La crueldad del poder

Según informó ayer LA PRENSA, el señor Freddy Velázquez cumplió 22 días de estar en huelga de hambre. Velázquez protesta de esa manera tajante, por el incumplimiento gubernamental de una resolución judicial que ordena su reintegro laboral y de otros trabajadores del Ministerio de Transporte e Infraestructura (MTI), los cuales fueron despedidos de manera arbitraria después que Daniel Ortega recuperó el poder presidencial. Otro de esos trabajadores tiene 8 días de estar también en huelga de hambre, por la misma causa.

La huelga de hambre es siempre un recurso dramático de protesta. Se trata de un sacrificio de la propia salud que muchas veces se deteriora irremediablemente, o la persona pierde la vida cuando la huelga de hambre se extiende por un lapso de 60 a 90 días, que según los médicos es lo que se puede resistir según sea la fortaleza física del ayunante.

El preso político cubano Orlando Zapata Tamayo, murió el 23 de febrero de este año después de 86 días en huelga de hambre como protesta por la crueldad carcelaria del régimen comunista de Cuba.

Sin duda que el sacrificio de Zapata no fue en vano. La puesta en libertad y envío a destierro de un buen número de presos de conciencia cubanos, ha sido el resultado de la presión internacional que desató su dramática muerte, así como de la huelga de hambre por la libertad de los reos políticos que mantuvo desde el 24 de febrero hasta el 8 de julio pasado, el disidente Guillermo Fariñas. Pero aunque la huelga de hambre dé en algunos casos resultados positivos, es un sacrificio que no debería ser necesario. Los derechos de las personas deben ser reconocidos y respetados sin necesidad de recurrir a esa protesta extrema.

Cabe mencionar que son precisamente los regímenes totalitarios, o de vocación totalitaria como el de Nicaragua, los más insensibles a esa forma de lucha, inclusive o peor cuando quienes protestan han sido partidarios del régimen establecido. En el caso de Freddy Velázquez, él dice haber sido miembro o simpatizante del partido sandinista. “Yo como seguidor de la lucha (del FSLN), desmovilizado del Servicio Militar, creí en él (en Ortega) y creí en su palabra cuando platicó conmigo, que él iba a resolver (las demandas de reintegro laboral)… Le di un voto de confianza, parece que me falló, me decepcionó”, declaró a LA PRENSA el huelguista de hambre.

Evidentemente, el señor Velázquez es una de las muchas personas sencillas que han creído a Daniel Ortega, y lo han respaldado, sin darse cuenta del grave daño que se hacen ellos mismos. A Ortega y quienes lo rodean en la cúpula del poder, no les importa que Freddy Velázquez muera, así como les tienen sin cuidado las penurias que sufren las familias de todos los trabajadores del Estado que han sido despedidos de manera arbitraria e injusta. Por el contrario, lo más probable es que Ortega y los suyos disfruten con el padecimiento ajeno, sobre todo con el que ellos mismos causan con sus atropellos.

En realidad, los políticos y gobernantes totalitarios o de vocación totalitaria son crueles por su propia naturaleza. La crueldad es una manifestación de su ideología absolutista y su pasión desmesurada por el poder, primero por conquistarlo y después para retenerlo como sea, de manera indefinida o para siempre. La historia de los regímenes totalitarios de todo el mundo y en todas las épocas, desde la más remota antigüedad hasta ahora, está llena de casos de crueldad en el ejercicio del poder en las más diversas formas. Y es tanto su sentimiento de venganza y su afición a la crueldad , que no se les escapan ni siquiera sus propios partidarios, o son peores con ellos, cuando por la razón que sea caen en desgracia.

El periodista y escritor estadounidense William Lawrence Shirer (1904-1993), quien fuera corresponsal de NBC Radio en Alemania entre 1933 y 1941 y fue autor de los libros Auge y Caída del III Reich y Diario de Berlín , escribió que “todas sus palabras, su tono, destilan veneno. No puede perdonar ni después de muerto a un hombre que le ha llevado la contraria”. Shirer se refería a Hitler, por supuesto, pero igual podía haber dicho eso de Stalin, Mao, Fidel Castro, Chávez u Ortega.

En realidad, un gobernante totalitario es tan cruel en el frío del Norte como en el calor del Sur y de las zonas tropicales. Las demostraciones abundan.

Editorial Opinión
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