Erika Gertsch R.- Amanece en la congestionada Managua. Apenas ha salido el sol, pero el semáforo de la Colonia Miguel Gutiérrez ya está abarrotado de vendedores ambulantes. Mangos, bananos, sandías son colocados en mesas recién lavadas, que al igual que las frutas están pringadas de agua para verse “fresquecitas”.
Una señora acomoda sus productos con una sola mano, mientras con la otra mece en una hamaca a su niña de ocho meses. La pequeña parece no inmutarse del ruido que provocan las rutas de transporte colectivo y tampoco del frescor de la mañana, pese a estar cubierta sólo con un pañal. Es la rutina. Ella también viene a trabajar aún sin saber lo que vende su madre.
Ha llegado Ariel, “el semanero”. Es fácil de reconocer por el gran bolso negro que carga en su hombro izquierdo, sombrillas de colores y un bote de basura le acompañan. “El chele” —como también le nombran los vendedores de la zona— empieza su recorrido por la colonia.
No es cualquier vendedor, sino un gran conocido de los habitantes, pues el negocio de la venta de electrodomésticos, toallas, cortinas, productos plásticos y sombrillas le faculta a decir que 140 clientes de Managua y León están comprometidos a darle cuotas semanales, quincenales y hasta mensuales.
Ariel camina con todo a “tuto” y una sonrisa en la cara. Está sudado, el sol calienta y de puerta en puerta saca su tarjetero que no es más que el control de la venta y llama al cliente, donde se espera de todo; hay quienes bromean, le tratan como un familiar, se le esconden o le dicen: ¡Pasá la otra semana Ariel, que no tengo reales!
Es por esa facilidad que el negocio de los semaneros va ganado adeptos. No existen llamadas acosadoras si te pasas de la fecha, tampoco presionan por el modo de pago, pero eso sí, poco a poco, pero todos pagan. Bueno, al menos Ariel hace un rastreo antes de dar crédito para garantizarse el puesto.
A parte de vender, el joven estudia su cuarto año de Administración de Empresas y lleva más de tres años en este negocio ambulante. Dice que no crea uno propio por falta de dinero. “Algo bueno vendrá cuando me gradúe, los que estudiamos tenemos otra visión”, dice muy seguro.
—¡Vas cargado Ariel! —grita una señora. Ariel empieza a vender; muestra una plancha, comenta sobre la facilidad de pago, pero es la sombrilla la que más se busca en esta temporada lluviosa.
—¡Están a 170! —lo ha repetido tantas veces que podría explicarle a sus clientes el discurso que Ariel maneja tan bien: “marketing ambulante”.
Ya cruzó el primer callejón de la colonia y en esa fila todas han abonado, pero de repente en una casa verde de altas rejas una mujer grita: “¡Ya no vive nadie aquí, se han mudado!”
—¡Están bromeando! —dice y efectivamente, tres mujeres salen riéndose a abonarle en una misma casa. Esta vez corrió con suerte, no siempre es así, hay personas que sí le han quedado mal, al emigrar del país, al mudarse de casa o bien al quedar desempleados.
“Se corre mucho riesgo. A finales del año pasado, vimos como las ventas bajaban y aún sigue un poco mal”, dice. Pero el semanero no deja de recorrer las diversas calles de la capital llevando a cuesta los productos que le permiten seguir en la universidad, y también la satisfacción de ayudar a ese jubilado, a esa ama de casa, a esa doméstica que si no fuera “al fiado” difícilmente se harían de sus cositas.
Periodista
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