“Cada vez más, Managua se está convirtiendo en una capital insegura”, reconoce Roberto Orozco, experto en seguridad del IEEP, y apunta que en la capital ocurre el 35 por ciento de los delitos que se registran en el país, aunque no es el municipio con mayor índice de delitos. Mientras que algunas estadísticas de la Policía apuntan que cada siete minutos alguien es asaltado en la capital.
Encerrada. Tras las rejas de su casa y con miedo vive Rosa Gómez en el barrio El Recreo, de Managua, desde el día en que una pareja de motorizados acribilló al frente de su casa al menor de sus cinco hijos: Paul Napoleón Téllez, de 20 años.
A Téllez lo mataron tres balas: dos en la cabeza y una en el pecho. El asesinato ocurrió el sábado 17 de abril de este año, pero los diarios nacionales sólo reportaron el suceso hasta el lunes. Eran cerca de las cinco de la tarde, la hora en que Téllez siempre volvía con su papá del Mercado Oriental, donde trabajaba en un tramo de abarrotes. Rosa Gómez dice que oyó los tiros, los gritos y salió a la calle para ver la escena que nunca hubiera querido: su esposo y su hijo estaban en el suelo, sangrantes, y uno de ellos a punto de fallecer.
DESPUÉS CAYÓ UN AGUACERO
Casi cuatro meses después el crimen sigue sin esclarecerse. “La Policía (del Distrito Tres) le dice a mi hija, que es la que va a preguntar, que están investigando o que vuelva otro día”, dice Gómez, vestida negro. Gómez es recelosa. Desconfiada. No era así, pero ahora no sabe qué pensar. Ella dice que el sospechoso del crimen es del barrio vecino, de La Esperanza, y que anda por ahí suelto como si nada.
Ella nunca ha vivido en ningún otro país de Centroamérica, en realidad sólo ha vivido en Managua, por eso no puede comparar y saber si Tegucigalpa, Honduras (donde mueren 61 personas por cada 100,000 habitantes); San Salvador, El Salvador (con 52 homicidios por cada 100,000), o Ciudad de Guatemala (con 49), en Guatemala, son más o menos violentas que esta capital —donde ocurren 13 por cada 100,00 personas— como dice la Policía.
Lo que ella sí puede asegurar es que ya no se siente segura ni tras las rejas de su casa.
Gómez dice que su familia no se mete, ni se metió nunca con nadie, y aun así no pudo evitar la tragedia de abril. Y desde entonces, tampoco ha podido evitar el miedo a la calle. La percepción de inseguridad es un factor creciente en la población capitalina, según una encuesta sobre el tema realizada por el Instituto de Estudios Estratégicos de Políticas Públicas (IEEP). (Ver recuadro adjunto)
- ¿Cuál es la distribución de fuerzas de la Policía? ¿Cuántos están en función de la seguridad ciudadana? LA PRENSA preguntó, pero hasta hoy no obtuvo respuesta. La comisionada Vilma Reyes, vocera de la Policía, dijo que esa información era restringida; sin embargo, en los anuarios de la institución de años anteriores aparece cómo se distribuyen algunas fuerzas. Entre otros, refleja cómo en dos años se duplicó el número de policías asignados a la seguridad personal, es decir, al cuido de personalidades.
Sin embargo, la fuerza policial se deja notar en algunos eventos especiales. En la reciente celebración del 19 de julio, día de la Revolución Sandinista, el Gobierno organizó actividades partido-estatales durante el fin de semana previo, 17 y 18, y hubo un despliegue de 4,148 policías en las calles, casi la mitad de la Policial Nacional. También hubo un masivo despliegue policial en la bajada de Santo Domingo, el patrono de Managua, el pasado primero de agosto, y en la fiesta hípica que se celebra en otro tramo de la ciudad.
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DE LA VIOLENCIA A LA PROTECCIÓN PAGADA
Frente a esta realidad, la conclusión parece sencilla: aumenta el delito, aumenta la sensación de inseguridad, crece la industria de la seguridad, y parece reducirse la cobertura policial.
