El PLC y el FSLN tienen en común la falta de competencia interna en sus escogencias de candidatos para cargos de elección popular. Ni en el PLC se perfila algún aspirante dispuesto a competir con Arnoldo Alemán, ni en el FSLN quien se atreva a lanzar su candidatura frente a la de Ortega.
¿Por qué este fenómeno? ¿Será que no existen dentro de sus amplias filas candidatos presidenciables, capaces de competir con los méritos y el carisma de Arnoldo Alemán o Daniel Ortega? ¿Por qué en el PLC personas sin “cola”, en el sentido de carecer de antecedentes delictivos, preparadas y talentosas, y que no han vendido a su partido en pactos ruinosos, como podrían ser Francisco Aguirre Sacasa, José Antonio Alvarado y José Rizo, no osan competir con un líder cuyo prestigio debería estar por los suelos? ¿Por qué en el FSLN, líderes con arrastre como Nicho Marenco o Herty Lewites, no pudieron competir internamente con Ortega?
El fenómeno no es producto de las virtudes excepcionales de sus líderes máximos, sino de la falta de democracia interna, típica de la tradición partidaria nicaragüense. En países con fuerte tradición democrática, los partidos políticos suelen tener numerosos líderes que se disputan vigorosamente las distintas candidaturas. En Norteamérica, por ejemplo, las primarias de sus partidos tienen ese ingrediente fascinante del frescor y la sorpresa que da la verdadera democracia. ¿Quién será el candidato de los republicanos en la próxima campaña? A estas alturas es casi imposible saberlo. De lo que podemos estar seguros es que nadie es dueño de los partidos estadounidenses y que serán sus masas de afiliados, no sus ex presidentes o patriarcas, quienes escogerán a sus futuros representantes. Los ex presidentes, siguiendo la honrosa tradición de George Washington, se retiran a sus casas y ceden el liderazgo del partido a gente nueva o distinta. Esta renovación de los liderazgos es manifestación de salud y vitalidad democrática.
La presencia de un solo candidato, aunque puede darse en circunstancias históricas muy excepcionales, es normalmente señal de autoritarismo, rigidez, y sumisión servil. Mientras en los partidos participativos y abiertos hay una multiplicidad y riqueza de talentos que compiten continuamente, en los partidos autoritarios brilla, solitario, el líder único. Los demás quedan reducidos al rol de comparsas obsequiosas. El caudillo controla todo a través de prebendas, favores, dependencias y temores; con maestría inigualable maneja la política del dedazo, nombrando, abiertamente o tras bambalinas, desde convencionales del partido hasta sus candidatos para cargos públicos. Esto pervierte totalmente el principio democrático de la representatividad. Los aspirantes a ser nominados, en lugar de tratar de ganarse a pulso el respaldo de sus respectivas circunscripciones geográficas, ponen todo su esfuerzo en obtener el favor del caudillo. Su mayor desgracia no es perder el favor del pueblo, sino el del jefe máximo. En partidos así el cemento que une la organización no es ya un conjunto de convicciones compartidas sobre cómo administrar el Gobierno, sino las expectativas de recompensas personales. Los militantes se convierten así en rebaño, listos para elegir por aclamación al único competidor. Los demás líderes del partido se apartan, humilde y respetuosamente de la lid, para dejar despejado el camino al candidato único; al hombre supuestamente extraordinario que no admite competencia.
Esta característica recurrente de nuestra sociología política es una de las mayores debilidades de nuestra incipiente democracia. Pues ésta no puede arraigar sin partidos que la practiquen. El caudillo, adueñado del partido, trata después de adueñarse del Estado; coloca sus fichas fieles en los distintos poderes y satisface y amarra a su membresía con puestos públicos y privilegios. Jamás podrá propiciar la democracia a nivel nacional, quien no la practica a nivel de sus propios correligionarios.
Por eso una de las tareas más importantes en la agenda de cambios nacionales es la democratización interna de los partidos políticos. Esto implica, entre otras cosas, la creación de una nueva legislación que norme y exija procesos de selección interna transparentes y abiertos, y que siente las bases para primarias genuinas. También exige la creación de procedimientos de elección de los diputados que aseguren la participación de los electores regionales y que los independicen de la voluntad de los caudillos. Pero, sobre todo, implica también un profundo cambio cultural: habría que pasar de la multitud de militantes, fieles a un líder por lazos personales, tradición, o intereses mezquinos, a militantes fieles a una visión de nación, y por tanto capaces de exigir coherencia en sus dirigentes; implica pasar de la conducta del “sí señor”, a la conducta de “un momento señor”, transitar, del pueblo rebaño, al pueblo pensante que ve, analiza y exige.
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