La vida de Santo Tomás Moro fue una preparación para enfrentarse a dos poderes: el poder temporal y el amor de Dios.
En su juventud enfrentó el dilema de servir mejor a Dios siendo monje o seglar. Escogió este último camino, sin perder nunca de vista la vida eterna, ya que prefirió en palabras de Erasmo de Rotterdam ser “un marido casto y no un sacerdote tibio”.
Después de muchos logros intelectuales y administrativos, brillaba como una figura prominente del renacimiento inglés, consciente, junto a su amigo íntimo, Erasmo, de las tormentas que se avecinaban sobre la cristiandad.
Nombrado Canciller de Inglaterra por Enrique VIII, en ese momento ejemplo del príncipe cristiano renacentista, More no se hizo ilusiones, ni se mareó con el poder. Aceptó porque es deber de todo cristiano, y un acto crucial de caridad, buscar el bien común participando en política y lograr que “la paz y la justicia se abracen y se besen”. More siguió practicando la asistencia diaria a misa, el ayuno, la oración, la caridad, la educación de su familia y la mortificación, aún teniendo poder y llevando en su atuendo todos sus símbolos.
El cuadro famoso de Holbein, en la cima del poder, muestra a Moro calmo e inescrutable, en su ajuar de Lord Canciller, pero bajo su túnica llevaba siempre un cilicio, recordándole su mortalidad y su fe. Moro se preparó toda su vida para la prueba final, a la cual nos enfrentaremos todos.
Ante el deseo de Enrique VIII de anular su matrimonio con Catalina de Aragón, Moro actuó al inicio con prudencia, sin buscar una confrontación innecesaria. Prudencia que es siempre una virtud indispensable para poder ver la realidad objetivamente y no conforme a nuestras tentaciones y ambiciones.
No fue sino hasta que el Rey, ambicioso y apasionado, decidió proclamarse cabeza de la Iglesia en Inglaterra de manera absolutista que Moro se separó de su cargo, ya que agudizaba el conflicto entre fe, conciencia y poder.
No tuvo duda alguna que al hacerlo comenzaría un largo calvario que terminaría con su muerte. El poderoso rey no podría tolerar que alguien de tanto prestigio no se plegara a sus deseos y no firmara el acta de sucesión que “legitimaría” los caprichos del monarca, al que todos, incluyendo tristemente la mayor parte del clero inglés, con algunas gloriosas excepciones como San Juan Fisher, se plegaron, mostrando que amaban más el poder y las riquezas que a Dios y al prójimo.
La hora de Santo Tomás Moro, sólo frente al poder y ante Dios, es el dilema de todo político y de todo ciudadano, particularmente en nuestros tiempos porque también es la hora de escoger entre la condenación y la salvación eterna.
Encarcelado, después de un juicio con jueces corruptos y con falsos testimonios, More fue condenado a ser decapitado. Antes había recibido múltiples ofertas para vender su conciencia. Al fin y al cabo alegaban los emisarios del rey, y algunos de sus familiares y amigos, se trataba sólo de una simple firma ante un hecho consumado.
En la valentía de More hay dos actos fundamentales: Uno, de fe y obediencia y el otro de la afirmación uno de los regalos más grandes de Dios, la libertad humana. Al no ceder al deseo del rey por ser una injusticia, More mantuvo su fidelidad a su fe y al sufrir todas las consecuencias de dicha fidelidad obedeció a su conciencia, la libertad ultima del ser humano.
Hoy, como hace 475 años, el ejemplo de Santo Tomás More, patrono de políticos y gobernantes sigue siendo válido. Roguemos por todos aquéllos que cargan encima la responsabilidad de llevar a cabo con honestidad la conducción política de nuestro pueblo.
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