Por Annetta Rayo Ruiz
“Pronto llegará ese día, donde todo será distinto y mis sueños se harán realidad…” cantaba, en voz baja, una pequeña Margarita de pétalos blancos con un ligero toque amarillo y mejillas rosadas.
Mientras la pequeña repetía alegremente sus estrofas musicales; Violeta, una delicada flor de color lila intenso y vieja amiga de ésta, curiosa le preguntó:
—¿Por qué tanta alegría Margarita?
—¡No es nada, simplemente estoy contenta! —contestó.
Pero su felicidad no era por nada, ese día como muchos anteriores había soñado que se convertiría en una bella y colorida mariposa; y por fin sería libre y volaría por todo el bosque. La ilusión que su tallo y raíces se transformaran en tórax y extremidades era sublime. Se imaginaba volando de flor en flor, y no inmóvil como actualmente estaba.
Una noche antes de cerrar sus ojitos, en fracciones de segundo, vio pasar una estrella fugaz (chuuuun…) sobre el cielo despejado, rápidamente pidió con todo su corazón su mayor anhelo.
—Estrellita brillante vos que me conoces ¡ayudame! Deseo que mi delgado y frágil tallito sea mi cuerpo y mis raíces mis piesitos.
Al día siguiente, cuando despertó se vio atrapada en el mismo lugar. Sus ojos se llenaron de lágrimas. De pronto se acercó una graciosa ancianita, era doña Dulce, una de las mariquitas más sabias del bosque.
—¡No llorés, hija! ¿Qué pena entristece tu corazón? —le cuestionó.
La pequeña le contó su deseo de ser mariposa, así que la ancianita al escuchar su historia la consoló, asimismo le explicó lo maravilloso que era la vida de flor.
Esa noche mientras la florecita dormía. Se escuchó un sutil aleteo. Todo estaba oscuro, apenas se podía ver un rayito de luz de luna que caía sobre algunas ramitas secas que estaban en el suelo.
—Por ser buena niña, Margarita, tus deseos se harán realidad. De ahora en adelante podrás revolotear. Tus cepas serán delicadas y delgadas piernas; tendrás grandes y hermosas alas —le susurró.
A la mañana siguiente la pequeña ya no estaba en su lugar. Sus amigas se preocuparon al ver que el espacio estaba vacío. De repente las hojas de los arbustos se movieron. Quietecitas las florecitas esperaron para ver qué sucedía.
¡Cuál fue la sorpresa!, era Margarita con dos grandes y bellas alas.
—¡Guauu…! —exclamaron las amiguitas.
—¿Qué pasó con tu tallo y pétalos Margarita? —le preguntaron.
La pequeña no supo qué contestar.
Suavemente se puso de pie. Sacudió sus alas y alzó vuelo.
Aquello era un espectáculo, la pequeña planeaba libremente como un hoja suelta movida por el viento.
Inmediatamente se acercó donde las muchachas, éstas la tocaron para comprobar que todo era realidad.
—¿Cómo hiciste para convertirte en mariposa? —le preguntaron todas en coro y con rostros de curiosidad.
—Aún no sé, pero seguro fue mi hada madrina quien escuchó mis plegarias —contestó.
Los primeros días estaba animada por aprender todos sobre su nueva vida, pero luego empezó a extrañar a sus amigas y darse cuenta que no era tan fácil como creía. La vida de mariposa no era igual que la de una flor, tuvo que aprender a buscar sus alimentos, cuidarse e identificar los peligros que habían a su alrededor.
Una tarde mientras recolecataba néctar, se reencontró con su amiga doña Dulce. Muy contenta le contó sobre sus experiencias, pero además le dijo que extrañaba la vida de flor. La anciana sonrió y le dijo:
—¡Mi niña, estoy contenta de que tus anhelos se hayan cumplido, pero también me da gusto que descubrieras lo importante que es aceptar lo que tenés! —le comentó.
—Como has aprendido, te convertiré nuevamente en flor. Y que esto te sirva como