En esta residencial los servicios de vigilancia son más elevados que un barrio o colonia.LA PRENSA/M.ESQUIVEL

Cuidadores de flores

“Esa gente viene del 18 de Mayo”. Se oye la expresión cada vez que pasa algo en el residencial, donde tampoco pasan muchas cosas, según Pedro. De lo malo, nadie duda en culpar al vecindario.

Las flores de los jardines lavadas por una lluvia terca que va y viene y que oscurece la mañana, parecen el bien más preciado para Pedro Bolaños, el vigilante con apellido de presidente que cuida un par de calles al fondo del residencial Lomas del Valle, un complejo de casas de reciente fundación -unos 12 años— que forma parte de ese archipiélago de urbanizaciones que ha inundado la capital en los últimos años, y en el que vive gente de clase media que sólo permanece en casa los fines de semana y nicas que se pensionaron en Estados Unidos.

Como el ex presidente, Pedro Bolaños tiene la cabeza blanca. Es un hombre de cincuenta y pocos, que tapa sus canas con una gorra. Disimula bien su mediana edad con un cuerpo recio y fuerte. Bolaños es uno de los más de 70 hombres -y es un cálculo muy conservador— que vigila este caserío uniforme de aceras sombreadas que brotó en un terreno rodeado de barrios que al principio fueron asentamientos y que a ciertas horas del día tienen zonas de cuidado: el 18 de Mayo y el 22 de Enero.

“Esa gente viene del 18 de Mayo”. Se oye la expresión cada vez que pasa algo en el residencial, donde tampoco pasan muchas cosas, según Pedro. De lo malo, nadie duda en culpar al vecindario.

Álvaro Munguía, un vigilante que está en la aguja de la residencial que nunca se baja y que por tanto no frena a nadie, dice que una vez atravesaba el barrio 18 de Mayo a la salida de su turno de 24 horas, cuando lo atracaron tres sujetos. Lo encañonaron con un arma hechiza y le robaron el celular que sacó al crédito y todavía está pagando, y unos cuántos córdobas. Además le dejaron la certeza de no volver a ir por esa ruta.

Pedro se sienta en una silla plástica que está recostada en las paredes de una de las casas que él cuida. Deja caer sus hombros y pone su mano en la cintura. En esa posición, Pedro mira hacia un lado y otro como el vaquero de película que acaba de traspasar unas batientes. Lo más grave que recuerda le pasó a un “turnero”, como le dicen en la jerga de la vigilancia al que cubre al celador titular. El turnero sofocó un intento de violación.

Un par de carros estacionados, una familia que entra y sale de la casa, y unos niños que lo saludan, es todo el movimiento que hay en esta mañana en que el sol aparece como un actor secundario. “Aquí es tranquilo”, dice Pedro, quien se asoció con dos hombres más para vigilar dos calles del residencial.

Porque Pedro y sus colegas permanezcan en la calle 24 horas, los vecinos pagan 25 dólares al mes, es decir cerca de 535 córdobas al cambio de estos días. En el mismo vecindario hay gente que paga alrededor de 60 dólares al mes por seguridad. En las urbanizaciones la vigilancia es casi parte del paquete de pagos que los inquilinos asumen con naturalidad. Los costos varían, pero en general van de 20 dólares en adelante. En Lomas del Valle también hay negocios con vigilancia exclusiva, como las clínicas que están en la entrada, y casas particulares como la de un comisionado retirado de la Policía que tiene su propio cuidador.

Lilliam Tórrez, jubilada de 71 años, vive en una de las casas por las que Pedro hace ronda cada vez que abandona la silla. Las risas de Lilliam se oyen detrás de unas rejas que dan a un corredor amplio. Pedro sabe bien qué vecino está y cuál no en las viviendas. Lilliam cree que eso tiene ventajas y desventajas, y por eso es clave trabajar siempre con los mismos vigilantes. Pedro, por ejemplo, ha estado en esas calles desde que ponían sus cimientos. Él llegó con la empresa constructora, vio la oportunidad de trabajo fijo, por cuenta propia, y se quedó. Ahora son 3,000 córdobas mensuales los que valen sus miradas desde el asiento, sus rondas y desveladas día de por medio en este vecindario que después de la lluvia, cuando el sol calienta, queda oliendo a flores.

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