Los aficionados españoles celebran el triunfo de La Roja en el Soccer City de Johannesburgo. LA PRENSA/AFP/DOMINIQUE FAGET

Futbol de España convierte a la grada

El mercadeo de entradas en las inmediaciones del estadio Moses Madiba desmintió una vez más la supuesta invulnerabilidad del sistema de venta de la FIFA, mientras docenas de personas se afanaban por dar con un boleto que les franquease la puerta a uno de los partidos más prometedores del Mundial.

 

Durban/EFE

El mercadeo de entradas en las inmediaciones del estadio Moses Madiba desmintió una vez más la supuesta invulnerabilidad del sistema de venta de la FIFA, mientras docenas de personas se afanaban por dar con un boleto que les franquease la puerta a uno de los partidos más prometedores del Mundial.

Ya se sabe que al espectador le inflama el juego vertical y directo, el vértigo de los contraataques en tres patadas, la pegada contundente de la segunda línea, en definitiva, el futbol que ha venido enseñando Alemania durante la mayor parte del Mundial.

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La Reina doña Sofía, ataviada con los colores de la selección española —vestido rojo y pañuelo amarillo— asistió ayer al estadio de Durban a la histórica victoria de España sobre Alemania (1-0) que metió al equipo español por primera vez en una final de la Copa del Mundo.

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También aprecia, claro, el manierismo del último pase, el juego barroco, si se hila bien fino, que acaba en delanteros con desparpajo capaces de fabricarse por su cuenta el gol si algo en el engranaje colectivo falla; más o menos lo que ha venido mostrando España en Sudáfrica.

Ante dos apuestas así cuesta decidirse, al menos para el espectador neutral, que hoy eran muchos, cuyas simpatías acostumbran a ir tomando forma en función de lo que sucede en el césped.

La voracidad alemana y el pedigrí del futbol que ha venido mostrando en todo el campeonato inclinó de inicio el sonido de las vuvuzelas en su favor, pese a que los de Low no consiguieron trenzar más que un par o tres de esas contras que desnudaron a lo más granado del campeonato.

Por el aspecto, no se sabía si era la grada, no se sabía si era alemana o española, compartiendo como comparten ambos países los colores de sus banderas; por el sonido, era germana.

Sin embargo, de ese modo que hacen las cosas los de Del Bosque, con la misma pausa y el mismo empeño que aplican a su juego, fueron consiguiendo ir ganando adeptos a su causa, de un lado y del otro del estadio, aficionados que fueron lamentando las ocasiones falladas por La Roja.

Llegó entonces el cabezazo imponente de Puyol y tronó la grada, pues más de medio estadio era ya converso y empujaba a España hacia su primera final.

Al gol reaccionó España guardando la ropa y Alemania se asomó al balcón del área de Casillas a tocar, el mundo al revés, mientras Xavi esperaba obrar de lanzador para los puntas de La Roja.

A cada carrera de Villa tras un balón en profundidad sumaba adeptos España, que se volcaba llevado en volandas por el público, ansioso por ver un nuevo tanto de El Guaje, el sexto en el Mundial, que no llegó.

Lo que sí llegó fue el pitido final y la realidad de España como aspirante por primera vez al título, una realidad que, ahora sí, celebró la grada como si toda ella fuera de Cuenca, de Lugo o de Badajoz porque el futbol de la Roja convirtió a la grada.

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