El cuscús es un plato tradicional de Marruecos y Argelia. A primera vista parece ser una mezcla de vaho con arroz. Incluye lechuga, carne, papas, chiltomas, tomates y pepino, aunque muchas más combinaciones son posibles. El sabor es delicioso y la mejor forma de comerlo es caliente.
Éste fue mi primer ingreso en la cultura árabe. El segundo fue muy anterior, pero no había tenido la oportunidad de verlo. Por muchos años había leído las noticias sobre el uso del burka en países europeos y los comentarios tanto oficiales como públicos, para limitar su uso.
El burka es una prenda que cubre la cara y el cuerpo de las mujeres musulmanas, pero que en muchos países europeos es visto como un símbolo de opresión femenina. Hace unas semanas tuve la oportunidad de observar por la calle una mujer con un burka negro. En verdad, comparto la difícil situación en que las autoridades se ven cuando no pueden saber quién está detrás del burka, pero tampoco entiendo el exagerado miedo que se ha desatado contra la cultura islámica debido al uso de esta vestimenta.
En diferentes países la derecha ha usado el burka como un arma contra millones de mujeres que tienen su propia religión, creencias y costumbres. Cambiar esto con una ley sería como que nosotros prohibiéramos que de un día para otro las monjas dejaran de usar su hábito o que las católicas dejaran de llevar su velo los domingos de misa. Y al final, lo que provocará es una rebelión social de mujeres que por la misma prohibición usarán ya sea el burka, el hiyab, el nikab o el chador como forma de protesta.
La derecha europea ha encontrado en la crisis económica, el terrorismo y la inmigración tres poderosas armas para provocar miedo no sólo contra la cultura islámica, sino contra otros inmigrantes haciendo que las leyes de inmigración se endurezcan al punto de que el muro fronterizo de Estados Unidos sea hoy sólo un juego de niños.
El tema repetido es la preocupación por mantener la identidad de sus propios países, que es como intentar que cada nación europea esté dentro de una bola de cristal. Algunos políticos argumentan que el Corán es un “libro fascista”, otros mantienen la idea de no construir minaretes en sus países y hasta ya hay activos políticos defensores contra el inminente peligro de la “islamización de la sociedad” europea.
Todo se reduce al miedo. El miedo ha sido siempre un arma efectiva. En Latinoamérica lo usan los demagogos de izquierda para satanizar el libre mercado, para eternizarse en el poder afirmando que sólo con ellos el pueblo irá al paraíso comunista, para apoderarse de las instituciones en el nombre de los ciudadanos y así fabricar victorias electorales y azuzar a grupos para destruir la democracia a punta de palos y piedras.
Sin embargo, la derecha latinoamericana usa el mismo miedo para hacernos creer que sin los empresarios el mundo se viene abajo y que, sin darles los beneficios económicos, aduaneros y exenciones de impuestos que cualquier pobre sueña tener al menos un día en su vida, todos huyen del país.
El miedo paraliza. El miedo provoca respuestas simples a problemas complejos, el miedo hace que en vez de construir un país, lo destruyamos a punta de aterrorizar a la sociedad con grupos de choque. El miedo nos hace intolerantes. El miedo nos consume en la furia de tomar una piedra y lanzarla contra otra persona en vez de discutir y debatir las ideas, no arrojarlas al fuego de la rabia.
En síntesis, el miedo es bueno para las dictaduras, para los extremistas, para los políticos, pero nunca debería ser lo que nos detenga a expresar lo que pensamos o que nos impida hacer lo que deseamos.
El autor es periodista y escritor.
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