El tráfico de drogas y de armas, la trata de personas, el lavado de activos, la violencia y el terrorismo, en marco de corrupción, dan forma a variedad de delitos, interconectados entre sí, que ensombrecen la paz y el progreso de América Latina. Varios hechos que no se pueden pasar por alto revelan que la situación está llegando a niveles explosivos.
No de otra manera se puede interpretar los sucesos que dejaron más de medio centenar de muertos e incontables heridos, cuando la capital de Jamaica se convirtió en campo de batalla entre las fuerzas del orden que trataban de capturar a un capo y sus secuaces que pusieron barricadas con alambres de púas en la vía pública para enfrentarse con las armas a los representantes de la ley. Qué otra apreciación puede hacerse si la narcoviolencia en México ha llegado a niveles tales que la vida allí no vale nada, como dice un corrido ampliamente difundido. Triste es la realidad colombiana que tiene en las FARC a su grupo más sanguinario, así como en el Perú Sendero Luminoso o el MRTA, hoy bastante disminuidos gracias a la efectiva acción de las autoridades.
Entre Colombia y México se localiza la mayor ruta de las drogas; allí se desenvuelven principalmente los narcotraficantes de ambas nacionalidades, los más avezados del mundo, unidos a los malandrines nativos de los otros países, a los que enseñan avanzadas técnicas para delinquir. Para darse cuenta de la magnitud y dinamismo de estas redes basta referirse a ese reciente y exitoso operativo efectuado en República Dominicana, donde se decomisó nada menos que 1636 kilos de cocaína. En Guatemala, el cártel de la familia Lorenzana, que se presenta con fachada de benefactores empresarios, se ha infiltrado en las estructuras políticas y hasta policiales, lo que no facilita su captura. Valiente testimonio de la gravitación de este flagelo en Nicaragua es el libro El gran engaño , del uruguayo José A. Friedl Zapata, donde los sandinistas quedan reflejados de cuerpo entero, en su estulticia y doble moral. En Honduras, fue asesinado el propio jefe de la Dirección Nacional de Lucha contra el Narcotráfico, general Julio Arístides González. Las percepciones de El Salvador determinan que hay el riesgo de que esa nación caiga en el mismo camino de México o Colombia; las pandillas se perfilan como brazos armados de los mafiosos. Costa Rica no escapa a esta siniestra onda que incentiva el blanqueo de capitales. En Panamá, el año anterior, la violencia ligada al narcotráfico aumentó en cerca del 25 por ciento, mientras se sigue capturando drogas por toneladas.
Frente a este panorama nada alentador, en que las bases narcodelictivas se están moviendo desde territorios mexicanos y colombianos hacia Centroamérica y el Caribe, leo estas acertadas declaraciones de Arturo Valenzuela, secretario de Estado adjunto de los Estados Unidos para América Latina: “Solamente a través de la cooperación y la responsabilidad compartida se responderá exitosamente a los desafíos de seguridad que se enfrenta; son objetivos comunes derrotar al crimen que amenaza a toda la región”.
En vista del enorme poderío que les proporciona a los narcos los caudalosos dineros turbios que manejan y los escasos recursos de los países en vías de desarrollo, es primordial el recíproco apoyo de los países para combatir al narcotráfico y sus crímenes conexos. No brindar esta mutua e indispensable colaboración beneficia a los mafiosos y sus defensores, en desmedro de los pueblos latinoamericanos y caribeños.
El autor es periodista y escritor ecuatoriano
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