Humberto Belli Pereira

Girando en círculos

¿Cómo salir del marasmo político e institucional que nos aqueja? Hemos cambiado de gobierno varias veces, incluso a costo de sangre, pero parece que regresamos siempre al punto de partida. Esto ha promovido la sospecha que los nicaragüenses estamos condenados, como en el mito de Sísifo, o como en una montaña rusa, a volver al punto de partida después de grandes altibajos.

Pero no hay nada fatal en nuestros vaivenes. Si el problema adquiere esta apariencia es porque no conocemos suficientemente las razones de nuestros infortunios. Que los cambios de gobierno no hayan conducido a la tierra prometida quiere decir, y nada más, que el problema tiene raíces más hondas. De ninguna manera implica que la actividad política sea sobrancera o que sea inútil buscar mejores gobernantes, sino que esto no basta.

Entre los factores que nos hacen girar en círculo los hay de naturaleza socioeconómica y de orden sociocultural. Ante la imposibilidad de abordarlos todos subrayaré la ausencia de lo que los politólogos llaman la “comunidad cívica” (Robert Putnam y otros). Platón, en su libro La República, argumentaba que la calidad de una democracia dependía de la calidad de sus ciudadanos. Maquiavelo, igualmente, pensaba que el éxito o fracaso de las instituciones libres dependía del carácter de sus ciudadanos, o de sus “virtudes cívicas”. Las ciencias políticas contemporáneas han validado estas intuiciones. Aunque el diseño constitucional o la ingeniería de las instituciones puede contribuir mucho a la bienandanza de las repúblicas, si éstas carecen de un sustrato o una cultura cívica suficiente, dichos diseños se malograrán. La historia de América Latina es pródiga en ejemplos de naciones que copiaron las mejores constituciones del mundo, pero no pudieron establecer democracias estables.

Es un error ignorar que la sociedad y su vida política no sólo están hechas de instituciones y leyes, sino de hombres y mujeres que son los bloques del edificio social. Si éstos son quebradizos y débiles, la mejor estructura puede colapsar con los temblores. Precisamente uno de los engaños del marxismo fue pensar que bastaba cambiar las estructuras socioeconómicas para acabar la injusticia y llegar a la tierra prometida. Cualquier reforma que aspire a mejorar la sociedad será frágil mientras no vayan acompañadas de una ciudadanía suficientemente ética. Una colectividad de mafiosos no puede generar sistemas judiciales honestos. Una colectividad de autoritarios no puede generar una democracia.

El obstáculo más grande que tiene Nicaragua para la consolidación de su democracia es precisamente la generalizada falta de espíritu cívico —o de ética— en la mayor parte de su población. Una comunidad cívica cuenta con una ciudadanía suficientemente interesada en participar en asuntos de interés público, no para obtener ventajas puramente personales, sino para procurar el bienestar colectivo. Lo opuesto a esta actitud es el “familismo amoral” que detectó el sociólogo Edward Banfield en un poblado del sur de Italia. Éste se caracteriza como el afán de maximizar las ventajas a corto plazo de la familia inmediata, aún cuando sea a expensas de la comunidad. Nicaragua parece sufrir el mismo síndrome.

El problema de la amoralidad no es privativo de la clase política. La abundancia de políticos, jueces y funcionarios venales es un reflejo de los valores que predominan en la sociedad global. Ellos no son muy distintos del resto de la población de la que proceden. Deshonestidad, engaño, incumplimiento y trampa salpican, por no decir abundan, en todos los estratos, profesiones y oficios de nuestro país. Cualquier persona que haya negociado, construido, contratado o vivido aquí, puede testimoniarlo. Algunos de nuestros líderes políticos más poderosos, que en países con cultura cívica y moral estarían en la cárcel por sus acciones, aquí cosechan el aplauso de sus seguidores.

El problema que enfrentamos es grave pero no es irremediable. Hombres y mujeres comprometidos con vivir nuevos valores han logrado, como sal de la tierra, transformar colectividades enteras —como los cristianos bajo el imperio romano—. Los nicaragüenses tenemos por delante el reto de construir, desde abajo, comunidades cívicas y valores que permitan trascender el egoísmo y aislamiento cortoplacista que ha teñido y frustrado nuestra sociedad. Podríamos exclamar, ¡Educación!, pero ignoramos a veces que ésta comienza en la familia y que en Nicaragua ésta suele ser disfuncional. Por lo que la batalla incluye, también, tareas como reconstruir la célula fundamental de la sociedad. Habrá que debatir las formas de procurar éste y otros objetivos, a sabiendas de que los cambios culturales o de conducta son más difíciles —aunque a largo plazo más importantes— que cambiar un presidente. Mientras no lo intentemos estaremos girando en círculos.

El autor es sociólogo, fue ministro de Educación 1990-1998.

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