JOHANNESBURGO/ AFP
Sudáfrica acalló a los más escépticos y organizó una Copa del Mundo sin problemas mayores, en una operación de seducción que ocultó durante un mes los enormes desafíos que todavía enfrenta esta joven democracia.
Pero pidió prudencia a la hora de valorar las repercusiones del Mundial. Un torneo no permite resolver los problemas propios del país.
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“Veinte años atrás nadie quería visitarnos (…) y ahora nos convertimos en un destino popular”, se congratuló el presidente Jacob Zuma, cuyo país había sido marginado por la comunidad internacional hasta la supresión del régimen racista del Apartheid en 1994.
Desde todos los rincones del planeta, la prensa le dio la razón con titulares como “Una gran fiesta exitosa”, como se escribió en Berlín, “Una celebración internacional”, como dijo el Washington Post o “Un Mundial bien organizado”, como lo subrayaron los medios de comunicación franceses.
En cuanto a los turistas extranjeros, que fueron mantenidos alejados de los lugares más pobres, no dejaron de alabar un país “moderno” con sus grandes centros comerciales, sus bellísimos estadios, sus autopistas y sus viviendas de calidad. Los elogios agradaron a los sudafricanos que habían oído muchas críticas en los últimos años sobre su capacidad de organizar un evento de esta dimensión.
“Habían dicho que la Copa del Mundo en Sudáfrica sería un desastre, que los aficionados al futbol serían agredidos y asesinados, que todo sería un caos”, recordó el diario Saturday Star.
Sudáfrica tiene una de las tasas de criminalidad más altas del mundo, con un promedio de 50 homicidios diarios, pero los hinchas extranjeros fueron recibidos calurosamente por los sudafricanos, negros y blancos.
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