En muchas ocasiones la solidaridad internacional ha salvado o ayudado a salvar vidas humanas, que de otra manera hubieran sido segadas por disposición de gobernantes criminales. Este podría ser el caso de la mujer iraní de 43 años, Sakineh Mohammadi Astiani, quien después de haber sido acusada de adulterio fue condenada por un tribunal de Irán a morir por lapidación, es decir apedreada.
A este caso nos referimos ya en el editorial del martes 27 de julio pasado, el cual fue titulado “Crueldad extrema en Irán”. Comentamos en esa ocasión que estaba en marcha un gran movimiento de solidaridad internacional para salvar la vida de la desdichada mujer iraní, encabezado por las organizaciones no gubernamentales Amnistía Internacional y Human Rights Watch, con el respaldo de personalidades mundiales como el escritor indio Salman Rushdie, la ex secuestrada colombiana por las FARC, Ingrid Betancourt, el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardozo y el Alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg. Y deploramos entonces que la campaña internacional para salvar la vida de Ashtiani no había encontrado eco en Nicaragua, a pesar de la fortaleza y beligerancia que muestran aquí las organizaciones femeninas.
Se puede argumentar que no vale la pena hacer tanto escándalo por la vida de una sola persona, cuando miles están muriendo en guerras como las de Irak y Afganistán, o en catástrofes como las grandes inundaciones en Pakistán y los pavorosos incendios de Rusia. Pero eso no es cierto. La vida de cada ser humano es sagrada, tiene un valor supremo y debe ser defendida de quien sea. De modo que tratar de salvar a una persona condenada a muerte por cualquier medio, y peor aún con un procedimiento tan sádico y cruel como es la lapidación, es un deber de toda la gente y si se logra salvar constituye un triunfo de toda la humanidad. En el mismo Corán, el libro sagrado del Islam que es la religión oficial de Irán y todos los países musulmanes, se dice en el capítulo 5, versículo 35, que quien mata a un inocente mata a todo el género humano y quien salva la vida de un ser humano es como si hubiera salvado a toda la humanidad.
Por eso es que hemos clamado, junto con personas e instituciones de todo el mundo, contra el régimen iraní que ha condenado a muerte a una mujer —porque supuestamente cometió adulterio— mediante un procedimiento tan anacrónico y cruel como la lapidación, el cual fue abolido de la cultura occidental y cristiana desde los tiempos de Jesucristo. Y por eso mismo celebramos ahora que la ejecución de Sakineh Mohammadi Astiani se ha suspendido, y que al menos temporalmente su vida ha sido salvada.
En efecto, el 4 de agosto corriente el Tribunal Supremo de Irán comenzó una revisión del caso de esta mujer condenada a morir apedreada y decidió suspender la ejecución de la sentencia de muerte. Pero al mismo tiempo, el abogado de la sentenciada a lapidación, Mohammad Mostafaei, fue obligado a huir de Irán y refugiarse en Noruega, debido a la persecución de la dictadura de Mahmoud Ahmadineyad, quien por algo será que es un gran amigo y estrecho aliado del dictador en cierne de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra.
Desconfiada como tiene que ser, Amnistía Internacional teme que la revisión del caso de Sakineh y la suspensión de su ejecución por un tiempo no definido, podría ser “sólo un intento de las autoridades iraníes por reducir la presión internacional a que se están viendo sometidas”. Advierte la organización humanitaria mundial que “mientras no exista una declaración expresa de la Magistratura iraní anulando la sentencia de lapidación, Sakineh Mohammadi Ashtiani puede ser lapidada en cualquier momento”. Y señala Amnistía Internacional que si bien es cierto que la presión mundial ha provocado que se suspenda la ejecución de Sakineh, “no se sabe si se trata de un aplazamiento, de cambio en la forma de ejecutar la sentencia, o de la paralización definitiva de su ejecución”. Y en consecuencia llama a no cesar, sino más bien a reforzar, el movimiento de solidaridad con la infortunada mujer iraní, hasta lograr la salvación definitiva de su vida.
Sakineh ya fue castigada injusta y brutalmente con 99 latigazos, después que fue obligada mediante la fuerza a reconocerse culpable. Pero la crueldad de gobernantes como los de Irán no tiene límite y sólo la fuerza de la solidaridad internacional, aunada con la lucha del pueblo iraní, puede obligarlos a ceder.
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