El sol brillante y resplandeciente del domingo en la ciudad de Rivas hizo un burlesco contraste con la negrura y tristeza que inundó a su pueblo, luego de un trágico accidente que le arrebató a 12 de sus jóvenes.
Al recorrer varias cuadras de la ciudad, sillas plásticas amontonadas lucían abandonadas en las calles, después de las múltiples velas que se realizaron la noche anterior para dar el último adiós a los jóvenes que salieron de sus casas sin saber que ya no regresarían.
La sala de doña Alicia Tenorio lucía ayer diferente. Cambió las sillas y demás objetos que la ocupaban para dar lugar al ataúd que guardó el cuerpo de su hija, varios ramos de flores y un retrato sonriente de la joven de 27 años.
Francis Arteaga Tenorio era su única compañía. Su hija, quien trabajaba como impulsadora de una marca de leche para niños, siempre estaba pendiente de su medicamento para la diabetes. “Si así sucedió fue porque Dios lo quiso. Espero tener conformidad porque me siento bien mal. A nadie se lo deseo”, dice doña Alicia en un tono bastante bajo, casi un susurro.
En ese mismo tono, pero ya con la voz más clara, doña Alicia continúa su relato resignado: “Otra amiga le había dicho que fueran mejor a San Jorge, ella había dicho que sí. La muchacha se fue a comprar hielo y cuando volvió a buscarla ya se había ido a San Juan (del Sur) con cuatro amigos. Los cuatro se mataron. Ella ya me había dicho que se iba para allá, la vi salir tan contenta y todo… cuando en la mañana me trajeron la noticia. Un señor vecino que tiene una camioneta la reconoció… yo no la vi porque estaba desbaratada la cara. No quise reconocerla”.
A las once de la mañana el cementerio local de Rivas se encontraba lleno de visitantes inesperados. Mientras algunos salían con los ojos hinchados y pañuelos mojados por el llanto, adentro aún quedaban otros enterrando a sus seres queridos. Ana Cecilia Grillo dejó ahí a sus tres únicos hijos. José del Carmen, Raúl Ángel y Carlos Alberto Muñoz Grillo, salieron de su hogar el viernes para divertirse en San Juan de Sur y de regreso pidieron ride a una camioneta que llevó a los 12 jóvenes a la tumba.
“No hay palabras, son tres muertes, tres ataúdes el mismo día. No hay palabras”, expresó con resignación María Ernestina Muñoz, tía de los fallecidos. En tanto, José del Carmen Muñoz Muñoz, padre de las víctimas, insistía en buscar culpables: “La Policía tuvo mucho qué ver, ¿cómo iban a ir apiñados el montón de gente en esa camioneta?”, se preguntaba inquieto.
Cerca del cementerio, en la Estación de Policía, un tumulto de personas gritaba y exigía que liberaran a Aldo Mora, de 21 años, uno de los dos sobrevivientes del fatídico accidente. “¿Ese plan playa no sirve?”, gritaba uno. “¿Cómo dejaron que se montaran 12 chavalos en esa camioneta?”, cuestionaban otros.
De este lado, otra madre lloraba suplicando que dejaran libre a su hijo, que le permitieran verlo. “Él está traumatizado. Está afectado. No es posible que lo tengan encerrado”, clamaban sus familiares. Se dice que Mora en realidad era quien manejaba la camioneta, y no Jean Carlos Páez, cuyo estado de salud es delicado y observado en el Hospital Lenín Fonseca de Managua, aunque los familiares insistieron en desmentir esta versión.
A varias cuadras de la estación, la madre de Daniel Molina Castillo, de 18 años, recordaba a su hijo mayor frente al ataúd de madera cubierto de flores. “Estaba estudiando electrónica. Su sueño era que con esa carrera iba a salir adelante… él era un niño que divertía a su grupo, era bien alegre…”, expresó Dayanira Castillo.
“El viernes lo vinieron a traer aquí a las seis de la tarde y ya después no supe de él, hasta que me trajeron el cadáver… me lo trajeron y aquí lo prepararon porque era el único que estaba intacto. Lo vi porque así tengo que desahogarme yo, para llevarlo en vida y ahora en muerte en mi corazón. Ya se lo puse a Dios, Él sabrá por qué se me lo llevó”, dijo la adolorida madre para luego concluir con un suspiro de resignación.
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