Jeff Jacoby, Boston (AIPE)— Es sorprendente que muchos republicanos y conservadores temen las consecuencias de un gobierno demasiado grande y poderoso, pero al mismo tiempo aplauden la draconiana nueva Ley de Inmigración de Arizona, la cual faculta a la policía local a detener e interrogar a cualquier persona que parezca sospechosa de estar ilegalmente en este país.
Los estadounidenses que ensalzan la ética del trabajo y admiran el espíritu de empresa deben sentirse consternados cuando Arizona prohíbe dar empleo a alguien sin antes constatar algo tan irrelevante como su status migratorio. Y no todos los republicanos aprueban ese estatuto. En Florida, Marco Rubio se ha pronunciado en contra y también Meg Whitman, quien es candidata a gobernadora de California. Otros republicanos críticos son el gobernador de Texas, Rick Perry, el senador Lindsey Graham de Carolina del Sur y Karl Rove, estratega del partido. Pero según la encuesta de Gallup, 75 por ciento de los republicanos están de acuerdo con la nueva ley en Arizona.
Nunca he entendido la histeria antiinmigración. Gente trabajadora que viene a este país a buscar empleo, crear riqueza y buscar un mejor futuro lejos de representar una amenaza aporta un valioso activo a la nación.
Decir que cruzan ilegalmente la frontera sólo plantea una pregunta: ¿por qué es ilegal que cualquier persona venga a Estados Unidos si sus intenciones son pacíficas y no es probable que se convierta en una carga pública o en riesgo para la salud de los demás?
Durante casi toda la historia de nuestro país no hubo límite alguno al número de inmigrantes que podían venir a Estados Unidos. Hubo excepciones: a polígamos y prostitutas se les negó la entrada y tuvimos una ley racista que prohibía los inmigrantes de China, pero casi toda persona que quería vivir aquí podía hacerlo libremente hasta los años 20 del siglo pasado. La gran afluencia de inmigrantes fue una bendición extraordinaria que transformó a Estados Unidos en la más próspera y vibrante nación de innovadores.
Ahora tenemos un problema de inmigración ilegal porque la ley federal hace que inmigrar legalmente sea tan costoso y difícil. Una pared de concreto y alambre de púas en la frontera no resolverá ese problema y tampoco las sanciones punitivas a los empleadores que contratan a extranjeros ilegales. La solución sería facilitar que trabajadores puedan ingresar legalmente.
El senador estatal republicano Russell Pearce, principal patrocinador de la nueva ley en Arizona, afirma que “ilegal es ilegal”. Pero se trata de una ley absurda y contraproducente. En 1955, en Montgomery, Alabama, Rosa Parks violó la ley que imponía la segregación racial en los autobuses públicos. Los de raza negra tenían que sentarse en la parte de atrás y por negarse a ceder su asiento a un pasajero blanco, Rosa Parks fue detenida, le tomaron las huellas dactilares y la multaron.
Un siglo antes, miles de esclavos fueron ayudados a escapar a estados del Norte y al Canadá por quienes apoyaban al nuevo Partido Republicano y aborrecían la esclavitud. Era un delito ayudar a un fugitivo y “la ley” tenía que ser obedecida.
Claro que es importante que se respeten las leyes, pero ellas deben ser respetables y si alguna ley es tonta, perversa y repugnante debe ser resistida y cambiada. Los republicanos y los conservadores deberían estar encabezando la lucha por una reforma migratoria real. Es muy triste que muchos de ellos prefieran luchar más bien contra los inmigrantes.
El autor es columnista del diario Boston Globe.
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