Por Carlos Cardenal M.
Sabemos lo que vivimos. Sentimos el horror que nos rodea. El caos agotó todos los rituales como diría Monsivais. No sé con qué parte de nuestra conciencia podemos asimilar este cataclismo permanente. Se dice que el subconsciente es el que nos ayuda a sobrevivir con el olvido gradual, del pesar que nos produce la desaparición de nuestros seres queridos y demás catástrofes que por momentos o años nos agobian y forman parte de nuestro pasado.
Pero aquí con esta insolente anarquía institucional ni la más flagrante indiferencia puede sustraernos a la aniquiladora fuerza de este pandemonio satánico y absurdo. La nada en su sentido existencial sería un eufemismo para describir esta realidad que cambia con degradante vertiginosidad en cada instante. Vivimos porque todavía sentimos el asedio permanente de los insidiosos zancudos a toda hora y lugar.
Hablar de política es algo que no se puede aprehender ni aprender. Cada 24 horas aparece la misma escena con matices cada vez más contradictorio, desconcertantemente ilógico. Hay una asfixia general en todos los espacios de la sociedad civil y en cada ser responsable que todavía camina en nuestras calles.
Ya no podemos aprobar ni desaprobar nada porque todo quedó reducido a falacias y engaños. Se trata de un escenario envuelto en una vorágine arrolladora. No me explico cómo sobrevivimos inmersos en esta tragedia que dejó de ser comedia hace rato. Nicaragua no es viable, al menos en nuestra generación. No es posible una Nicaragua intransitable sin derroteros visibles al menos por el momento. Las ideologías ya no son ni siquiera enunciados huecos. Las posiciones políticas de los líderes no se vislumbran como asuntos de fácil arreglo. Todo ello agrega mayor inseguridad a un mundo frágil de política sin credibilidad.
La ética pasó a ser una quimera. El robo nuestro de cada día ya no llama la atención. Es asunto mediático y nada más. Los vándalos andan con garrotes, morteros y pasamontañas. Las piedras ya no asustan a nadie. Los cleptómanos de saco y corbata pululan y saludan con efusivos abrazos a los que asisten a las misas de difuntos y fiestas sociales. Son seres repudiables, pero son muchos y dominan un espacio social importante. Machiavello sostenía que en una sociedad los buenos son inútiles. Aquí los inútiles son pocos y los útiles sólo sirven para beneficiarse ellos mismos y contribuir a la destrucción del Estado y de sus instituciones.
¿Qué clase de seres humanos somos los nicaragüenses? No pertenecemos a ningún mundo. Ya no hay raseros para medir nuestra descomposición cívica que raya en lo inverosímil. Ante este cataclismo tenemos que imponernos la vital obligación con derroche de virtud cívica para erradicar esta metástasis que ha cogido casi todo nuestro cuerpo social y el alma de nuestro pueblo que no se va a resignar ante tanta ignominia y logrará su total reivindicación como hijos legítimos de una patria que hoy como nunca exige su rescate. ¡Nicaragua volverá a ser república!
El autor es empresario.
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