El pueblo es una colectividad. Por tanto es disforme. No tiene rostro propio. Carece de lenguaje individual. Sin aprensión lo afirmo: es un conjunto donde varían las características sociales, políticas, culturales, económicas. Siendo distinto cada uno de sus miembros ¿estará en capacidad de manifestar “una justa ira”? Se puede bañar y bañarse de fulminantes un grupo, más no su formación global.
Lo cierto es que no hay nada más manipulable que su nombre desde siglos atrás. Emperadores, reyes, presidentes —cualquier titularidad que ostente el nivel más alto del poder— lo usa para adecuarlo a sus intereses de mando, a sus perspectivas personales como instrumento para llenar de agua sus molinos. Lastimosamente el calificativo, burbujeante en la jerigonza despectiva, ha sido siempre el lucro de una práctica que se vuelve cíclica según las circunstancias.
Dentro del desprecio, “las altas esferas”, ésas que momentáneamente muestran su soberbia desde el poder —¿cuándo éste llegará a ser bien aplicado, bien interpretado?— la palabra pueblo hasta los santos ilustres la identifican con la rudeza, con la tosquedad, con el salvajismo. ¿Qué quiso decir el presidente de la Asamblea Nacional? Que el pueblo con su “justa ira” se volvió salvaje. Le adjudicó una irracionalidad inexistente. No hace poco —el tema sigue en la actualidad— una funcionaria dijo que los agresores de un estudiante universitario eran “los muchachos del porvenir”. Evidente insulto a este segmento de la sociedad. Las pifias orales están “a la orden del día”, porque hay crisis de valores en las crestas.
Las autoridades públicas desde su tribuna no tienen el concepto de nobleza de la palabra pueblo, porque preclaros son sólo ellos, ellos los beneficiarios de la pobreza de la muchedumbre, porque si ésta deja de existir no habrá más argumentos para justificar la alegre manía de estar en el poder.
Se ha dado a entender que el término pueblo inspira la tesis. Pueblo igual a ira. Y de la atroz porque, no llevando esa reacción ninguna proporción de dulzura, conduce siempre a una ordinaria conclusión.
Thomas Mann, a quien tanto admiro como escritor, esta vez no se inclinó por la ficción. En este párrafo es implacablemente real: “Cuántas cosas no han ocurrido en nombre del pueblo, qué no pudieron ocurrir en nombre de Dios, de la humanidad o del derecho. El pueblo sigue siendo siempre pueblo en una zona de su ser, la arcaica o primitiva”.
Hay un círculo donde se le reduce a un significado más despreciable todavía. Es masa. Y la masa no piensa: se junta para corear la consigna impuesta.
Debe decirse con el argumento del dolor que la mayoría de las instituciones están minadas por el garrote. Ni el culto techo universitario está exento de su rito destructivo. Y quién sabe si su hélice volará también por el cielo de los templos. Pero —y en ello debe haber categórico deslinde— esa arma no es el símbolo de la irritación del alma popular, porque ésta no ha enterrado su dignidad y conoce los recursos apropiados para manifestarse cuando la desventura le resulta irrespirable.
Dentro de la fallida terminología usada en los días recientes en Nicaragua, cabe señalar una excepción: la utilizada por el Vicepresidente de la República en torno a los desmadres. “Ése no es el pueblo, ésos son unos vándalos sin ideología” y otros conceptos alusivos a la triste decadencia. La calificación desde el punto de vista del lenguaje y de la autoridad que lo sostuvo, puso una dosis de luz en la lobreguez…
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