Ortega y Alemán han desafiado la ley de la gravedad. Líderes políticos con la trayectoria y delitos imputables a ellos estarían hundidos en países donde funciona la gravedad; es decir, en aquéllos donde las malas acciones abajan y donde la ley es una realidad con peso, no papel que se lo lleva el viento.
Un ex presidente, Ortega, que de guerrillero pobre saltó a magnate con la repartición de los bienes del Estado y que luego fue acusado por su hija adoptiva por violación, ¿qué destino hubiese enfrentado en países como Estados Unidos, España, Chile o Costa Rica? Difícilmente hubiese evitado la cárcel y, como mínimo, la destrucción de su capital político. Pero en Nicaragua ni la “piñata”, que enriqueció a Ortega y sus allegados, ni las graves acusaciones de Zoilamérica, le abrieron procesos o hicieron mella entre sus partidarios.
Un ex presidente, Alemán, acusado de haber malversado y transferido al exterior más de 30 millones de dólares, y que a través de un pacto posibilitó el retorno al poder de su adversario, entregándole además el control de los poderes del Estado, ¿cómo hubiese sido tratado? En países donde opera la ley de la gravedad hubiese enfrentado posiblemente la cárcel y, al mínimo, el rechazo de sus partidarios —como el ex presidente Rodríguez de Costa Rica, quien además de prisión sufrió la expulsión de su partido. Pero no en Nicaragua—. Tantos sus seguidores como sus supuestos adversarios juntaron manos para capearlo de los rigores de la cárcel, un juez lo declaró “valetudinario”, y luego fue sobreseído por la Corte Suprema de Justicia, “coincidentemente” el mismo día en que su partido entregó el control de la Asamblea Nacional al FSLN.
En cierta forma su caso desafía aún más la ley de la gravedad. Pues Ortega, en medio de sus tropelías, aumentó la cuota de poder de sus correligionarios, mientras Alemán la de sus adversarios. A un Frente Sandinista que en 1997 no tenía ni un magistrado en la Corte Suprema de Justicia ni en el Consejo Supremo Electoral, (sus miembros originales se habían sumado a la disidencia de Sergio Ramírez), y sobre el que pesaba la losa de tener que obtener al menos el 45 por ciento de votos para ganar en primera vuelta, Alemán le otorgó la mitad de los puestos en los poderes del Estado y le bajó a 35 por ciento el mínimo electoral. De aquí la frase categórica de Nicho Marenco: “Si no se ha dado ese pacto el Frente Sandinista ¡nunca! hubiera ganado las elecciones”.
No contento con esto, Alemán facilitó el fraude en las elecciones municipales de noviembre del 2008, cuando por gestiones de Wilfredo Navarro, su fiel seguidor, solicitó al Consejo Supremo Electoral la pérdida de personería jurídica para dos partidos opositores (MRS y PC), cuyos fiscales en las mesas de votación hubiesen hecho más difícil las trampas. Ironía de ironías, el hombre que más ha contribuido para sacar a Ortega del sótano político y pavimentarle el camino para instaurar una dictadura, y que en otras sociedades hubiese sido visto como traidor o inútil, se perfila ahora como candidato de la oposición.
El hecho —deprimente—, de que personajes tan ruinosos y mediocres sean hoy día los candidatos más probables para la próxima contienda electoral, es signo de que la ley de la gravedad no funciona bien en Nicaragua. Esto permite, como reza el dicho, de que aquí el plomo flote y el corcho se hunda, lo que a su vez es manifestación de una profunda crisis moral y política. Porque la ley de la gravedad sólo funciona en pueblos capaces de indignarse ante el mal y reclamar, varonilmente, lo correcto. La dejadez, ese pragmatismo resignado que nos aconseja buscar el menor de los males, en lugar de la mejor de las opciones, es culpable de que hoy seamos una nación liderada por delincuentes. Si en este país hubiese verdadera justicia, sus principales dirigentes estarían tras las rejas. Pero no. Ellos mandan, y reciben pleitesía. Se repite hoy, en pleno siglo XXI, lo que Rubén Darío lamentaba a inicios del siglo XX: “Cristo va por las calles flaco y enclenque, Barrabás tiene esclavos y charreteras”.
Es imperativo romper con ese ciclo fatal en que parece girar nuestra historia. Las próximas elecciones son una oportunidad de renovar liderazgos. Triste sería confirmar las dirigencias desgastadas, causantes del marasmo actual. Nicaragua merece algo mejor; líderes éticos que restauren su dignidad y abran un horizonte de esperanza. Pero para eso se necesita también un pueblo con moral y conciencia, capaz de exigirlos.
El autor fue ministro de Educación (1991-1998).
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