“Sus pequeños llevan adornos de diamantes con orgullo y las cadenas de sus prisioneros son de oro. Se contentan con una sola pieza de ropa cada dos años…”, la cita es de Utopía (1516) de Thomas More, obra que ha provocado incontables debates acerca de la verdadera intención de su autor. Es difícil pensar que More, un humanista cristiano con un gran sentido de humor, creyera realmente que Inglaterra debería de adoptar las prácticas utopianas. Al menos, su actitud práctica hacia la educación era radicalmente diferente a la de los utopianos que prescribían entrenamiento militar obligatorio a tiempo completo y conferencias opcionales por la mañana. Erasmo, el gran humanista y amigo de More, se refiere a la casa de éste como “la academia”, un espacio dedicado al estudio de los clásicos en familia.
La carrera política de More despegó para convertirse, con muchas reservas, en Canciller de Enrique VIII, siguiendo su propio consejo de “si no se puede erradicar por completo las ideas erróneas, o ganar toda la lucha contra vicios inveterados, tan efectivamente como uno desearía, ésas no son razones para dar la espalda completamente a la vida pública” y también porque “lo que no puedes volver bueno, tienes que hacerlo lo menos malo que puedas”. Es decir que cuando se trata de hacer un bien no hay que esperar a ser perfectos, ni las circunstancias ideales.
Un personaje en Utopía sugiere, que un monarca dividido entre dos reinos no puede concentrarse en ninguno. More elabora sobre cómo creamos nuestras propias divisiones y limitaciones mentales, permitiendo que otros nos induzcan al error y deshonestidad, al aceptar dos clases de moral: una de ellas estricta para la gente común que la mantiene atada, para que no pueda saltar vallas. La otra moral, reservada a los reyes, totalmente laxa para hacer lo que les dé la gana. La aceptación de este doble estándar relativiza la ética y nos divide mental y espiritualmente y nos lleva a la aceptación pasiva de lo que sucede.
Sin carácter y sin pensamiento crítico vamos a la deriva. More satiriza a la persona “que se adhiere estrictamente a una creencia sin razonamiento”. De hecho, lo frustrante en los utopistas es su certeza, su fe ciega de que su sistema es el mejor. Una rigidez de pensamiento, no sustentada en la fe o el racionalismo, sino en mera tradición “así ha sido siempre” y en la complacencia con la voluntad del poderoso.
Para muchos de los que leen este artículo en el periódico o en una computadora, la educación es utopía (“ningún lugar”), ya que no está ligada a un aula, tenemos una biblioteca infinita ante nosotros, una fiesta de experiencias. La realidad es que es difícil aprender en condiciones adversas, sin acceso a libros y sin maestros dedicados. Existe una brecha discordante entre los que valores que proclamamos y lo que invertimos en educación y ejemplificamos.
La razón de los niños utopianos de usar diamantes es que su sociedad no valora las joyas ni el oro. “Al principio, los niños se sienten enormemente orgullosos de la joyas – hasta que son lo suficientemente grandes para darse cuenta que sólo se usan en las guarderías infantiles. Entonces, sin necesidad de que lo digan sus padres, sino meramente como una cuestión de autoestima, las abandonan”. Un poderoso recordatorio de que estamos aquí sólo temporalmente, de cara a la eternidad, y que periódicamente debemos evaluar nuestras actuaciones.
En última instancia, la lección de More es el deber de pensar por uno mismo, sin perpetuar el afán de tener, sino el de ser. Para lograr esto hay que rechazar una concepción de la educación basada en memorizar, sino en aprender a pensar y actuar congruentemente, mediante la formación del carácter y la conformación a la Verdad, más allá del espíritu de los tiempos o de los vientos políticos del momento. Esto implica un gran riesgo, More podría haber ejercido maquiavélicamente el poder, sometido a arbitrariedades, y a una moral laxa, con tal de congraciarse con el Rey, pero centrado en su fe cristiana escogió vivir y morir como “Siervo del rey, pero primero siervo de Dios”. Más que una filosofía, su legado educativo es su propia existencia: la coherencia entre valores, fe y vida.
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