y cocineros del club, al menos hasta que las cosas mejorasen. Quedé anonadado. Éste no es cualquier club. Fue fundado en los años veinte del siglo pasado por los capitanes de industria de los Estados Unidos para tener un club campestre en la capital de la nación. Y sus socios constituyen un “quien es quien” de Washington. Gente de dinero. Pero la gran recesión le había golpeado el bolsillo aún a este segmento privilegiado de la sociedad.
La tercera anécdota fue la más penosa. Visité a una minibodega cerca de mi finca en Virginia donde tengo guardado algunos efectos personales. Al acercarme a la bodega, vi un rótulo ofreciendo un descuento por el alquiler de espacio. Me sorprendió porque antes se mantenía llena. Me atendió una jovencita —chelita de ojos azules— que administra el negocio y comenzamos a platicar. Me contó que en una semana se iba a subastar su casa porque el negocio de excavación de su marido había quebrado cuando el auge de construcción de viviendas colapsó. Resulta que en los buenos tiempos, la familia había financiado la ampliación de su empresa aumentando la hipoteca de su casa, pero con el colapso de la empresa familiar y la pérdida de valor de su vivienda cuando se reventó la burbuja de bienes raíces, lo que debía en la casa superaba su valor. Con vergüenza me dijo que ahora estaba recibiendo “food stamps”, cupones que el Gobierno les da a personas necesitadas para pagar sus alimentos. Nunca había tenido que aceptarlas antes, me confesó, pero ahora las cosas estaban duras. Al contarme el cuento, se mordió los labios para no llorar.
Durante mi estadía en Estados Unidos subió el precio de un galón de gasolina diez centavos de un dólar. Paré un día en una bomba de gasolina y me bajé para echarle combustible a mi carro, al estilo estadounidense. Al lado estaba haciendo lo mismo una mujer. Comenzamos a conversar. ¿Cómo anda la reactivación económica? le pregunté. ¿Qué reactivación? me contestó con ironía. “Aquí no hay ninguna reactivación, y estas alzas en el precio del combustible están hundiéndonos aún más”.
El 19 de agosto, el Gobierno estadounidense anunció que medio millón de norteamericanos habían ingresado en la fila de los desempleados en el mes anterior. Éste fue el aumento más elevado desde noviembre de 2009. Quizás el FMI debería de contratar los servicios de la señora que conocí en la gasolinera.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A