En el largo camino de la vida del hombre, mayo es el tiempo de la esperanza, el momento cuando cae la lluvia como el maná del cielo y además, el pulso que mide la abundancia de la cosecha.
En su registro histórico se han inscrito fechas que señalan acontecimientos de diferentes sentidos, entre otros, los acaecidos en Chicago, que al conmemorarlos cada año son oportunidad para que los trabajadores demandemos libertad sindical, la cual es un valor sindical universal que trasciende los nacionalismos y las divisiones culturales, un principio al fin, que es universal e invariable a la vez reivindicativo de los derechos humanos, válido para todas las personas, en todo lugar y en toda época.
También en su transcurso se celebran ocasiones de carácter sentimental y religioso, propias del sentimiento humano, por ejemplo: la aparición de la Virgen en Lourdes de Francia, San Isidro Labrador y el Día de la Madre. En el caso particular de los nicaragüenses, mayo es el mes de María, lo cual alimenta la fe y la devoción hacia la Reina de los Cielos y llena una necesidad espiritual en el propósito de la vida y la razón del creyente.
Así nos encontramos con el mes de mayo, un tiempo esperado con mucha ansiedad por su comportamiento único y natural, que no es una arbitraria yuxtaposición de acontecimientos, si no la manifestación ingeniosa emanada con sus leyes naturales o matemáticas del Creador del Universo. La lluvia, los ciclos naturales que abastecen y limpian la biosfera; el aire lleno de vida alojando a las aves, el polen y otras esporas; la campiña olorosa a sacuanjoche y siempre vivas, la pradera con su enjambre de equilibristas colibríes, cenzontles, toledos, alondras, sin faltar la paloma zurea, cuya acompasada melodía en las tardes pálidas y frías o cuando cae la lluvia y las palmeras se mecen cual celestes antorchas al soplo del viento dejando entrever sus áureas cabelleras, provocando que despierten en el alma del trovador la soñada canción de la esperanza.
Es también mayo el tiempo cuando por los senderos infinitos de los campos, trillados por el paso de los siglos, corren inalcanzables a su esdrújulo destino los torrentes; mientras en las ramas del sauce se arrullan excitantes y enamorados, los mirlos y los zorzales que unidos a la cigarra con su plumaje de metal gimen, gorjean y trinan como en un manantial de encanto impregnado de ámbar y azahares. Mayo es el ensueño de las náyades que en la fuente de hipocrénides derramaron el elixir de sus encantos y colmaron de amores el ánfora de sus pasiones.
Finalmente, es el tiempo, para disponer la semilla en el vientre de la tierra y es el mismo cuando el lirio temprano vestido con la luz de la estrella desgrana el albor de su rostro ante el campo que se ha engalanado de azul, igual que el tormentoso mar derrama el cristal de sus perlas revestidas con encajes de diamante.
Mayo es la fuerza que alimenta nuestro ser interior y la ocasión para la comunión con Dios y la naturaleza tan maltratada por nuestra incomprensión, pues olvidamos que debemos preservarla y protegerla ante lo que ella a cambio como el sándalo, vuelve a nosotros perfumada el hacha con la que la hemos herido. Quizás sea el momento para encontrar la coherencia con un espíritu pleno de convicción y de fe, pues cuando nace la comprensión que evidencia la razón de las cosas, se va más allá de las palabras y más allá de todo cuanto somos. Por eso Jesús el Gran Maestro dijo: “Felices los que tienen conciencia de la necesidad del espíritu”.
¡Oh mayo! naturaleza bendita de Dios, déjame tenerte en el espejo de mis ojos, transmigrar tanta belleza a mi alma y dibujar tu rostro en la inmensidad del tiempo.
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