
Hoy marca el aniversario de fallecimiento de nuestra Mamá, Sylvia Lacayo Oyanguren. El 17 de junio del 2025 ella partió al Cielo, después de luchar su tercera batalla con cáncer. En ese momento vivía en Washington DC, y se trató en el Sibley Memorial Hospital. El 12 de julio conmemoramos su vida con una misa y santo entierro en Sierras de Paz en Managua.
Sylvia Lacayo nació el 2 de febrero de 1953 en Managua, siendo la cuarta hija del matrimonio de Sylvia Oyanguren Cardenal y Antonio Lacayo Fiallos. Una niña de expresión dulce, pelo rubio, curiosidad intelectual y alegría con los demás, se graduó del Colegio de la Asunción de Managua en 1970 como la mejor alumna de su clase.

Fue una de las pocas mujeres de su generación que cursó estudios universitarios en el exterior, completando su licenciatura en Economía en la universidad de McGill en Montreal, Canadá en 1975. Sus varios intereses académicos le llevaron a vivir un verano en París para aprender francés y un verano en Filadelfia completando cursos en la Universidad de Pensilvania. De esas experiencias le quedaron una inmensa curiosidad por el mundo y una apreciación por el arte y la música que sería palpable en su hogar más adelante, y que compartiría con fervor con nosotros sus hijos, y sus nietas, a diario.
Se desempeñó como profesional de banca privada en varias instituciones financieras en México y Managua, incluyendo el Citibank Group en Managua en el año 1975-78. Sin embargo, el puesto profesional que más le enorgullecía fue ser Tesorera de la República en el año 1991, siendo la primera mujer que ocupaba ese cargo, durante el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro. Impulsada por un deseo de servir a su país, Sylvia se involucró de lleno en la campaña y gobierno de Doña Violeta. Muchas veces se le veía trabajando “detrás del telón,” documentando los momentos más icónicos de esa época a través del lente de su cámara. Disfrutó muchísimo acompañando y organizando visitas oficiales al lado de su esposo Alfredo César, quien ocupaba el cargo de Presidente de la Asamblea Nacional durante ese tiempo. Sylvia tenía una facilidad enorme para empaparse de nuevas culturas, hacerse amiga de todos los que la rodeaban, e interesarse en la vida de los demás, sobre todo los más necesitados.

Su fé y sus valores religiosos la impulsaban a buscar a Dios en todo, y a traer la alegría de Dios a los demás. Desde joven participó en retiros religiosos regularmente, fue parte del coro del Opus Dei, se involucraba incansablemente en obras de caridad, entre ellas el dispensario médico San Luis Gonzaga, la construcción de la iglesia Nuestra Señora de las Victorias en el Crucero, y muchas más. Esa devoción y conciencia social nos la transmitió a nosotros sus hijos desde pequeños. Cada cierto tiempo nos pedía revisar nuestros cuartos y apartar juguetes y ropa para donar al orfanato de las monjitas en el Crucero. La misa del domingo no faltaba nunca, ni los rezos antes de dormir, ni el bendecir los alimentos en cada comida. En los momentos más difíciles de su vida era cuando más se aferraba a su fé, y fuimos testigos de ese inmenso amor y confianza en Dios durante los últimos días de su vida.
En paralelo a sus múltiples actividades religiosas, sociales y profesionales, en casa ella era una Mamá dedicada al cien por ciento. En 1982 nació su primera hija Alejandra, en 1985 su hijo Alfredo y en 1995 su hija menor Sylvia María. Cada uno de nosotros guardamos récords extensos de nuestra niñez gracias a ella: fotos, videos, dibujos del colegio. No faltaba la foto de primer día de colegio, los videos caseros abriendo regalos de Navidad, las piñatas y fiestas de Quince Años planeadas con tanto amor. Era tan detallista: cuando éramos pequeños y ella salía de compras, nos trazaba el pie en una hoja de papel para tener nuestra medida de zapatos. Al día de hoy nos acordamos de la cosquilla que nos hacía la pluma en el contorno del pie. Cuando se convirtió en abuela en el 2012 renació ese cariño de Mamá con sus nietecitas Sofía y Cristina, hijas de Alejandra, a quienes adoraba tener en su casa, enseñarles a cocinar, mimarlas. Le llenaba de orgullo hablar de cada uno de nosotros, y sabemos que nos está viendo con el mismo orgullo y cariño desde arriba.

Tener que despedirnos de ella fue lo más doloroso que hemos vivido. Queríamos muchos más años con ella, pero confiamos en el plan maravilloso de Dios, y sabemos que ella ahora se reencontró con su Papá y su hermano Antonio, a quienes tanto extrañaba. Con estas líneas esperamos honrar su memoria y su gran legado. Con inmenso amor la recordamos y extrañamos sus hijos Alejandra, Alfredo y Sylvia María, nuestro Papá Alfredo César Aguirre, su Mamá Sylvia Lacayo Oyanguren, sus hermanos Verónica, Bernardo, Diego, Gonzalo y Carolina, y el resto de su familia y amigos.
Ya no me verás como antes, pero mi alma será para ti un ángel guardián más puro, más cercano. Transforma tu dolor y tu llanto en paz.
Si me amas, no llores más. Sé feliz, y recuerda que mi amor no ha muerto; sigue vivo en la eternidad.
- San Agustín