Pronto —o en el ocaso de este año— el espejo latino amanecerá cargado de despojos en Arizona. Narciso criollo verá su rostro en él, nublado por la angustia. Saldrá a la calle arriesgando la posibilidad de ser echado a la cárcel en plena calle.
Ya la gobernadora Jam Brewer firmó la ley SBIO que extirpa la libertad del indagado con sólo verle su semblante indígena, prototípico del latinoamericano, buscándole en el más leve orificio, su identidad y su ilegalidad, la ausencia de los documentos ineludibles para el sosiego en el ambiente extranjero.
Además de eso el día que se promulgó la intención legislativa —que ya fue confirmada por la gobernadora racista— un despliegue fenomenal de policías fronterizos entre Arizona y México en cuyas tierras hay triviales hilos de distancia atrapó a numerosos vehículos que se encargaban de llevar a los inmigrantes del lugar mismo de la concomitancia geográfica. Fue un operativo espectacular en que cientos de artefactos móviles y de seres humanos resultaron atrapados. Esos radares colectivos son parte del trajinar interminable de la temida “migra”.
Coincidencia o no, lo que ha llamado la atención es la disposición que permite meter a prisión sin juicio previo a los sospechosos que anden en la calle por el sólo hecho o causa además de la fisonomía que delata, de no portar los documentos residenciales o ciudadanía adquirida. El olvido de haberlos dejado en casa puede ser suficiente motivo para que la víctima sea huésped de la jaula en cualquier lugar de Arizona. Y si no tiene el permiso de trabajo, la pena se extiende al empleador.
Es una medida típica del fundamentalismo exacerbado, pone a la máquina del tiempo en retroceso a la época hitleriana en que se castigaba con la mazmorra a los seres por sólo llevar encima los rasgos del judío. La diferencia está ahora en que la identidad tiene otra forma, otro color, otra procedencia. Pero el objetivo en la perspectiva de la depuración, es el mismo: reprimirlos, seleccionarlos en el ángulo prieto de la marginalidad
Lo grave es que esta iniciativa establece un precedente extensivo al resto de la territorialidad USA con todos los agravantes de una epidemia mortal para la mancillada dignidad de los derechos humanos por tratar la ley de igual forma a los inocentes y a los verdaderos delincuentes. Actualmente en los Estados Unidos hay once millones de habitantes sin papeles y sólo en Arizona unos 460 mil indocumentados que pronto tendrán “a la cárcel por casa”.
¿Podrá salir a la calle Narciso después de haberse visto en el espejo? Si lo hace cruzará las veredas de un adverso riesgo. Debe escoger entre estar escondido esperando que la policía le bote la puerta o “tirarse las trancas” de “colarse” si está ilícito en las avenidas, en algún caso defensivo pintado el perfil con algún matiz rubio de gringo común.
¿Otra coincidencia? Me enteré en Miami del asesinato cometido contra un ecuatoriano, solamente porque llevaba la catadura indígena. Brotan nuevas versiones del “Ku-Klux-Klan” esta vez armados de garrotes y esféricas sólidas para estrellarlas contra la raza odiada. A los verdugos los llevaron a prisión. Ignoro si permanecen en ella. Lo cierto es que en California transita irredenta la nueva tropa salvaje.
Mientras tanto el presidente Obama no pasa del lamento en el instante en que se plantea con vehemencia una reforma migratoria que al parecer quedará incrustada en la lindura de la retórica. Es una forma de “escurrir el bulto” con la palabra.
El autor es periodista
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