La “democracia banana”

En el mundo desarrollado se llama despectivamente “repúblicas bananas” a aquellos países latinoamericanos, como Nicaragua, que son empobrecidos y atrasados, inestables políticamente, con instituciones deformadas por la corrupción y sometidos a caudillos autoritarios y camarillas partidistas.

Sobre las “repúblicas bananas”, el escritor y periodista colombiano César Montoya Ocampo ha escrito que son “republiquetas (que) pertenecen a un tercer mundo rezagado. Son dueñas de abundancias mal explotadas o arañadas por los cacos, con civilización imperfecta, manejadas por caudillos venales. Subsisten precariamente. Están sometidas a los atavismos que las anclan en un pasado de silencios. Los demagogos las engolosinan dibujándoles un porvenir con arreboles lisonjeros. Las alimentan a base de proclamas sonoras, inyectándoles mentiras democrateras, inventándoles enemigos poderosos que es preciso destruir, ensalzándolas, creándoles futuros de fantasía. Si son pobres en extremo, viven de los auxilios que les llegan de las naciones económicamente poderosas. Si tienen riquezas propias, los cárteles criminales que se forman a la sombra de los poderosos que gobiernan las exprimen y las desvalijan”.

No se podía haber descrito mejor a Nicaragua, bajo la dominación de Daniel Ortega. Para comprobarlo basta ver el botón de muestra de lo que ocurre en la Corte Suprema de Justicia, donde los últimos vestigios de institucionalidad y decencia jurídica están sucumbiendo ante la conjura del autoritarismo orteguista. Pero si se habla de “república banana” también hay que hablar de “democracia banana”, es decir, falsa, fraudulenta, pervertida, manipulada por un caudillo absolutista, inescrupuloso y corrupto. Y lo más humillante —aunque igualmente inaceptable—, es que muchos en el mundo desarrollado creen equivocadamente que la “democracia banana” es la que se merece gente como la de Nicaragua.

Cabe mencionar al respecto la entrevista que se publicó el miércoles de esta semana en LA PRENSA, con un alto funcionario de la cooperación alemana. Este explicó justamente que sin perjuicio de la importancia que tiene la cooperación externa, lo mejor para combatir y erradicar la pobreza es la inversión privada. Advirtió que para fomentarla es esencial garantizar reglas democráticas, libre mercado y seguridad jurídica, lo cual “significa un sistema jurídico estable, seguro e independiente, sobre todo para que en caso de incumplimiento de contrato se pueda resolver de manera justa”. Y agregó el funcionario alemán que “el tema de la buena gobernabilidad juega un papel clave”.

Sin embargo, el funcionario europeo también aseguró que “en Nicaragua sí hay un ambiente de democracia muy activa, como pudimos ver en la mañana una manifestación de taxistas aquí (en Granada), con todo y llantas quemadas… fue un ejemplo de democracia muy vívida, muy emocionada, y eso lo digo independientemente del caso vivido esta mañana”, refiriéndose a las manifestaciones de turbas de sujetos violentos y enmascarados, vociferantes y armados con garrotes, tubos y piedras que aterrorizaron a principios de la semana a la población pacífica granadina.

El funcionario alemán atenuó luego su entusiasmada valoración de la “democracia” nicaragüense, al decir que “la pregunta más bien es si en Nicaragua actualmente hay condiciones de apertura, transparencia de participación ciudadana, y viendo la situación de la mayoría política nicaragüense, me parece que sí es justificado tener ciertas dudas”. Pero es obvio que para europeos como el mencionado funcionario de la cooperación alemana, las manifestaciones agresivas y violentas de las turbas son expresiones “normales” de la democracia en un país como Nicaragua, donde no se puede esperar más que eso. Pero la verdad es que la mayoría de los nicaragüenses hemos demostrado que queremos y merecemos una democracia auténtica, civilista, pacífica, tolerante, respetuosa del derecho ajeno y de la propiedad pública y privada. Es decir, una democracia como la de los países de la Unión Europea, donde se respetan las libertades públicas, la separación e independencia de los poderes, las elecciones libres y auténticas, la periodicidad del ejercicio de las magistraturas, el Estado de Derecho, la independencia de la justicia, los derechos fundamentales de los ciudadanos y los derechos humanos de todas las personas.

Esos son los valores que compartimos con Europa. Si Nicaragua sigue siendo una “república banana” y una “democracia” bananera, no es por la naturaleza y el gusto de la población, sino por la imposición de una minoría agresiva y armada, atrasada y corrupta, caudillista y autoritaria. Y en todo caso, porque los demócratas de Nicaragua no hemos sabido defender como se debe nuestra libertad y derecho a vivir en democracia, como todos los pueblos dignos de la Tierra.

Editorial Opinión
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