El mercado electoral colombiano asciende a 30 millones de votantes, pero en la primera vuelta de las elecciones hubo más de un 50 por ciento de abstencionismo. Por ello el 46.5 por ciento que sacó Juan Manuel Santos se convertiría en un 23 por ciento del total de electores, y el 21.5 por ciento de Mockus en más del 10.5 por ciento.
Los que votaron a Santos lo hicieron por la continuidad del uribismo, básicamente resumida en los golpes demoledores a las FARC y el crecimiento y estabilidad económica de los últimos años. En contraposición, los seguidores de Mockus sufragaron por un cambio radical en la forma de hacer política.
La etapa posterior de las alianzas favoreció arrolladoramente a Juan Manuel Santos, que recibió el respaldo de estructuras políticas consolidadas que lo adversaron en la primera vuelta. El único partido de izquierda, Polo Democrático, ofreció su apoyo a Mockus para la segunda vuelta, pero el candidato descartó cualquier alianza que no fuera únicamente con los ciudadanos (el 51 por ciento, o quince millones, de los que se abstuvieron en la primera vuelta). Mockus era el artífice de una estrategia de hacer política sin políticos, desafiando al sistema electoral y formulando un nuevo prototipo de participación ciudadana.
Aunque en un contexto completamente distinto, también en Nicaragua hay sectores importantes de la sociedad civil que reniegan de los políticos por su mala imagen bien ganada. Para ellos la clase política es responsable de la crisis generalizada de gobernabilidad y del atraso económico. En consecuencia, es posible que deseen explorar nuevas fórmulas electorales.
Si bien es cierto que en nuestra clase política pululan las sabandijas, también es innegable que existen políticos de mucho valor y que en todos los partidos hay gente honesta, patriota y esencialmente democrática, que podrían garantizar un futuro promisorio para el país.
Es un axioma que en nuestras condiciones actuales no pueda llegar muy lejos, cualquier proposición que no se apoye en las estructuras partidarias. El concepto de ciudadanía en Nicaragua carece del contenido que el mismo tiene en sociedades avanzadas, por lo que los partidos juegan el papel de intermediarios entre el votante y el proceso electoral. El individuo aislado no puede elaborar un catálogo de alternativas a la crisis generalizada y pensar que con ello van a cambiar las cosas. Aprovechándose de eso, los partidos o los caudillos interpretan y ofrecen soluciones simples a los problemas indispensables que aquejan al país, aunque algunos no cumplan sus promesas. Probablemente el camino más acertado, pero al mismo tiempo más espinoso para los electores, sea canalizar las demandas sociales y políticas a través de los partidos, tanto de los existentes como los que eventualmente surjan para responder a sus expectativas.
Para bien o para mal, las maquinarias de los partidos son las que inclinan el voto para uno u otro candidato. Por ello habría que preguntarse seria y responsablemente si se puede hacer política sin los políticos. Colombia es un ejemplo significativo.
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