La corrupción gubernamental es un mal crónico en Nicaragua, pero en los últimos años se ha extendido y profundizado al extremo de ser la principal característica del régimen de Daniel Ortega, o la segunda más importante, después del autocratismo.
También hubo corrupción en el primer gobierno de Ortega, durante la revolución sandinista de los años ochenta, pero no tanta como ahora ni en forma tan descarada. En aquel entonces la corrupción era un problema secundario y había en el gobierno sandinista personas que, a pesar de su mentalidad dictatorial, inclusive totalitaria, tenían una ética revolucionaria y vigilaban que los actos de corrupción no fueran excesivos y se mantuvieran bajo control.
La debacle moral del sandinismo vino después que Daniel Ortega y el FSLN perdieron las elecciones de 1990 y se vieron obligados a entregar el gobierno. Entonces la mayoría de los que mandaban se apoderó para su provecho personal de los bienes y propiedades del Estado y de muchos particulares que habían sido confiscados y expropiados por el poder revolucionario. Y la justificación amoral que dio uno de los comandantes de la revolución fue que quienes se habían sacrificado en la guerrilla y la insurrección, y sufrieron penurias en la clandestinidad, no podían bajar del poder en bicicleta, o sea igual de pobres que como subieron. Y ocurrió así el espeluznante saqueo del patrimonio estatal que fue conocido como piñata sandinista, un escandaloso acto colectivo de corrupción que trascendió internacionalmente, abochornó a los sandinistas decentes y causó vergüenza ajena a muchos revolucionarios de todo el mundo.
Difícilmente se puede encontrar en la historia nacional otro caso de corrupción masiva perpetrada al amparo del poder político, como aquella piñata sandinista cuyo inmenso costo todavía se está pagando con fondos del Presupuesto Nacional, o sea con los impuestos de todos los nicaragüenses y de los extranjeros que invierten y hacen negocios en Nicaragua. Cabe señalar al respecto que sólo en este año se han erogado del Presupuesto Nacional más de 100 millones de dólares para amortizar la piñata sandinista, y que más o menos esa misma cantidad se ha venido abonando durante cada uno de los últimos 18 años.
Pero si la corrupción gubernamental fue un problema secundario durante la dictadura de la revolución sandinista de los años ochenta, y una excepción desmesurada después que el FSLN perdió las elecciones del 25 de febrero de 1990, ahora es el rasgo principal o el segundo más importante del régimen orteguista. Inclusive, a juzgar por las investigaciones del periodismo independiente y de organismos de la sociedad civil especializados en transparencia, en materia de corrupción el régimen orteguista ha aventajado o está superando al gobierno de Arnoldo Alemán, lo cual es bastante decir.
“La corrupción es un mal endémico en Nicaragua. Ha sido una constante que los gobiernos, durante dos siglos de vida republicana, han considerado al Estado como un botín al cual tienen derecho por haber sido seleccionados como gobernantes”, se dijo en un diagnóstico de la corrupción auspiciado por gobiernos europeos cooperantes con Nicaragua. En ese diagnóstico, que se presentó en noviembre del año pasado durante un seminario en el que participó el embajador de Noruega en Managua, se señaló también que: “La rendición de cuentas y el control social hasta ahora no han sido vistos como características normales de una relación regular entre Estado y sociedad. La sociedad nicaragüense, por el contrario, ha asumido y tolerado las prácticas corruptas en su devenir histórico”.
Ese diagnóstico debió haber hecho sonar las alarmas en la opinión pública y avergonzar a la clase política de Nicaragua, pues tan grave como la misma corrupción gubernamental son la indiferencia social y la falta de comprensión que los ciudadanos tienen acerca del tremendo daño que este cáncer político causa a la sociedad que lo tolera por cualquier motivo. En realidad, aunque la corrupción se origine en la misma naturaleza humana y sea crónica en Nicaragua, lo peor que se puede hacer es resignarse ante ella y guardar cómplice silencio.
Es cierto que, como dicen los expertos en transparencia, siempre habrá algo de corrupción a pesar de todas las medidas que se apliquen contra ella. Pero si no se le combate, crecerá monstruosamente y sumirá a la sociedad en un estado de extrema degradación. Una penosa y humillante situación en la que está cayendo Nicaragua bajo el régimen orteguista, que es tan autocrático como corrupto.
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