Este próximo domingo, 27 de junio de 2010, se conmemora el 20 aniversario de la desmovilización y desarme de la Resistencia Nicaragüense. Se trata, sin duda, de un aniversario tan importante como el del triunfo electoral de la Unión Nacional Opositora (UNO) sobre el FSLN, el 25 de febrero de 1990, y de la toma de posesión presidencial de doña Violeta Barrios de Chamorro, el 25 de abril de aquel mismo año memorable. Sin embargo, a la desmovilización y desarme de la Contra y, por lo tanto, al aniversario de aquel hecho trascendental no se le reconoce la misma importancia, lo cual es una gran injusticia histórica.
La desmovilización y desarme de las fuerzas contrarrevolucionarias, que durante ocho años libraron una tenaz y heroica lucha armada contra el régimen totalitario del FSLN, no ocurrió de una sola vez y sólo en un día. Por el contrario, fue todo un proceso que comenzó inmediatamente después del triunfo electoral de la UNO y doña Violeta, ya que la primera prioridad del nuevo gobierno, desde antes de tomar posesión, era poner fin a la guerra civil y establecer una paz duradera en Nicaragua. De manera que el proceso de desmovilización de la Contra se desarrolló poco a poco en los meses siguientes a febrero, hasta culminar el 27 de junio de 1990.
Aquel día para la historia, o sea el 27 de junio de 1990, en el atrio del templo católico de San Pedro de Lóvago (ciudad a la que desde entonces se le llama merecidamente Capital de la Paz), en un acto político solemne presidido por la presidenta Barrios de Chamorro se concluyó el proceso de desmovilización y desarme de la Resistencia Nicaragüense, mediante el cual 21,683 combatientes contrarrevolucionarios hicieron un compromiso con la paz a cambio de la libertad y la democracia, entregaron sus armas y se reinsertaron a la vida civil. Mientras que, por el otro lado, el Ejército Popular Sandinista (EPS) se reducía de 96 mil miembros reconocidos oficialmente a más o menos la mitad en junio de 1990 y 17 mil algún tiempo después.
Posteriormente, según denuncias de los mismos antiguos contras, a muchos de ellos no les cumplieron las promesas socioeconómicas que les hicieron para su desmovilización y desarme. Sólo algunos de los antiguos líderes contrarrevolucionarios se beneficiaron con los réditos de la tensa paz nacional que siguió a la guerra civil; y lo peor fue que grupos de ellos se alinearon con sus antiguos enemigos, a pesar de que descaradamente éstos siguen atropellando la libertad y la democracia, atentando contra los objetivos, los ideales, los principios y los valores por los cuales miles de combatientes de la Contra lucharon heroicamente y muchos de ellos ofrendaron hasta sus vidas.
A estas alturas del tiempo, veinte años después de aquellos acontecimientos que marcaron el fin de una época de la historia nacional, y el comienzo de otra, es justo y necesario reconocer que, aunque la terminación de la dictadura sandinista se logró finalmente por la vía pacífica electoral, eso no hubiera sido posible sin la lucha armada de la Resistencia Nicaragüense. Ciertamente, a pesar de que la contrarrevolución armada no derrotó militarmente a la dictadura del FSLN, sin ella no se hubiera podido obligar al régimen totalitario a aceptar la mediación política de la ONU, la OEA y los presidentes centroamericanos con los Acuerdos de Esquipulas, lo cual, junto con la resistencia pacífica de las fuerzas políticas democrática internas, facilitó las elecciones básicamente libres del 25 de febrero de 1990.
Lamentablemente, el modo de vida en libertad y el sistema de gobierno democrático que se estableció en Nicaragua a partir de 1990, gracias a la lucha armada de la Contra, a la resistencia política pacífica de los demócratas nicaragüenses y al apoyo de la comunidad democrática internacional, se perdió a principios de 2006 por la corrupción, la codicia, el pactismo y la traición de algunos líderes políticos a los ideales, principios y valores democráticos.
De manera que, después de tanto sacrificio y sangre de hermanos derramada, de nuevo hay que resistir y luchar, ahora contra el régimen dictatorial que se está instaurando en Nicaragua, que en realidad es otra versión de la misma dictadura que ilusamente muchos creían derrotada para siempre, la cual se está restaurando con otros métodos y una máscara distinta.
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