Por Mario Alfaro Alvarado.- Arnoldo Alemán tiene prisa. Necesita asegurarse su cuota de participación en el pacto con Ortega para convertirse en amo indiscutible del liberalismo. Su siguiente tarea será eliminar a Montealegre con ayuda de su socio pactista.
En Granada Alemán se reunió con muchos de sus antiguos, fieles y obsecuentes colaboradores. La oferta fue la misma de antes: puestos públicos dotados de suculentos megasalarios y permanencia vitalicia en el poder. Así lo hizo antes cuando ganó la Presidencia de la República disfrazado de antisandinista.
Insólito, algo nunca antes visto: 87 diputados de los 92 votaron unánimes por la ley del “no pago”; nadie votó en contra, todos aceptaron la ley. Es un caso que tiene más respuestas que preguntas. ¿Qué brebaje político produjo el milagro de la unanimidad absoluta? ¿Fue una consigna secreta del pacto Alemán-Ortega? ¿Fue para ganar votos de los 10 mil que integran el movimiento “no pago”? Ésa es poca gente, los buenos pagadores suman 100 mil y se quedarán sin financiamiento para trabajar y producir. ¿Cuál es el significado político de esa unanimidad espontánea como sorprendente?
La unidad del liberalismo, las elecciones generales del 2011, las invitaciones de Micheletti y a la Internacional Liberal, el fallido intento de aprovechar a Ética y Transparencia para legitimar una convención partidaria no van más allá de ser artimañas para convencer a los votantes decepcionados e incrédulos por los juegos políticos de liberales y sandinistas, para perpetuar el “gatopardismo”: cambiar para que todo siga igual, como ha sido durante un siglo de engaños políticos y maniobras electorales.
El problema de Nicaragua no se resuelve con unas elecciones aunque sean limpias y supervisadas; porque el mal tiene sus fundamentos en una centuria de engaños, depredaciones presupuestarias, mentiras y votaciones fraudulentas. El mal nacional necesita garantizarle a la población el cambio necesario que el país demanda con urgencia. La oferta debe ser convincente. El pueblo la entenderá y la apoyará.
El cambio necesario debe entenderse de una manera muy simple: en lugar de que la economía nacional esté al servicio de la política (mejor dicho de los políticos), la política debe estar al servicio de la economía. Que en lugar de un programa partidario de reparticiones y pitanzas, se le presente a los electores un programa de desarrollo económico, por medio del cual el trabajo —sin controles ni abusos políticos— produzca riqueza y la riqueza produzca más trabajo.
Montealegre debe cambiar su discurso político por un discurso de desarrollo económico, para convencer a la mitad de la fuerza votante que duda entre darle el voto a un político desprestigiado para seguir en lo mismo y dárselo a un empresario, forzado a hacer política, para invertir la fórmula “política y economía”, por “economía y política”. Es decir, poner la política al servicio de la economía, al revés de lo que ha sido siempre en Nicaragua.
Las últimas encuestas no han cambiando mucho. Ortega pierde votos, el liberalismo unido no va más allá del 14 por ciento de la fuerza votante, los otros partidos variopintos aún unidos no llegan al 3 por ciento. La fuerza votante está integrada por los que rechazan a los partidos y a sus dirigentes. Si ese porcentaje de cerca del 50 por ciento se abstuviera de votar, fácilmente Ortega ganaría una vez más.
Ese programa de desarrollo solamente se podrá ejecutar con la participación masiva de ese 50 por ciento de votantes, la gran mayoría son jóvenes que sustentan nuevos criterios para buscar la superación y el mejoramiento nacional por medio del trabajo y la producción. Ellos quieren romper con un pasado de abusos, deshonestidad y pobreza. Más de un siglo de padecimientos es suficiente.
El autor es periodista
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