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Desilusión, la verdadera esperanza

El título es una paradoja. De ella se vierte la idea de dos tipos de seres: los soñadores y los ilusos. Los del primer orden transitan por la vida; los otros, por un espejismo que se hace y deshace continuamente y que mantiene a éstos en una realidad anestesiada. El segundo ser es un imbécil.

What is now proved was once only imagined.William Blake

Por  Francisco Ruiz Udiel

El título es una paradoja. De ella se vierte la idea de dos tipos de seres: los soñadores y los ilusos. Los del primer orden transitan por la vida; los otros, por un espejismo que se hace y deshace continuamente y que mantiene a éstos en una realidad anestesiada. El segundo ser es un imbécil.

Esta palabra procede del latín imbecillis. Im significa “sin” o “privación” y el término becillis está asociado etimológicamente a baculum, que en griego significa “bastón”. Es decir, se habla de alguien que en términos metafóricos está privado de sensatez, le falta algo para apoyarse y además, carece de visión para elegir aquello que es esencial, palabra que lo horroriza y lo confronta.

Los soñadores, sin embargo, conocen el fracaso, pero nace en ellos el coraje por enfrentarse a sí mismos; saben que la mayor transgresión no es sólo contra el sistema que les rodea, sino contra algo superior e insospechado: la naturaleza del yo, la ilusión que sostiene falsamente a tan insignificante ser.

El iluso, en cambio, le huye al fracaso, lo que traducido significa que le teme a la vida. Cuando llega la angustia, le aterra el diálogo que establece su conciencia. Preso del pánico, decide inventar una idea, cuyo asidero es la ansiedad por “tener” otra vida. Crea una realidad paralela y le otorga un nuevo espacio y tiempo. La metafísica lo salva por un instante, es cierto, pero no de forma prolongada. El iluso se convierte aquí en un esquizoide.

El soñador, por otro lado, considera a la metafísica, pero se atreve a cuestionar si aquello es una visión que expande al individuo. Intenta ejercer una acción y piensa cómo cada uno de sus movimientos afectará al otro, ese yo ajeno al que jamás determina. Posteriormente se desprende de sí y dirige su mirada hacia los otros sin temor a desaparecer y anularse. Ante estas circunstancias, podemos refutar a Rimbaud cuando dice que soñar es indigno.

Pero el punto en el cual ambos seres se bifurcan aparece con la desilusión. El iluso, quien hasta el momento se mantenía erguido por una idea, se desmorona, cae al vacío con el peso de una insondable herida: su soberbia. En su mundo, el fracaso es para los débiles y tras no encontrar respuestas que lo dejaran satisfecho, decide echarse a morir o aferrarse a su orgullo para —aunque no lo sabe— volver a caer. Se ha llegado a pensar que los ilusos se vuelven adictos al abismo.

El soñador, a quien no pretendemos perfecto, tras la derrota de sí y después de tantos golpes, comprenderá que precisamente en el momento de la desilusión es que está “sucediendo” la vida tal a como es. Importante aclarar que el dolor no es lo fundamental, sino lo que se puede ver a través de él. Ahí la vida se presenta más sublime, le da una oportunidad al ser humano de volver a empezar con un nuevo aliado: la humildad. Penetrar sin miedo en la desilusión es la última reserva de optimismo que nos queda. Una vez que crucemos dicha puerta, habremos construido una esperanza más duradera.

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