Este fin de semana se cumplirán veinte años del fin de la desmovilización de la Resistencia Nicaragüense, simbolizada con la entrega que el Comandante Franklin le hizo de su fusil y su sombrero a doña Violeta de Chamorro, la Presidenta de la Paz, en el atrio de la parroquia de San Pedro de Lóvago.
La desmovilización tuvo un tímido origen en el Acuerdo de Sapoá con el gobierno sandinista, en 1988, cuando se acordó un precario cese de fuego. Pero fueron las elecciones libres de febrero de 1990 las que hicieron posible la pacificación en Nicaragua.
El recién electo gobierno de doña Violeta no perdió tiempo. Antes que transcurrieran 30 días de su victoria electoral se movilizó a Honduras a promover el “Acuerdo de Toncontín” con la Resistencia, y acordó el “Protocolo de Transición” con el gobierno saliente del FSLN.
Las elecciones permitieron la firma de estos dos importantísimos acuerdos que abrieron la puerta a la paz firme y duradera. Sin elecciones libres todo hubiera seguido igual.
El Protocolo tuvo como propósito asegurar el traspaso pacífico y ordenado del poder a las nuevas autoridades electas por el pueblo. Fue esencialmente un reconocimiento por ambas partes, ganadores y perdedores, que en Nicaragua había habido un proceso electoral limpio, con resultados que ambas partes aceptábamos, en un país regido por una Constitución y unas leyes al amparo de las cuales se había realizado el proceso electoral.
Nunca antes en Nicaragua un gobierno autocrático, producto de una revolución armada, había entregado el poder a otro contrario en sus concepciones ideológicas y programáticas, sin ejército ni fuerzas de choque, únicamente respaldado por el voto mayoritario de la ciudadanía. Lograr ese paso era fundamental para iniciar el camino de la reconstrucción del país y del establecimiento de la democracia.
Es más, nunca antes en la historia del mundo un gobierno militarista y pro-soviético había sido desalojado del poder mediante el voto. Entre febrero y abril de 1990 Nicaragua escribió páginas inéditas en la historia de la humanidad.
El Frente Sandinista violentó su firma en dicho Protocolo pocos días después al legislar las conocidas leyes de “la piñata”, causándole un inmenso daño al Estado de derecho, a la confianza en la transición y a las posibilidades de recuperación económica del país.
Sin embargo, el Protocolo, en conjunto con el “Acuerdo de Toncontín” permitió terminar con la guerra civil, y posibilitó la toma de posesión de un gobierno que estableció la democracia y las libertades públicas, puso fin a la debacle económica de los años ochenta, y colocó a Nicaragua en el camino de su reconstrucción. De allí también nació el Ejército de Nicaragua que hoy tenemos, independizado del partido sandinista.
En esencia, fueron dos acuerdos que contribuyeron a la construcción de la democracia y a la reconstrucción de la economía a partir de 1990.
Sin embargo, es justo y muy oportuno reconocer que este avance en materia de pacificación y democratización fue facilitado por la actitud patriótica con que la Resistencia actuó durante todo su proceso formal de desmovilización, desde inicios de mayo en El Almendro hasta ese 27 de junio en San Pedro de Lóvago.
En aquellas semanas la Resistencia demostró generosidad, valentía y confianza en el futuro, donde lo único que tenía frente a un Ejército Popular Sandinista armado de pies a cabeza era la palabra del presidente recién electo libremente por el pueblo, doña Violeta de Chamorro, que aquí había llegado la hora de la democracia.
Esa actitud de la Resistencia debe ser hoy ejemplo para todos los nicaragüenses que queremos encontrar una salida al hundimiento institucional y al estancamiento general en que nos sentimos atrapados.
El gran reto que tenemos por delante es el desarrollo del país. Mientras China, India, Brasil y gran parte del mundo avanzan con paso firme, aquí seguimos en discusiones sobre quién debe mandar.
El desarrollo lo lograremos una vez alcancemos un mínimo de unidad nacional y amplio consenso alrededor de un Proyecto de Nación con líderes que tengan legitimidad y generen confianza en la ciudadanía.
Al Presidente le corresponde “organizar el Gobierno, dirigir la economía y las relaciones internacionales”, y proponer al menos un esbozo de Proyecto Nacional. Tiene que ver al futuro con responsabilidad, y debe hacerlo con generosidad y patriotismo, y pronto. Venezuela no va a estar siempre allí.
Si la Contra hubiese actuado hace veinte años sólo en función de sus propios intereses, jamás hubiera habido paz, tampoco democracia, ni desarrollo económico ni más escuelas, ni Ejército de Nicaragua. Cada ejército se hubiera atrincherado y nada hubiera cambiado.
Urge pues retomar el espíritu de San Pedro de Lóvago de cara al 2011. Las elecciones deben ser un salto hacia la unidad nacional, un concurso democrático sobre el liderazgo que mejor generará el desarrollo en torno al Proyecto de Nación previamente consensuado.
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