¡Qué difícil es denunciar públicamente el delito de violencia intrafamiliar! ¡Qué difícil! Pero bueno Lo hice . ¡Rompí el silencio! Mi calvario secreto y privado llegó a la esfera pública dentro del contexto de un proceso judicial penal que quise evitar a toda costa y que, tal vez, es el comienzo un nuevo calvario.
¡No quería hacerlo por temor! Primero temía el cómo me afectaría el proceso y el escándalo a mí y a mi familia, y también, por qué no decirlo ¡por protegerlo a él y a sus hijos!
¡Tampoco estoy denunciando a un asaltante desconocido que me dio un machetazo en la calle y me mutiló un brazo! Estoy acusando a un ser a quien amaba profundamente, que era el centro de mi vida, en quien confiaba ciegamente y de quien dependía hasta de mis más básicas necesidades.
¡Ese ser no me rompió de un solo golpe! ¡No! Él fue, en el santuario de nuestro hogar, sistemática y prolongadamente mutilando mi psiquis y mi alma, cual escultor rompiendo la piedra con su cincel esculpiéndome a su antojo. ¡Hoy un golpecito, mañana tal vez ninguno, pasado diez de un solo!
Temía el juicio, y hasta la burla, de una sociedad que estoy consciente, en su mayoría, cree que sólo los golpes físicos constituyen violencia, aun cuando la ciencia determinó por medio de la medicina forense, la realidad de la existencia de las lesiones graves causadas por la violencia psicológica y emocional a que he sido sometida. Una sociedad que además sigue creyendo que estos delitos se deben mantener en la sombra, en el silencio pues “la ropa sucia se lava en casa”.
Temía ser agredida adicionalmente cuando, en su afán por defender lo indefendible, recurra a bajos e infames ataques a mi carácter y a mi honra. Temía poner mi vida privada bajo el escrutinio público y ser destrozada por lenguas viperinas que no escatiman en hacer leña del árbol caído.
Temía enfrentarlo sola porque, aunque el sistema nicaragüense está dotado de algunas herramientas e instituciones para apoyar a las víctimas y hacer responsables a los agresores, aún estamos en pañales en estos temas y nuestro sistema judicial deja mucho que desear.
¡Qué difícil ha sido! ¡Me sentía tan débil e indefensa!
Sin embargo, después de haber sido prácticamente empujada por sus acciones a la denuncia, buscando protección, hoy que he roto el silencio me siento fortalecida y segura.
Esta fortaleza, primero que nada, proviene de mi fe absoluta en mi Dios y mi decisión de someterme a su voluntad y aceptar la realidad. Y en términos terrenales, gracias al valiosísimo apoyo de ángeles encarnados en amistades, familia y en personas de organismos e instituciones como el Cenidh, con su Presidenta doña Vilma Núñez de Escorcia y su equipo, las amigas de los movimientos de mujeres como el MAM, Ixchen y la Red, entre otros, así como la Unidad de Género del Ministerio Público y la Comisaría de la Mujer y la Niñez del Distrito III de la Policía Nacional.
Estoy segura que todos estos temores, y muchos más, no son exclusivos en mí, sino que son los mismos que mantienen silenciadas y sometidas a todas las víctimas de violencia intrafamiliar, en cualquiera de sus formas.
Pero debemos saber que no estamos solas, que aunque falta mucho por hacer, hay leyes, organizaciones e instituciones a las que podemos recurrir y que hay personas deseosas de ayudar a eliminar esta lamentable realidad que se vive en tantos hogares.
Siempre he creído que para que se acabe la violencia y comience la sanación de sus víctimas, el silencio debe ser roto. En el pasado yo misma he exhortado y he animado a otras mujeres a que se atrevan a romperlo, aunque cuando me tocó a mí, no quería ni me atrevía a hacerlo Pero ya lo hice: ¡Ya rompí el silencio! Ojalá y mi testimonio sirva para dar fortaleza a quien la necesite para romper las cadenas de la violencia.
¡Que brille la justicia, que Dios sea mi juez y Él y sus ángeles sean mis invencibles defensores!
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