Hoy 29 de junio se celebra el Día del Maestro nicaragüense, en memoria del gran patricio de la docencia Emmanuel Mongalo y Rubio. Es un acto de justicia que nos atañe a todos: reconocer en un educador los muchos atributos que le asisten, y tener siempre presente que es muy poco lo que damos a beneficio de este apóstol, que no se da receso en su cotidiana labor de edificar sobre bases seguras una sociedad donde el hombre aprenda a distinguir lo bueno de lo malo, y a perfilarse como una persona útil al medio en que se desenvuelve.
Al maestro hay que darle el lugar que se tiene ganado. Es necesario motivarlo; hacerle sentir lo mucho que significa, y no caer en la necia adulación de expresar lo que no sentimos. El maestro es un personaje indispensable; por eso hay que valorarlo y exaltar su figura que es tan luminosa como un astro que se enciende en el firmamento. Pero un pedagogo, es decir un maestro, no puede considerarse realizado si las injusticias siguen medrando en esta República ¿Acaso no es “injusticia” el impúdico salario que se le otorga mensualmente? El maestro no es un pordiosero para que se le dé una limosna; es una persona con dignidad y sus derechos se merecen toda la consideración de cada persona y de toda la sociedad.
¿A qué obedece tanto menosprecio por el maestro, si como arquitecto de la enseñanza contribuye a edificar una Nicaragua optimista, y sonriente, y no una República de hombres frustrados que no pueden descubrirse ellos mismos para conocerse mejor? Mientras un maestro, después de una agotadora jornada intelectual, regresa a su casa para hacer en la quietud familiar los planes de trabajo para el día siguiente por el mismo salario, un delegado de oficina, llámese como se llame, sin mayores merecimientos y sin más opción que una “recomendación politiquera” se da el lujo de lucir por las calles en horas inhábiles de trabajo el vehículo asignado a sus funciones. Con privilegios como éste se ponen en evidencia las enormes desigualdades que hay en esta sociedad enferma en la que seguimos viviendo, cuyos males crónicos, por la forma que se presentan, parecen no extinguirse. Y esto se debe a que en nuestro sistema de vida la cultura es subestimada, y por consiguiente la inversión o la ausencia de valores cada día toman fuerzas indetenibles.
¿Por qué en nuestro medio se vuelve factible esta situación de asedio al maestro, si es un constructor de la cultura? ¿Por qué no se le reconoce la dignidad que esa misma cultura le debe tener deparada? El maestro no es un objeto; es una persona a la cual se le tienen que tomar en cuenta sus derechos. La sociedad no puede seguir viendo al maestro como un objeto de consumo, como si fuera una mercancía.
Abramos en nosotros espacios de justicia para darle al maestro lo que se tiene ganado con indudable justificación, reconocerlo como apóstol de la enseñanza y parte medular de la Patria, de la Nicaragua que fija sus esperanzas en un futuro mejor en el que la razón y los buenos sentimientos que aprendamos a tener por los demás sean la brújula que oriente el esfuerzo de limar asperezas. Estamos a tiempo de alcanzar la madurez cívica indispensable. Nunca es tarde en la vida para aprender de ella y crecer aprovechando sus lúcidas enseñanzas.
El autor es periodista de Somoto
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