Migdonio Blandón B.

Mayo, el mes de las madres

En mayo comienza el invierno en gran parte del continente americano. Si las lluvias caen con la normalidad esperada, a todos satisface el reverdecer de los campos, el germinar de las semillas y el cambio ambiental, levantando el ánimo a quienes por la deforestación u otras razones han caído en depresión. Así, con el naciente verdor y el avivamiento híbrido, surge en muchos la esperanza de mejores tiempos.

En gran parte de la madre tierra, vestida de refrescante verdor, que es el vivo color de la esperanza, brotan de su fértil seno los nacientes y múltiples retoños, que por la gracia de Dios y disposición suya, si debidamente se cuidan, de su expansivo vientre nace el indispensable alimento para toda la humanidad. Quizá ésa sea la razón de que en muchos países y en fechas distintas de mayo sea ello como un símbolo para la meritoria celebración del Día de la Madre.

Podría ser que por lo mismo, la magnanimidad de la misericordia divina ha permitido las apariciones de la Virgen María también en el mes de mayo, en lugares precisos donde ha sido necesario el avivamiento de la fe cristiana, ya que ella como Madre amantísima ha querido que el cruento sacrificio de su Divino Hijo, que con su redención quiso darnos la salvación, sea fructífero, aboliéndose la miseria integral, producto de ególatras y corruptas desviaciones.

Por tales razones, no es coincidencia que el magisterio de la Iglesia, de manera especial, haya dispuesto un culto especial, también en el mes de mayo, a la Virgen María, que ha sido definida: madre de la Iglesia y madre de la misericordia. Además Madre nuestra por legado de su Divino Hijo al apóstol Juan y a los que, reconociéndonos hijos de Dios con el debido fervor, también a ella la reconocemos como amantísima madre e intercesora nuestra.

En épocas y circunstancias distintas la intercesión de María en sus distintas advocaciones ha sido positiva, tanto o más de como lo fue en las bodas de Canaán. Hay incontables testimonios. Cada uno de los que la veneramos y practicamos la devoción del Rosario, somos testigos auténticos de su misericordia y del sentido maternal que atiende nuestras peticiones.

En nuestra querida y sufrida Nicaragua, que también es madre de los que tuvimos la suerte de haber nacido en esta Tierra, el 30 de mayo, como quien dice, para cerrar el mes con broche de oro, se ha definido como el Día de la Madre. No podíamos quedarnos fuera; y aunque biológicamente madre sólo hay una y es insustituible, Dios nos bendice con otras más. Así tenemos a María, Madre espiritual, la madre tierra y la madre Patria. Con todas ellas tenemos deberes que cumplir, pero… a todas con raras excepciones se les ha fallado.

Vale la pena recapacitar y contribuir retribuyendo positivamente, parte de lo que por generaciones a cada una de ellas por acción u omisión les fallamos. Darles un día o un mes simbólicamente, es una insignificante nimiedad, para los inapreciables regalos que Dios por su medio nos ha dado. Quienes hemos perdido la primera y otros una o dos más, debemos tener entera conciencia que si de su seno ha surgido nuestra existencia, con toda la vida se debe honrar su memoria; y con la bendición de Dios sepamos cumplir tales deberes.


El autor es miembro de Ciudad de Dios y Redemptor Hominis

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