Entre las muchas represiones que se nos han impuesto a los nicaragüenses está la de no hablar de la Gesta Heroica de la Resistencia Nicaragüense, que precisamente celebramos con júbilo en este mes de junio, en que encontramos en la opinión pública nacional sólo tímidas referencias al episodio de su “desarme” ocurrido el 27 de junio de 1989. Hace veinte años.
En agosto de 1980 la ciudadanía de Bluefields se sublevó en contra de la presencia de los agentes del proconsulado castrista que pretendían organizar los CDS y la indoctrinación antidemocrática. Les siguieron las comunidades miskitas que ya para esa época venían soportando la persecución por parte de los gamonales sandinistas destacados en la región, con la misión de castigar al “somocismo” y erradicar a los colaboradores.
Según la doctrina no podía haber revolución sin contrarrevolución; y había que fabricarla aunque tuvieran que forzar la dialéctica de la situación, pues sólo así se podían generar las condiciones objetivas para instaurar la “dictadura del proletariado”. El inicio de la colectivización de la agricultura, la incorporación forzada a las cooperativas y granjas estatales, las restricciones al comercio interior, la creación del servicio militar obligatorio, las confiscaciones de las tierras y las cosechas, provocó la alienación de grandes contingentes de campesinos que por ser hombres y mujeres de la frontera agrícola habían generado una cultura de libertad y de empresarialidad, muy propia de su condición. A ellos el sandinismo sólo les ofrecía el regreso a la servidumbre, al yugo del comandante.
En 1983, muchos campesinos nicaragüenses empezaron a votar con los pies dirigiéndose hacia Honduras y Costa Rica, aprovechando las redes de subsistencia de los clanes familiares que trascienden las fronteras nacionales. En el norte se produjo la confluencia de los sectores campesinos con grupos de la Guardia Nacional de Somoza, que merodeaban en la frontera y que luego serían apoyados por el Gobierno de EE.UU. En el sur, disidentes del sandinismo organizaron también a los campesinos en diversos intentos fallidos de articular un frente de lucha que fue sistemáticamente saboteado. Y en Managua y la Habana ¡Qué nostalgia de Beria, y de Molotov! ¡Qué desgracia que no había en Nicaragua un “General Invierno” que con sus 30º bajo cero y la hambruna provocada, les aniquilara a todos!
Sin embargo, a pesar de la superioridad numérica, de la introducción de los helicópteros MI29 y la mortífera chatarra de guerra soviética, de los agentes de la Stasi, de las cábulas de Arnaldo Ochoa y de Andrés Barahona (alias “Renán Montero”) la Resistencia Nicaragüense conformada en 1988 por más de ochenta mil campesinos, la fuerza guerrillera más grande de América, se enfrentó militarmente con las Fuerzas del Ejército Popular Sandinista apoyado por el Bloque Soviético y les derrotó consistentemente en ocho años de lucha sin cuartel.
“Se secarán lo siete mares y se devolverán los ríos antes que negociemos con la Contra” había sentenciado Tomás Borge en 1987, pero a pesar de soportar con denuedo las consecuencias inhumanas de las movilizaciones de la población campesina hacia las “aldeas estratégicas”, de los bombardeos devastadores de sus campamentos, de las minas sembradas a granel por los caminos, la destrucción de las cosechas, el incendio de los poblados, del asalto fallido a sus refugios, del asesinato y de la cárcel donde se pudrían ¨más de diez mil prisioneros políticos, la Resistencia obligó a los sandinistas a negociar la paz. Y debe de quedar claro que fue sólo esta gesta heroica la que logró abrir una posibilidad de paz para el pueblo nicaragüense. Fue de las acciones de la Resistencia que surgieron las negociaciones de Sapoá y el Plan de Esquipulas en 1988, que culminaron con el triunfo electoral de las fuerzas democráticas en Nicaragua en 1989.
La Resistencia Nicaragüense no estuvo sola, su lucha fue un aporte fundamental para derrumbe del totalitarismo mundial que se inició con solidaridad en Polonia y culminó con la caída estrepitosa del Muro de Berlín, y la disolución de la URSS y sus gobiernos satélites en el este de Europa en 1990. Éste fue el momento más luminoso de la democracia y de la libertad en el siglo XX. A este momento contribuyeron la sangre, el sudor y las lágrimas del campesinado nicaragüense en aquella hora suprema.
La gesta heroica de la Resistencia Nicaragüense, que el 27 de este mes conmemoramos, se agranda aún más, en contraste con la abyección de la clase política nacional y el abandono de sus aliados internacionales que una vez en el poder la traicionaron y la entregaron al verdugo.
Ver en la versión impresa las páginas: 13 A