“El problema de la inseguridad en parte se debe a un presupuesto débil que se asigna a las instituciones de seguridad pública como la Policía Nacional. Sin embargo, no es solamente eso. El delito tiene una dimensión multicausal, según la ecología del crimen que hace Bronfenbrenner (Urie, sicólogo estadounidense), por lo que es imposible sostener una política de prevención haciendo uso solamente de la institución policial. Debe tenerse una visión integral de prevención que ataque las causas del delito: sociales como exclusión, pobreza, hacinamiento, así como causas biológicas como edad, sexo y predisposición a la violencia”, dice Orozco.
El experto cree que la Policía “no puede prevenir la violencia juvenil sólo con el actuar policial”, para eso se requiere que el Estado desarrolle una política de integración de los jóvenes desocupados.
PAGÁS O TE EXPONÉS
En muchos barrios, los pobladores han resuelto el problema de la inseguridad pagando (ver notas adjuntas). Y cada vez más, la tarea de la seguridad pasa de manos públicas a manos privadas. Existen cerca de 120 empresas dedicadas al tema de la seguridad, en las que pueden trabajar unos 50,000 hombres en seguridad, estima Alberto Castillo, presidente de la Asociación de Empresas de Vigilancia, que sólo aglutina a diez empresas.
A ese dato hay que sumar el ejército de hombres que trabajan como vigilantes por cuenta propia, en distintos barrios de la capital, que para el año 2008, según cifras oficiales, era de unos 10,000 hombres.
Así, el ejército de vigilantes individuales y contratados por empresas rondaría los 60,000 hombres, más del doble del número de miembros del Ejército y la Policía Nacional, cuyas fuerzas conjuntas no sobrepasan los 30,000 hombres.
En muchos barrios la población trabaja sobre todo con los vigilantes por cuenta propia, los que cobran a cada vivienda cuotas que varían según la bolsa del cliente, aunque los precios empiezan a estratificarse según la ubicación: es distinto el cobro en una colonia, un barrio o una residencial.
“Es muy poca la población que tiene acceso a vigilancia privada y este segmento se reduce al sector más pudiente de la sociedad, me refiero a los que viven en residenciales y zonas muy privadas, donde no existen los problemas de inseguridad que hay en la población de los barrios… en este sentido, la inseguridad afecta más a los sectores menos privilegiados”, explica Orozco.
VECINDARIO SIN LEY
“Aquí nunca pasa la Policía”, advierte otra vecina de El Recreo, que pide el anonimato por una razón obvia: si habla con los medios de comunicación, las pandillas le pueden apedrear la casa, en el mejor de los escenarios. En ese barrio todo el mundo sabe donde quedan los expendios de droga. Todo el mundo sabe, también, que ahí operan varias bandas de ladrones. Una de ellas suele subir y asaltar los buses de las rutas 118 y MR-4, que circulan por la pista El Recreo. Todo el mundo sabe que en la esquina del colegio Benjamín Zeledón se plantan a venderles piedra, coca y marihuana a los estudiantes.
“Sería bueno que hicieran patrullajes con más frecuencia, porque aquí está lleno de expendios”, dice la misma mujer, que es madre de cinco hijos, entre 22 y nueve años. Ella dice que después de las seis, o siete, cuando oscurece, no sale a la calle. Tampoco sus hijos.
“Sólo que tenga mucha necesidad, pero es peligroso salir, porque ni alumbrado hay”, dice la mujer.
—¿Y si se organizan para vigilar el barrio?
—Aquí nadie hace eso —contesta la mujer, con una risa irónica.
—¿Y los CPC (Consejos del Poder Ciudadano) no hacen eso?
—Qué va. Esos andan en lo político, nada más —dice. Para ella el mejor seguro es cerrar la puerta de su casa después de las seis.
Trancar la puerta a las seis. Cancelar ventanas. Asegurar con verjas, y esperar que no haya disparos o gritos que alteren la noche. Es lo único que les sigue quedando a muchos vecinos, como esta mujer de El Recreo; habitantes todos de la capital oficial más segura de Centroamérica.
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