José Velázquez

Un dilema histórico

Que la única forma de consolidar el desarrollo político, económico y social (léase Democracia) de las naciones latinoamericanas pasa eventual y forzosamente por el desarrollo cultural de su población no admite ninguna duda. Pero que para que esto se logre sólo es posible después de pasar por esa larga transformación cultural y no primero por una transformación de la pervertida cultura política prevaleciente, es como popularmente se dice “poner la carreta adelante de los bueyes”.

Si ésa fuese la receta, ¿por qué un país como Argentina, en donde sin duda el nivel cultural de su población ha sido uno de los más avanzados —posiblemente el más avanzado— de la región y que fue considerada hasta hace poco tiempo como una de las naciones más prósperas del mundo, ese desarrollo parece no sólo haberse estancado sino más bien revertido al punto de sufrir actualmente niveles de pobreza y descomposición económica nunca antes padecidos?

La única explicación plausible se encuentra en el comportamiento de su clase política, comenzando con el advenimiento de la cultura asistencialista y demagógica (¡vaya sorpresa!) en la presidencia de Hipólito Irigoyen y su partido Radical, llevada a su máxima expresión por el peronismo y revivida con fuerza por el actual kirchnerismo. Para cualquier visitante familiarizado con el famoso orgullo argentino es desconcertante ver cómo su culturalmente desarrollada sociedad acepta con resignación e impotencia que su otrora prometedor país continúe perdiendo competitividad en un mundo globalizado. Peor aún, asombra contemplar como para sobrevivir su actual gobierno se ha convertido en un dócil patrocinador, adulador y seguidor del bufón bolivariano y de sus petrodólares.

Por el contrario, vemos cómo sus vecinos Chile y Brasil, gracias principalmente a la visionaria actitud de sus políticos tanto de derecha como de izquierda y no necesariamente como consecuencia de una metamorfosis cultural de largo plazo, han logrado en relativamente poco tiempo posicionarse como indiscutibles líderes regionales. En el caso del segundo, como potencia emergente a nivel mundial, junto con los otros tres países del grupo conocido como “BRIC” (Brasil, Rusia, India y China).

Tal como lo hicieron visionariamente hace varias décadas Pinochet (pese a innegables y quizás inescapables abusos) y Figueres respectivamente y más reciente los brasileños Fernando Henrique Cardozo y Lula da Silva, el desarrollo y la democracia de una nación germina sin duda en el ámbito político. Arranca con un consenso nacional estableciéndose metas de desarrollo aceptables para las diferentes corrientes ideológicas y se consolida a largo plazo elevando el nivel cultural de la sociedad. Pero mientras no exista primero esa férrea voluntad y decisión política, ninguna reforma cultural será capaz de realizarse y por sí sola abrir las puertas hacia el desarrollo.

El ejemplo argentino sin duda pone de manifiesto lo inevitable, que es iniciar la salida del círculo del subdesarrollo con una profunda democratización de los partidos políticos y consecuentemente con una purga de aquellos dirigentes inescrupulosos que ven la participación en el proceso político con el único propósito de lograr enriquecimiento propio y el de sus allegados.

Y si un país con tanto potencial humano, culturalmente de primer mundo y con semejantes recursos naturales como Argentina ha sido arrastrado en poco menos de un siglo al estado de descomposición económica que actualmente padece… ¿Qué futuro podemos esperar para los países “albinos” como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, en donde el desarrollo cultural es considerablemente inferior y sus mesiánicos dirigentes, maestros del engaño populista y demagógico, hacen de las suyas destrozando todo rasgo de institucionalidad recibido de sus predecesores? Lamentable e inevitablemente más miseria, corrupción, autoritarismo y anarquía gubernamental. [email protected]

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